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Dios y la pandemia

Por José Pablo Feinmann

En la foto se ve a una mujer de rodillas que apoya sus manos entrelazadas contra una alta y fuerte puerta de madera cuidadosamente tallada. Tiene la cabeza baja, los ojos cerrados y algo está diciendo. ¿Qué es lo que dice? No lo sabemos, pero se ve claramente que está rezando. La puerta es la de una catedral y está cerrada. Como están cerradas también las iglesias. Es por la pandemia. La gente no puede aglomerarse en las casas de Dios porque puede contagiarse el virus que cruelmente azota el planeta.

La foto produce una gran tristeza y mucha piedad. Le han cerrado las puertas de la casa de Dios y ella igualmente reza. Se la ve muy sola. Nadie abrirá la puerta para escucharla. La religión no tiene una respuesta para darle. Sin embargo, ella sigue rezando. Su fe es muy fuerte. No ve (o no quiere ver) que la gran puerta cerrada de la catedral es el símbolo de un Dios que no se digna a escucharla. O porque está ausente, o porque no quiere o porque no existe.

Pero la mujer no abandona su fe. La fe es distinta de la razón. Nunca llegaré a creer en Dios por medios racionales. Siempre hay que dar un salto. Es el salto a la fe. Algunos lo dan, otros no. La mujer que reza ante la puerta cerrada acaso sea una figura patética. Pero también es envidiable. No necesita pruebas de nada. Ha construido a Dios en su corazón. Allí lo siente y ella se dará la respuesta que necesita. El que cree en un Dios omnisciente, omnipresente, todopoderoso y bueno está sólidamente protegido ante los vaivenes terribles de la existencia y la realidad irrefutable de la muerte. Digamos: Dios es el amigo imaginario de los adultos. Como los niños, creen que está junto a ellos, los acompaña y escucha.

Durante los pestíferos días que corren los habitantes de este planeta no esperan mucho de Dios. Por ejemplo: creen más en una vacuna salvadora que en un milagro divino. La ciencia se ha impuesto sobre la fe. Son cientos de miles los científicos que –a lo largo y ancho del mundo- investigan para conseguir una vacuna salvadora. Y todos esperan algo de ahí. La Ciencia se está volviendo más cercana y confiable que la religión. Los sacerdotes no dicen mucho y si dicen algo es lo mismo de siempre, lo previsible. Que estamos en este mundo para sufrir, que Cristo murió en la Cruz en medio de terribles tormentos para redimirnos de nuestros pecados, que debemos confiar en Dios y en su infinita bondad, que debemos acudir a la oración. Pero las cifras de todos los seres que día a día mueren en el mundo siguen aumentando y ya son demasiadas. Por tanto, algunas preguntas no pueden evitarse. ¿Por qué tantos muertos? ¿Por qué este castigo? ¿Otra vez las plagas de Egipto, el diluvio universal? ¿Otra vez Sodoma y Gomorra? Algunos llegan a decir que esta pandemia es, en efecto, un castigo de Dios, que castiga a los humanos por los males enormes en que han incurrido. Aquí aparece el problema del Mal. Si los miles y miles que mueren por esta pandemia mueren por causa del Mal que han hecho, ¿Dios nada tiene que ver con ese Mal? Se trata de un problema que viene de muy lejos, que siempre se formula y siempre fastidia a los que creen en un Dios omnipotente y bueno. Su lejana y acaso primera formulación está en Epicuro. Si ese Dios omnipotente y bueno existe, ¿por qué permite el Mal? Hay muchas respuestas, desde luego. Algo que revela la certeza de la pregunta, su sólido sentido común y la indignación que produce a los teístas. No podemos entrar aquí en todos los matices de la discusión Siempre se termina afirmando la bondad de Dios y el libre albedrío que dio a los hombres para causar el mal. O se echa mano a la figura del Diablo. Mas, ¿quién creó al Diablo sino el mismísimo Dios? ¿Cómo un Dios bueno puede generar el Mal? ¿O el Mal ya estaba en Él? Y si el libre albedrío humano es causa del Mal, ¿para qué sirve Dios? ¿Sólo como causa del Bien? En el siglo XIX, Ludwig Feuerbach escribe un libro al que da el título de La esencia del cristianismo. Afirma ahí que no es Dios quien ha creado al hombre sino el hombre el que ha creado a Dios. Por si fuera poco “a su imagen y semejanza”. Grandes pensadores retoman esta idea y añaden otras. Marx, Nietzsche, Freud, Sartre, Bertrand Russell y en nuestro tiempo el pujante y tal vez obstinado Christopher Hitchkens. Aquí nos vamos a remitir al problema que mencionó Epicuro. Si Dios es bueno, omnipresente y todopoderoso, ¿por qué no impide el mal? Conocí a un teólogo (los teólogos son los abogados de Dios) que algo irritado decía: “Estoy harto de que me pregunten dónde estaba Dios en Auschwitz”. Pero alguien tan creíble –que estuvo prisionero en el Lager de la Muerte- como Primo Levi afirmó: “Existe Auschwitz, no existe Dios”. Podemos remitirnos a algo más popular, pero no menos esencial, no menos expresivo del sufrimiento humano: “¿Dónde estaba Dios cuando te fuiste?”, se dice en un tango. La muerte, el dolor, la injusticia, las guerras incesantes, la tortura, no son fáciles de explicar si uno cree en ese Dios bondadoso que menciona Schiller en su Oda a la alegría y al que Beethoven puso música. “Allá en lo alto (cito de memoria) tiene que haber un Dios bondadoso”. Tal vez lo haya, pero ¿qué es lo que hace, por qué su permanente ausencia, su desatención, su desinterés evidente? Otra pregunta se puede hacer siguiendo a Primo Levi: “¿Dónde estaba Dios en la ESMA?” ¿Dónde estaba en Vietnam, en Hiroshima, en Dresde y en tantos otros escenarios del horror? No estuvo, y si no estuvo es porque no existe o no importa si existe. Hace siglos que se olvidó de este cascote que gira alrededor del sol.

Todas esas discusiones sobre la creación del universo son vanas, fútiles. No podemos saber quién creó el universo, si es que fue creado. Lo que existe, lo que hoy nos angustia y nos hace sentir pequeños y efímeros es un virus inaccesible a nuestros ojos y, por el momento, a nuestro saber. Es irritante que en medio de esta tragedia humana la gran potencia del norte aún mande astronautas al espacio. ¿Qué buscan? ¿Algún lugar donde refugiar a los poderosos si la pandemia se agudiza, si el cambio climático destruye la Tierra? Entre tanto, esa mujer sigue solitaria ante la puerta de la catedral, rezándole a un Dios ausente que no le dará respuesta alguna ni sanará a los suyos. El ser humano es el causante de todo el Mal que hay en el mundo. Si al virus se lo derrota será por medio de la Ciencia, que, como decía Heidegger, no piensa. Pero quizá pueda hacer retroceder a la pandemia. Una conquista que tendrá que ver con la praxis humana, no con la bondad divina. 

Coyunturas

José Pablo Feinmann

¿Vale la pena escribir? ¿Sirve para algo? Se ha dicho que la literatura (en la que incluyo a los ensayos, como brillantemente lo hizo el prócer matarife Sarmiento) no tiene por qué ser servicial sino buena. Para algunos pareciera que cuanto más se aleja de lo concreto, de la áspera realidad, mejor es. En los ’60 eran frecuentes los debates sobre ¿para qué sirve la literatura? Habitualmente era el persistentemente olvidado Sartre el que ocupaba la centralidad de estos debates. Con el paso de algunas décadas, la idea del compromiso literario fue desapareciendo. El escritor ni siquiera debía pensar en el lector. Escribía lo que legítimamente se le antojaba. Hoy nos hacemos la pregunta sobre la eficacia de la escritura a partir, precisamente, de su ineficacia. El mundo ya no es transformable. Si Marx –en la célebre Tesis 11- proclamaba que no se trata de interpretar el mundo sino de transformarlo, hoy se trata de lo contrario. Ante la dolorosa realidad real, ante su dureza de granito, no hemos renunciado a la noble tarea de transformarlo, pero sabemos que es en vano. Ni siquiera nos consagramos a interpretarlo. La historia es un caos. Sobre todo: un caos ético, humanitario. (Por adjetivarlo así: nosotros creemos que el caos es también humanitario. En tanto confiamos en la lejana frase de Protágoras: El hombre es la medida de todas cosas.) La palabra histórica hoy la pronuncia la muerte, el sufrimiento, el egoísmo, la mezquindad.

Hay una relación profunda entre quienes comercializan o esconden o niegan la vacuna contra el virus mortal que nos asedia, y el simple asesinato. Aquí no se trata de la rentabilidad de los laboratorios. Ni de las naciones más prósperas y privilegiadas. Aquí está en juego la vida tanto de los ancianos como de los niños. País que escamotea lo que tiene para no darlo a los otros, no es simplemente egoísta, es un país criminal, asesino. Los que se oponen a que se vacune a los demás o no se vacunan ellos son lo mismo: asesinos y, además, suicidas. Ya es tarde. Nadie puede hablar de las ventajas que, paradojalmente o no, traerá el virus. No trae ninguna. Salvo para los que lucran con él. O para los que creen en las limpiezas étnicas.

Veamos el panorama en nuestro país. No hay cosa que no se haya dicho sobre la “vacuna rusa”. Se trata de un mero juego geopolítico. Ha vuelto la Guerra Fría. Recordemos que durante ese lamentable período de la historia las guerras no se desataban entre las dos potencias hegemónicas. Se desataban en el Tercer Mundo, en los países pobres. Las potencias –a lo sumo- hacían películas-advertencia. Sobre todo Hollywood, la Meca del Cine. Muy cercana una de la otra se hicieron tres buenas películas. Todas terminaban con una catástrofe nuclear. Fueron Fail Safe (Límite de seguridad) con Henry Fonda, dirigida por Sidney Lumet, The Bedford Incident (Estado de alarma), con Richard Widmark, dirigida por James B. Harris y Dr. Strangelove (Dr. Insólito), con Peter Sellers, Sterling Hayden y George C. Scott, dirigida por Stanley Kubrick. 

Volvamos a nuestro país. Si Ud. fuera un productor agropecuario, con veinte mil hectáreas en su poder, ¿no entregaría su cosecha a un precio justo -pero tal vez con un menor margen de ganancia- si sabe que su país padece una pandemia, que hay hambre, que hay pobreza e indigencia? Pero no: usted no es decididamente una persona con sentimientos abiertos a los otros. Para usted la vida es cuantitativa. Hay que tener cada vez más para seguir en lo alto de las grandes ganancias. No hay una ética de la generosidad. Como todos saben que dijo Hobbes: el hombre es el lobo del hombre. Hobbes proponía un estado fuerte para ordenar una sociedad carnívora. Bien, preguntemos ahora una pregunta dolorosa: ¿tenemos en nuestro país un estado fuerte?

Eso que se llama “el poder real” es –sin discusión alguna- el verdadero poder de este país. El gobierno actual vino muy condicionado, con un país en default, con una justicia injusta, cuasi delictiva, enredada en causas miserables, enamorada del lawfare, sometida a él y practicándolo con odio, un empresariado envilecido por el capital financiero, con una deuda ilegal, contraída para robustecer los off-shore y no el in-shore, un empresariado que escupe sobre el mercado interno, sobre toda esa gente a la que despectivamente llaman “el pobrismo”, con una policía y una gendarmería poco amigables, con una clase media que prefiere reventar de hambre pero no dejar de odiar a Cristina (que es el Aleph donde todos los odios se concentran), etc, etc, etc. Para mayor desamparo, el gobierno vacila, avanza y retrocede, y tiene que luchar con el maldito virus. Cierta vez, Michael Moore le pidió a Obama: “Póngase los guantes y pegue”. No estaría mal que se los pusiera Alberto Fernández. Cuando asumió, CFK dijo: “No vengo para ser la custodia de la rentabilidad de los empresarios”. Alberto pareciera preocuparse demasiado por esa siempre excesiva rentabilidad. Para conocer la fuerza del rival hay que pegar y recibir golpes. O para recurrir a la expresividad popular: En la cancha se ven los pingos.

Menos darle al ‘like’ y más coger el azadón

Byung Chul-Han, el filósofo estrella alemán de origen coreano, invita a rebelarse contra el capitalismo digital que nos convierte en datos, a su paso por el CCCB

«Si la primera cosa que hiciera Puidemont fuera recuperar al ‘animal original’, yo sería separatista», ha soltado hoy Byung-Chul Han (Corea del Sur, 1959), supernova de la filosofía europea, poco antes de dar una conferencia en el CCCB. Era su forma de atajar cualquier gol de los periodistas, alérgico como es a los nacionalismos, a los que considera «reacciones a la violencia de lo global» y que hacen imposible la verdad, «que es la reconciliación de lo especial y lo general».

Cuando Han invita al ‘president’ a priorizar la vuelta del ‘animal original’ no se refiere «a cerrar puertos y aeropuertos», ni a promocionar la pintura rupestre en las grutas de Prades. Toma prestado el concepto de Paul Lafarge, yerno de Marx, para afirmar que «el animal original no consume ni comunica», que es a lo que nos arrastra con furia la sociedad posindustrial.

El poder seductor

El diagnóstico de Han no es de difícil acceso: el poder en la era digital no es represor, es seductor. Nos invita a opinar, a participar, a exhibir. Pero apretar con el dedito al «me gusta», tan ufanos, es en realidad «una ilusión de libertad». Según el pensador afincado en Berlín, hemos interiorizado la represión del sistema. Cada cual se convierte en «emprendedor de sí mismo» e intenta «optimizarse». Y si no logra un éxito decente, se culpa a sí mismo y se avergüenza.

Con esa estrategia del poder, «que ya no tortura sino que jalea el posteo y el tuiteo», ganan el Estado y el mercado. Primero, porque cada ciudadano es un paquete de datos controlable y controlado por la Administración («en China existe el ‘social score’, que escanea las relaciones e inclinaciones del ciudadano para otorgar o no un visado»). Segundo, porque la transparencia de la red acelera la emoción, y la emoción acelera el consumo. Ese ritmo endemoniado, dice, «disuelve la negatividad y elimina lo otro o lo ajeno». Todo eso recalienta el mundo y lo hará explotar.

Un ‘jukebox’ y el jardín

A diferencia de otras vedetes de la filosofía como Slavoj Zizek o Alain Badiou, Han no cree que esa enfermedad narcisista que nos ataca solo la pueda curar un ‘acontecimiento’ (la proximidad de un planeta a punto de chocar contra la Tierra, como ocurre en la película ‘Melancolia’, de Lars von Trier, por ejemplo). El autor de ‘La sociedad del cansancio’ tiene una fórmula propia de resistencia política que no convierte en categoría pero comparte encantado: no tiene ‘smarthpone’, no hace turismo –«el turista viaja por el infierno del igual, circula como si fueran mercancías»–, en casa solo escucha música analógica («tengo un ‘jukebox’ y dos pianos», confiesa), no trata a sus estudiantes de Filosofía de la Universidad de las Artes de Berlín como a clientes y ha dedicado tres años de su vida «a cultivar un jardín secreto», cuya experiencia destilará en el libro ‘Elogio de la tierra’, aún en manos del editor alemán y que publicará en primavera Herder, que ha sacado una docena de títulos en España desde el 2011.

Han no pretende epatar con todo esto. Cree que recuperar «la belleza original» es, en definitiva, una postura política. Se trata de parar motores –o sea, dejar de darle al ‘like’ y de subir variaciones de uno mismo en Instagram–, abrazar la demora, incluso exigir un tiempo «de fiesta» de esa hiperconectividad que nos hace esclavos y no amos. Romperíamos así, dice, el flujo de capital y mercancías, abandonaríamos la «tiranía de lo igual» y dejaríamos de ver lo distinto –el refugiado, el inmigrante, el extranjero– como una amenaza. El otro, al que ni vemos ni tocamos ni olemos, solo tememos, volvería «como misterio, deseo o pesadilla».

Han no sabe cómo será este nuevo orden que propone, pero opina que es asunto capital. Junto a otros intelectuales y el expresidente del Parlamento Europeo Martin Shultz, ha firmado la ‘Carta Digital’, un intento de recuperar la dignidad humana «frente a los abusos del ‘big data'» y de promover la renta básica ante la amenaza de la muerte de cientos de profesiones. «Se trata de reajustar el sistema», dice. Y de no caer en eso de la economía del compartir que defiende, por ejemplo, Jeremy Rifkin. A su juicio, el capitalismo llegará a su plenitud en el momento en que el comunismo se venda como mercancía. Será, concluye, el fin de toda revolución.

La búsqueda de la Cero Discriminación, a través de la educación

Alfonso Lupo*

La Asamblea General de las Naciones Unidas declaró el 1 de marzo como el Día de la Cero Discriminación, como una forma de promover y celebrar el derecho que tiene cada persona a vivir una vida plena con dignidad.

Sin embargo, la crisis sanitaria que estamos atravesando hace un año, ha develado que este derecho – como muchos otros – está siendo vulnerado en nuestro país.

Y las víctimas silenciosas de esta situación son las niñas y los niños. Desde el inicio de la cuarentena y a raíz de la suspensión de clases presenciales en marzo de la gestión pasada, más de 2 millones de niñas y niños dejaron de acceder a su derecho a la educación.

A pesar de los esfuerzos realizados por las autoridades de educación a nivel nacional, la realidad que las familias en situación de mayor vulnerabilidad de nuestro país viven día a día demuestra la discriminación institucionalizada de nuestra sociedad.

Uno de los factores que impide el acceso a la educación a miles de niñas y niños en el país es el acceso a equipos y recursos digitales apropiados para la educación digital, según un análisis realizado por Infobae sobre informes de la Autoridad de Regulación y Fiscalización de Telecomunicaciones y Transporte, el servicio de internet solo llega al 40% de la población y solo al 3% en el caso de las zonas rurales, donde las clases se detuvieron por completo desde marzo del año pasado; esta cifra, sumada a que somos uno de los países con tarifas de internet más caras en la región, mientras que más del 80% de la población tiene fuentes laborales informales y por consiguiente, durante la época de la pandemia sus ingresos se han visto deteriorados, hacen que la educación a distancia no sea un prioridad en las familias más vulnerables de nuestro país.

La pandemia ha intensificado las desigualdades no solo sociales y económicas sino también digitales, que en el país ya eran complicadas, y esto pone en riesgo el desarrollo, seguridad y bienestar de las niñas y niños. El acceso a una educación de calidad es un escalón principal en el desarrollo integral de las niñas y niños, privarlos de éste tendrá efectos negativos inmediatos y a futuro.

Es por esto que, se debe poner a la educación y a las niñas, niños, adolescentes y jóvenes en el centro de la recuperación de la crisis sanitaria. Como país, esta debería ser una de nuestras prioridades de inversión, pues solo así podremos construir una sociedad donde exista la justicia social, respeto a la diversidad y a los derechos humanos por lo que hoy, en el Día de la Cero Discriminación, y todos los días luchamos.

*Alfonso Lupo es el Director Nacional de Aldeas Infantiles SOS Bolivia.

El mundo en peligro

Por José Pablo Feinmann

En Alemania, sobre todo en Berlín, desde 1930 las bandas nazis de las SA, lideradas por un hombre con sobrepeso y despiadado, recorrían las calles moliendo a palos a los comunistas y a los judíos. El hombre era Ernest Röhm. Hitler, por el momento, confiaba en él. Los comunistas se les enfrentaban y estallaban unas bataholas sanguinarias, descontroladas, llenas de odio. El Partido Nacional Socialista, con la complicidad del Parlamento y el anciano Mariscal Hindenburg, héroe de la Primera Guerra, marchaba hacia el poder parlamentario. Por fin, en 1933 ganan las elecciones. Dirán que fueron elecciones limpias, democráticas. Falso. Las cárceles estaban llenas de opositores Y las SA habían amedrentado a mucha, demasiada gente. También es cierto que Hitler había fascinado a los alemanes son sus vehementes discursos y había despertado un revanchismo feroz por el Tratado de Versalles. Los políticos social-demócratas habían traicionado a la nación por débiles, por cobardes. Alemania había llegado a 30 kilómetros de Francia cuando recibe la orden de retirarse, rindiéndose. Los soldados regresan furiosos y sólo hace falta exacerbar ese odio para crear un partido de la nación, de la patria. Es lo que hace Hitler. 

Pero la batalla de las SA en las calles es central en este trabajo. Hitler lo sabía bien. El que piensa en otra cosa es Röhm. Quiere llevar el partido hacia una radicalidad de izquierda. Von Papen, un nazi ilustre, dice: “No vamos a hacer una revolución para llevar el país al socialismo”. A las SA. las comparan con un bife: marrones por afuera, rojas por dentro. Hitler no va a permitir eso. Ya tiene demasiados compromisos con los banqueros, con los Krupp, la Siemmens, la Ford y la ITT. Hitler es el resultado de una aceptación y un apoyo total del capitalismo de Occidente. Pero vale insistir en esto. La toma del poder empezó en la lucha callejera. Había que terminar con el incómodo de Röhm. Así se produce la noche de los cuchillos largos. Hitler llama a sus fieles Himmler y Göring y los SS. Invaden el campamento de las SA., que estaban de fiesta todos desnudos, gozando del sexo dionisíaco a lo griego. Eran, como se dice hoy, empederninos gays. Los SS llevan a cabo una matanza. A Röhm lo fusilan. Y Hitler sigue gobernando con el apoyo de casi todo el mundo. Es el hombre llamado a frenar la ola roja. Así lo cree el primer ministro inglés Neville Chamberlain y personajes como el héroe del aire Charles Lindbergh, un fervoroso nazi norteamericano, tal como Henry Ford, autor del panfleto antisemita El judío internacional.

Hoy el peligro de un asalto al poder por medio de la ultraderecha prosigue. Pensemos en la invasión al Capitolio en EEUU. Hay fotos que lo dicen todo. Por ejemplo: un tipo entra en el Capitolio portando una bandera del Sur confederado. La guerra de Secesión (1861-1865) no ha terminado. El país del Norte está lleno de banderas confederadas. Tienen estados que les responden fiel y ferozmente: Mississippi (ver el film Mississippi Burning), Texas, Indiana, Tennessy y otros. El Sur siempre quiso seguir peleando. Y ahora lo hace por medio de estas bandas que retoman la tradición de la SA. Odian a los indios, a los negros, a los judíos y a todos los hispánicos, los detestados inmigrantes. Son violentos, brutales. Y durante cuatro años han creído en un presidente que ahora los alentó para la insurgencia. Donald Trump debiera ser juzgado por atentar contra el orden constitucional. Les dijo a los suyos: “Sé que están furiosos, ofendidos. Y tienen razón porque nos robaron las elecciones. Sin embargo, vayan a casa”. Eso era alentarlos a seguir con los disturbios.

Muchos se han sorprendido. Hace cuatro años que gobierna Donald Trump, ¿no lo conocían? ¿Recién ahora lo descubren? EEUU no es un país democrático, como tanto pregonan. Mataron a Lincoln, a Kennedy, a Luther King, invadieron países, mantienen la infame cárcel de Guantánamo, van de guerra en guerra y cada una es más cruel que la otra. Hay gente muy valiosa en ese dilatado territorio. Howard Zinn, Chomsky y tantos otros. Pero el peligro de la ultraderecha late siempre en sus entrañas.

Y aquí estamos mal. También la derecha violenta toma las calles. Los señores de la tierra siguen amenazando con sus tractores y sus rifles. Ya lo han dicho: hay que matar, hay que apuntar a la cabeza. Este es un país muy peligroso. Como en la Alemania de Hitler, como en Guantánamo, aquí hubo campos de concentración. De eso no se vuelve. Ahora la toma del Capitolio les indica el camino que más les gusta. Tomar por asalto el Congreso. Ya lo intentaron. Ya la policía rodeó con sus autos la Quinta de Olivos. Cuidado. En medio de una pandemia que ya se tomó dos millones de vidas en todo el mundo, la ultraderecha sale a la calle. No le importa morir. Vive y ha vivido en un mundo de muerte. Quieren destruir lo que odian. El odio es la antesala de la muerte del Otro. Es arduo salir de esto. Hablar del amor y la solidaridad en estos tiempos condena a la falta de temperamento o vehemencia para enfrentar a los que vienen degollando.

El ser y el no ser en el capitalismo global

Por José Pablo Feinmann

Era previsible: una vez descubierta la tan anhelada vacuna se desataría una guerra ferozmente competitiva. ¿Qué se podía esperar de un mundo cuya estructura económico política se basa en la desigualdad y el extremo egoísmo? Todo es mercancía, nada es solidaridad. Ponerse a hablar de la solidaridad es arrojarse en el ridículo. ¿Cuándo el ente antropológico ha sido solidario? Hace más de quinientos años que vivimos bajo este sistema. Que es muchas cosas, pero hay dos o tres que son centrales, definitivas. Siempre rechacé la idea de “naturaleza humana”. No, argumentaba desde un sólido historicismo, “el hombre no es naturaleza, es historia”. Es decir, había ciertas persistencias en la condición humana, pero ninguna debía ser naturalizada. El ser humano es cambio. Era –como casi todos– heracliteano. Uno no se baña dos veces en el mismo río. Abominábamos de Parménides. ¿Qué es eso del “ser es, el no ser no es”? Un mero error presocrático. El ser no es invariable. Es y no es. Es devenir. Nos fascinaba el devenir. Todo estaba en perpetuo cambio. Esto era maravilloso. Nos permitía pensar una idea muy tranquilizadora: siempre vendrá algo distinto, algo mejor, y nosotros seremos parte de ese cambio. Pero los elementos constantes de la condición humana son invariables. Se reproducen. Hay esencialidades en lo humano. Si Hitler exigía espacio vital, no era porque deseara cambiar el nacionalsocialismo. Quería fortalecerlo. Estoy hablando del ente capitalista. Y Hitler era esencialmente capitalista. Y el capitalismo tiene tres elementos fundamentales. Los tres funcionan a la vez. El capitalismo se alimenta de la voluntad de poder de sus sujetos. Esta voluntad de poder tiene dos esencialidades insoslayables. Para seguir existiendo la voluntad tiene –ante todo– que quererse a sí misma. Ser voluntad de voluntad. Esto lo postuló Hegel y lo desarrolló Deleuze. Una vez que deseo mi voluntad (su triunfo) debo mantenerla, para lo cual debo hacerla crecer. El crecimiento (o el aumento) está al servicio de la conservación. Tenemos entonces: la voluntad que se quiere a sí misma debe aumentar si quiere conservarse. Por eso los nazis se dedicaron a conquistar Europa. Querían aumentar su espacio vital para conservarlo.

Esto explica el espectáculo horrible que el capitalismo despliega con la cuestión de la vacuna. Algo que el mundo esperaba ansiosamente. Algo que vendría a salvar las vidas que la impiadosa pandemia se lleva, se transforma en una mercancía en disputa dentro de las reglas del sistema que ya lleva quinientos años de vida. Canadá, que es un país rico, almacena vacunas que deberían destinarse a la humanidad. Las vacunas desatan una guerra geopolítica donde cada cual juega su juego. El egoísmo sigue siendo el motor del sistema del capital. Ya hace dos siglos lo dijo Adam Smith: no hay que esperar nada de la benevolencia del carnicero. Todo lo bueno vendrá de su egoísmo que lo lleva a competir y ofrecer cada vez mejor calidad y precio de venta.

Los laboratorios son grandes empresas multinacionales. Y de las más egoístas que existen. Hoy, con la peste, apelan a la pulsión de muerte. No importa cuántos mueren, importa que se salven los mejores. En una escena del film Titanic, la versión de James Cameron, le comunican al desagradable multimillonario que asume Billy Zane que sólo hay botes para la mitad de los pasajeros. Zane enciende su cigarro e impasiblemente dice: “Mientras sea la mejor mitad» (the better half). Con tal de sobrevivir, Rose empuja a su amor hacia el fondo helado del océano porque no hay espacio para los dos en el madero destinado a salvarlos. Es la más veraz historia de amor del cine. Es increíble, pero es así.

El Brexit y la Unión europea se agreden a dentelladas. Viene a la memoria la dura frase de Christine Lagarde quejándoe de la superpoblación mundial. ¿Esta era la pandemia que nos habría de volver más generosos? El capitalismo antropológico es más que nunca el de un globalizado “primero yo”. El mundo tiene que cambiar su estructura global. Tiene que haber una sociedad de los Estados que modere y anule los intereses mezquinos de las grandes corporaciones de la salud, de la vida. Pero eso ya se intentó y fue en vano por completo. La mezquindad es el ser parmenídeo que se muestra en todo su esplendor. El ser es lo que es, lo que es la coseidad de la mercancía, todas las mercancías remiten a la mercancía de las mercancías: el dinero, que remite al oro. El ser es de quien lo posee en mayor cantidad. El no ser no es. Se pueden morir apestados. El mundo quedará en manos de los poderosos y quedará también más habitable, más ordenado. Eso esperan.

CONCEJO DE AUTOAYUDA PARA LAS ELECCIONES EN CIERNES

Aquí no se respeta ni la ley de la Selva

Nicanor Parra: Hojas de Parra

Franco Sampietro

La sensación que produce ver el despliegue esperpéntico de banderitas, cancioncitas y tonterías malintencionadas que la millonaria y espantosa carrera electoral vigente acarrea, es la de una hecatombe donde campeara la ley del sálvese quien pueda. O mejor dicho: ninguna ley, ninguna moral, ningún valor en absoluto; solamente el interés más bizarro.

 Y se podría decir que la hecatombe –siquiera simbólicamente- existe, dado el nivel de la crisis económica y social a que hemos llegado, donde pareciera que la única manera de conseguir un trabajo fuera lamiéndole el culo a un político corrupto. Se trata, por supuesto, de la crisis que trajeron estos mismos políticos que fomentan el infierno publicitario.

 A propósito de hecatombes, la ciencia afirma que las cucarachas son el único animal capaz de sobrevivir a un ataque atómico, evidencia basada en la forma en que metabolizan el veneno, volviéndose con el tiempo más inmunes y poderosas. Mediante un álgebra genético, estos bichos producen la fórmula que les permite imponerse y seguir teniendo un lugar en la larga evolución. Igual que los políticos locales, en cada organismo hay una voluntad ciega que insiste en perdurar.

 Es que se trata de una imagen que tiene mucho en común con el fenómeno de la rosca nativa, que ya anda por los dos siglos de existencia. Porque el paso del feudalismo brutal a la farsa de una democracia igualitaria que en los hechos es un sistema de castas y de robo instituido, demuestra ser una forma de mutación para seguir sobreviviendo (en su caso, seguir permaneciendo en el poder).

 ¿Cómo hizo la rosca para adaptarse y resistir hasta ahora?: dándole un barniz de visibilidad a ciertos componentes sociales que eran por completo despreciados (ahora también lo son, pero no lo pareciera); es decir: mediante una utilización espuria del sistema representativo.

 Lo trágico –repitamos- es que la crisis fue creada por los mismos políticos que nos venden ahora la estafa del remedio, para los que es funcional dicha crisis. Porque gracias a la desesperación que conlleva pueden usarla para perpetuarse y seguir –increíble, surrealmente- robando como si a este pobre pueblo no lo hubieran vaciado todavía. En efecto: cuando alguien tiene miedo se vuelve egoísta, se vuelve fascista, se vuelve traidor, se vuelve miserable, es capaz de rifar a la madre: del mismo modo que ahora rifan, sabiendo lo que hacen, al futuro con tal de conseguir una peguita.

 Porque los votantes, por supuesto, no son inocentes (a menos que queramos tratar a los tarijeños como si fueran niños o deficientes mentales: como de hecho estos políticos los consideran), ya que en este laberinto prefieren a los que van a condenarnos seguro. Los que lo hacen, por supuesto, pertenecen al segmento más mediocre de todos: aquellos que por sí mismos son incapaces de salir adelante; de modo que se prenden al delincuente a fin de recibir migajas (harían lo mismo que su jefe si pudieran, son idénticos sus valores). Y la consecuencia –también, como un elemento añadido a la crisis- es este desastre de instituciones públicas, donde cualquiera ocupa un puesto del que no tiene la menor parcela de dominio, ni la menor gana del más mínimo esfuerzo para aprender el oficio, haciendo de este páramo un páramo más mísero todavía.

 Esto habla también de una crisis educacional profunda (las categorías pobreza y riqueza, sabemos, no son puntuales sino estructurales: de salud, educación, seguridad, calidad de vida, etc), no sólo de cultura general a secas, por supuesto, sino de valores. Una estadística de la que nunca se habla: se calcula que en los últimos treinta años, entre la Alcaldía y la Gobernación, no alcanzaron a invertir ni el 2% del presupuesto en educación; mientras que en cemento (es decir, grandes obras por lo general inútiles)  gastaron más del 60%. En cemento, correcto: donde es más fácil robar vías licitación y sobreprecio. De modo que no es que pasen de la educación porque son ignorantes, sino que son ignorantes porque hacen todo lo posible para que nadie se eduque.

 A tal punto esa pobreza educativa, que ya no se puede (no se podría) creer al que tuviera, en cambio, ideas de servicio (porque la mafia es el sistema, antes que la persona). A algo así se lo ve, más bien, como un cartel que indicara un camino civilizado en medio de la jungla: un momento contradictorio y antinatural. Porque se vive como animales tratando de sobrevivir en la selva. Digan lo que digan los fundamentalistas verdes, el patrón que rige a la natura es el de la derecha más cruda: el débil, el sentimental, el tullido, el que no muta es obligado a abandonar el escenario por la fuerza.

 Friedich Scheling, filósofo alemán del siglo XVIII, opinó que el hombre es el único animal donde la naturaleza se observa a sí misma. ¿Y qué ve?: una voluntad ciega por permanecer (igual que en el resto de los organismos), solo que mediada por un orden simbólico. Es justamente esa dimensión cultural la que permite esconder la mierda y ponerse perfume (por así decirlo); en otras palabras: hacernos creer que hay una democracia donde puede participar cualquiera y donde estos políticos no son ladrones comunes (pero más miserables, ya que el delincuente común asume un riesgo). Porque al final son todos simulacros para evitar decir que estamos insertos en una realidad implacable, donde los que pueden sobrevivir son los que se mimetizan con la crueldad del entorno, los que saben que para triunfar hay que sacrificar a otros (aunque sean sus hijos, que de este modo no tendrán futuro).

 Para convencerse de esto, por ejemplo, basta hablar con un economista. Uno puede creer que hay una metafísica detrás de esa ciencia que gobierna y gobernó siempre al mundo. Pero no: está basada en papeles sin más; como una religión, pura inmanencia que, sin embargo, produce tanto daño. Y mientras, continúa alegre su camino, saqueando una bolsa que parece no tener fondo.

 Sin embargo, sabido es que el guionista que rige los destinos no se anda con delicadezas: toda esta pandemia de tontera, griterío, alienación, atropello, brutalidad y manotazos de ahogado pasará factura sin duda y Tarija tendrá lo que finalmente se merece.

 Se trata, por supuesto, de una penosa realidad mundial, pero aquí mucho más exacerbada, pues como dijo el gran sociólogo orureño René Zavaleta, “lo que en otras partes sucede de un modo aparente, en Bolivia ocurre de un modo fundamental”. Pero mucho más todavía en estos lares, ya que Tarija pareciera haberse rezagado no sólo del resto del planeta, sino de la misma Bolivia. Es como si no se hubiera enterado de lo ocurrido en el país en el último año; basta ver los resultados de las elecciones anteriores y la naturaleza de sus candidatos actuales: hasta en la izquierda oficial los aspirantes son invariablemente de la derecha. ¿Quién inventa una salida?      

¿”SUCURSAL DEL PARAÍSO”?(Sobre un descubrimiento literario en Tarija)

 

 

 

 

                                                                                                 El paraíso lo prefiero por el clima;

                                                                                                 el infierno por la compañía.

                                                                                                                                          Mark Twain

Por       Franco Sampietro

 En el marco de un proyecto de biblioteca digital sobre las mejores obras literarias de Tarija, apareció una maravilla que confirma una vez más la opinión de los que se arriman a ese espacio brumoso: no existe un verdadero corpus literario de Tarija, pero sí varias perlas secretas, esperando a ser desenterradas y rescatadas del olvido.

Para empezar, resaltar que no hay hasta la fecha ni una sola recopilación de literatura nativa, lo que demuestra a las claras el extraordinario atraso y la falta de producción cultural que nos caracteriza; pues como dijo el gran José Rufino Cuervo (máximo gramático del idioma español de su tiempo), “una nación está hecha más de muertos que de vivos”, de modo que desconocer lo propio es desconocerse a sí mismo.

Después nos quejamos de que el pueblo no prospera. Solamente un dato: la biblioteca Tomás O´Connor –biblioteca oficial de Tarija- no tiene ni un solo libro de Tomás O´Connor. En otras palabras: más fácil es repetir que vivimos en un paraíso que tratar de saber de qué clase de “paraíso” se trata).   

Volviendo al hallazgo, debo el descubrimiento del mismo: María Virginia Estenssoro (1902-1970), a Marco Montellano. Nunca antes la había escuchado como a alguien relacionado con la literatura tarijeña, a pesar del apellido. Más bien solamente en La Paz y dentro del ámbito feminista es mínimamente conocida y por su novela El occiso, de1937. Sin embargo, aunque nació en la capital de Bolivia, vivió en Tarija casi toda su niñez y adolescencia y dejó de esa experiencia un libro extraordinario…cuya invisibilidad se explica.

En efecto: lo que Virginia Estenssoro escribe sobre Tarija no es precisamente benévolo . No les soba el ego a sus habitantes. No repite los lugares comunes ya convertidos en eslóganes. No venera a la decadente clase terrateniente (a la que sin embargo pertenece) acostumbrada a privilegios de clase abismales. No se resigna al lugar asignado a la mujer en el medio; por el contrario, lo discute como una leona. No reproduce, en suma, lo que reproducían todos los que decían llamarse artistas o intelectuales hasta ese entonces: inaugura, así, la postura vanguardista.

Alguien vanguardista es quien está fuera de tiempo y de contexto, no sólo por los planteamientos (dramas existencialistas, cuestionamientos ontológicos), sino por la temática  (hipocresía extrema, relaciones fuera del matrimonio, aborto voluntario, derecho a la “calentura” femenina) y también por la estética (párrafos breves, cadencia poética, erudición espontánea). De ahí que Eduardo Mitre haya dicho de ella que “no se parece a nada que se hubiera hecho antes en Bolivia”.

Correcto: Virginia va a encarar la escritura a partir de que el papel del artista es ante todo cuestionar los valores heredados. Va a comenzar mirándose a sí misma y a su entorno, y con una mirada profundamente lúcida, despiadadamente crítica, implacablemente honesta, va a analizar las características de su marco tal cual las entiende ella misma. Lo que plantea, visto con amplitud, es básicamente un desafío; incluso desde la dedicatoria: cuentos “sobre tontos graves e idiotas hieráticos”.

De modo que la ciudad donde vive es para ella “como el brote de una feísima y enorme verruga en un rostro lozano y juvenil”, queriendo significar que lo que depende del medio natural es una maravilla, en contraposición al desastre de la estructura social erigida. Continúa: “el anverso, la espléndida naturaleza; el reverso, una población de rasgos sainetescos”. El campo, es “un idilio encantado, mientras que la ciudad es “un chascarrillo obsceno”. La sociedad material que han forjado  se parece a “una tienda vetusta”, porque se trata de un medio casi feudal manejado por mediocres con ínfulas nobiliarias que premian a los mediocres, explotan hasta el escándalo a los pobres y oprimen hasta la tortura a las mujeres, invariablemente frustradas, aburridas, reprimidas y educadas principalmente para pillar marido. Y ello en medio de un ambiente de maledicencia, difamación, envidia y vínculos endogámicos.

Según su trazo descarnado, que se considere a tal medio un paraíso (“su cielo era el más azul del mundo, su clima el más maravilloso de la tierra, sus mujeres las más hermosas del orbe”) solamente se debe al provincianismo, la falta de puntos de referencia y la estrechez de miras. Porque la apología de la flojera (“allí nadie hacía nada, nadie se movía, nadie emprendía cosa alguna”), según Virginia, no sólo es física sino mental: “la pereza de pensar” asfixiando todas las esferas como una mano en la garganta. Y por si fuera poco, “¡ay! de quien discordara”. Finalmente, un dictamen lapidario sobre la ignorancia, como causa y explicación de todo: “almas simples de vidas mansas y holgadas, caracteres borreguiles, cualquier lance desacostumbrado los perturbaba y los dejaba atónitos”.

El cuadro pesimista es unánime y arrollador: se entiende, entonces, por qué este libro nunca fue difundido. Pero no se justifica; por el contrario: tan extraordinario trabajo debe ser rescatado del olvido. Porque se trata de una pintura social a contrapelo de la oficial punto por punto. Porque aporta una lectura sociológica de invalorable riqueza histórica (describe muchos fenómenos de antaño hoy desaparecidos, como las parientas recogidas, las criadas, el uso de los dudosos títulos de nobleza, el vaivén cotidiano de los clubes sociales, las actuaciones de los poetas oficiales, el uso interesado de los periódicos, el comportamiento en los velorios o los matrimonios concertados). Porque denuncia prácticas nocivas que deben ser erradicadas del todo. Porque estéticamente se trata de una obra revolucionaria y por completo adelantada a su tiempo. Porque se atrevió a ir en contra de la corriente en un ámbito que sigue premiando la trivialidad y el conformismo. Y porque, si fuera poco, se trata de una lumbrera que es mujer, en un medio profundamente chauvinista.

Este libro debería ser leído por todos los tarijeños; pero más aún, por las tarijeñas, ya que retrata infinidad de costumbres, cosmovisiones e incluso instituciones espurias que aún perduran en su contra. También, refleja otro fenómeno que la realidad pareciera confirmar a diario: el hecho de que en Tarija las mujeres leen más que los hombres (lo sabemos quienes vendemos libros) y son más contestatarias y valientes (porque tienen mucho más para perder y por lo tanto más riesgo en ello).

Memorias de Villa Rosa –nombre de la ciudad alter ego de una Tarija más que identificable- es entonces un retrato crítico de nuestro medio hace casi un siglo y visto desde una mujer. Estructurado en forma de cuentos, su unidad impecable podría ser leída también como una novela. Publicado post morten en 1976 por sus hijas, este libro felizmente anómalo no  es comparable con sus pares nativos, sino con lo mejor de la literatura de Hispanoamérica de todos los tiempos. Recuperarlo –repitamos- es mucho más importante de lo que a simple vista pudiera parecer. Conocerlo, es aportar más al desarrollo que los innúmeros discursos vacíos de proyectos que dan vueltas en círculo, así como  los gastos insulsos que parecieran partir de que la cultura consiste en juntarse a chupar.