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167 aniversario del Colegio “Nacional San Luis”

Por: Soruco Jairegui Rodrigo Angel (Est. Colegio Nacional San Luis)

Ninaja Quispe Gisel Anahi (Est. ESFM “JMS”)

Choquellampa Llanos Ruth Noemy (Est. ESFM “JMS”)

La historia del colegio nacional San Luis inicia en el año de 1854. Es fundada por orden Celedonio Ávila un 1ro de enero entre las calles actuales: Juan Misael Saracho, Narciso Campero, Junín.

El colegio inicio con el nombre de Ciencias y Artes posteriormente fue cambiado al nombre que conocemos actualmente de colegio San Luis en honor al santo del mismo nombre, el santo de los jóvenes San Luis Gonzaga que fue un jesuita que murió joven.

El colegio paso por muchas odiseas como ser la guerra del pacifico, guerra del chaco en todo tuvo más protagonismo sirviendo como cuartel y hospital para los heridos. En ese tiempo dicho recinto fue tomado violentamente por el regimiento “15 de Infantería”, que vino de La Paz. (Cardozo, 2020)

Fue recién durante la presidencia del general Narciso Campero y del Congreso de 1880, considerado como uno de los más brillantes de la historia legislativa del país. Se autorizó mediante la Ley 1880 el restablecimiento de la enseñanza oficial secundaria. Hubo interrupciones por distintos factores. Pero fue el ilustre tarijeño Narciso Campero quien volvió abrir sus puertas en el año 1883, desde entonces se mantuvo en vigencia hasta hoy en día.

Al largo de su vida el colegio recibió muchas condecoraciones departamentales y nacionales en lo cultural y deportivo. El colegio Nacional San Luis siempre ha destacado. A lo largo de su trayectoria el colegio ha formado muchas bandas musicales, reconocidas también a nivel nacional y que han sido participes de diferentes eventos culturales entre colegios a nivel nacional.

A todo esto, añadimos que pasaron hombres de renombre por el colegio que se volvieron presidentes, hombres de bien para la patria, profesores que dejaban huella en los alumnos y en el establecimiento.Cuadro de texto: Foto-Gisel Ninaja/Colegio Nacional San Luis 2019

167th anniversary of San Luis National School

By: Soruco Jairegui Rodrigo Angel (Est. Colegio Nacional San Luis)

Ninaja Quispe Gisel Anahi (Est. ESFM “JMS”)

Choquellampa Llanos Ruth Noemy (Est. ESFM “JMS”)

The San Luis National School history begins in 1854. It was founded by order of Celedonio Avila on January 1st between the current streets: Juan Misael Saracho, Narciso Campero and Junín.

The San Luis National school began with the name of Sciences and Arts, later it was changed to the name that we currently know “Colegio Nacional San Luis” in honor of the saint and Jesuit San Luis Gonzaga the saint of the young people who died young.

During its transition the school suffered many odysseys such as the Pacific War, the Chaco War, in everything it had more prominence serving as a barracks and hospital for casualties because of the war. At that time, the school was violently seized by the “15th Infantry” regiment, which came from La Paz  (Cardozo, 2020)

It was only during the presidency of General Narciso Campero and the Congress of 1880, considered one of the most brilliant in the country’s legislative history. The Law 1880 was authorized to restore official secondary education. There were interruptions due to different factors. But it was the famous Narciso Campero from Tarija, who reopened its doors in 1883, since then it has remained in force to nowadays.

Throughout its life, the school received many departmental and national decorations in terms of culture and sports. The San Luis National School has always stood out. Throughout its history, the school has formed many nationally recognized bands that have participated in different cultural events between schools nationwide.

To all this, we add that renowned men passed through the school who became presidents, men of good for the country, teachers who left their mark on the students and the establishment.

La pandemia y el sentido del humor

Acerquémonos antes que nada a una pregunta fundamental ¿qué es el humor? Según el diccionario, el humor es una “disposición del ánimo, especialmente cuando se manifiesta exteriormente”.

Podemos decir entonces que el humor puede ser bueno, malo, agradable, desagradable, etc. En este articulo me interesa destacar el lugar del buen humor en términos del sentido del humor, de aquello que nos dispone el animo en condiciones optimas y de diversión. ¿Cómo sostener el buen humor en medio de una pandemia, con restricciones, aislamientos y distanciamientos?

El sentido del humor puede ser un recurso de extrema necesidad para poder paliar de algún modo las exigencias del superyo que nos ordena “gozar”. Gozar en el sentido más pleno y literal de la palabra. De algún modo, realizar una operación vía el humor nos reconduce a hacer deconsistir desde lo simbólico aquello que de la exigencia del superyo no podemos significantizar, no podemos explicar.

El humor tiene efectos subversivos y de la dignidad del humor obtenemos una ganancia de saber, ¿por qué? ¿qué podríamos ganar? Ganamos en tanto nos posicionamos desalienados a lo consistente que nos viene del Otro, se modifica en el sujeto su cosmovisión.

Frente a un real como lo es la pandemia, que en muchos sujetos puede operar como algo mortífero (ya sea desde su realidad fantaseada como desde su realidad objetiva) el sentido del humor comporta la operación de atravesar un discurso, resulta de allí un efecto de creación en el contexto de una situación que de por sí es angustiante, al menos. Este resultante conlleva una reescritura en el sujeto y por lo tanto un apaciguamiento del dolor; podríamos decir que a su vez le otorga al sujeto otra dignidad subvirtiendo su posición alienada a los mandatos del superyo, ya que es como si le hiciera “chiva calenchu”, se transforma porque el sentido del humor le está diciendo al sujeto que “el saber no sabe” pero el sujeto, con aquel acto creativo y subversivo del humor, se encuentra, parafraseando a Lacan, en su propio cuerpo con los “ecos del decir” que bien podría ser el efecto de ese buen humor: la risa.

Kundera, M. dice que el hombre utiliza la misma reacción fisiológica, que es la risa, para dos actitudes distintas: “Si de pronto a alguien se le cae el sombrero encima del ataúd, en una tumba recién abierta, el entierro pierde todo su sentido y nace la risa. Dos enamorados corren por un prado, tomados de la mano, riéndose. Su risa no tiene nada que ver con ningún chiste: es la risa seria de los ángeles cuando manifiestan su alegría de existir. Ambas modalidades de risa forman parte de los placeres de la vida, pero, llevados al extremo, también indican un apocalipsis dual: la risa entusiasta de los fanáticos-ángel, tan convencidos de su importancia en el mundo, que están dispuestos a colgar del cuello a todo el que no comparta su alegría. Y la otra risa, procedente del lado opuesto, la que proclama que nada tiene ya sentido. La existencia transcurre entre dos abismos: a un lado, el fanatismo; al otro, el escepticismo absoluto”.

Según Freud (1927), el humor es “liberador”, tanto como el chiste y lo cómico, y también lo nombra como “grandioso y patético” y que estos rasgos no se encuentran en otras áreas de la vida intelectual donde se produce ganancia de placer. Ubica además que allí triunfa el narcisismo porque hay una “inatacabilidad del yo”, claro está que en el campo del humor el Yo no es atacado, porque el Yo se rehúsa a sentir que el mundo exterior podría tocarlo, atravesarlo, angustiarlo, por eso obtiene ganancia de placer.

Digamos, de la mano de Freud, que el humor está emparentado con el chiste, el humor será la “contribución a lo cómico por la mediación del superyo”, de otras formas el superyo siempre es severidad y exigencia, pero con esta contribución a lo cómico el superyo tiene titilaciones de dejar un rato de lado su traje de amo severo. Y afirma: “el superyó, cuando produce la actitud humorística, no hace sino rechazar la realidad y servir a una ilusión. Pero atribuimos un valioso carácter –sin saber muy bien por qué– a este placerpoco intenso, lo sentimos como particularmente emancipador y enaltecedor.” (Freud, 1927, p. 158).

Sentirlo como emancipador y enaltecedor nos lleva a la categoría de la dignidad de la que hablaba al comienzo, vía el humor el sujeto se emancipa, se desaliena de ese rasgo tan característico y sufriente que es propio de la exigencia del superyo. Harto conocida es la frase que dice “tragedia más tiempo igual comedia”, cuando el sujeto puede comenzar a reírse un poco más, a tener sentido del humor, de los apremios de la vida, deliberadamente llega a sentirse más aliviado, emancipado. ¿De qué se emancipa, de qué se libera? De las ataduras y amarres exigentes del superyo que le impone mandatos e ideales.

Durante la pandemia, muchas veces es difícil divertirnos, transitar la humorada, reírnos, pero quizás tengamos que hacer el ejercicio o al menos liberarnos. Encontré en Instagram a alquien que sigo y se llama “memeterapia”, me parece una forma hermosa de hacer alguna otra cosa con tanto dolor. En otro artículo que escribí para Página 12 dije que los memes son una nueva forma de risa social, lo sigo afirmando. ¿Cuántos días y noches nos alegran los memes? ¿Qué sería de esta pandemia sin memes?

Fascismo en Latinoamérica

Por Gínor Rojo, Doctor en Filosofía de la Universidad de Iowa y Profesor Titular del Centro de Estudios Culturales Latinoamericanos de la Universidad de Chile / Fotos: Alejandra Fuenzalida

Yo estoy cada vez más convencido de que lo que llamamos fascismo es una tendencia permanente de los seres humanos y de su historia. En lo que toca a Occidente y, con más precisión, en lo que toca a la historia del Occidente moderno, estuvo ahí desde el día uno. El Maquiavelo que en la Florencia del quinientos aconseja al Príncipe y le dice que lo que debe hacer para asegurarse de que tiene al Estado bajo control es “ganar amigos, vencer o con la fuerza o con el fraude, hacerse amar y temer por los pueblos, hacerse seguir y reverenciar por los soldados, eliminar a quienes pueden o deben ofenderte, innovar el antiguo orden, ser severo y agradable, generoso y liberal, eliminar la milicia desleal, crear otra nueva, conservar las amistades de reyes y príncipes de manera que tengan que favorecerte con cortesía o atacarte con respeto” es un buen ejemplo. Ese Maquiavelo, para quien la política consistía en el logro y la retención del poder a no importa qué precio, era un fascista de tomo y lomo. Y de ahí en más.

En la América Latina del siglo XX hubo fascismo clásico en los ‘30 y en los ‘40. Más o menos grande en la Argentina, en Brasil y en México, y de mediana intensidad en Chile, en Perú y en Bolivia (para no hablar sobre los dictadores centroamericanos y caribeños, por ejemplo, sobre la condecoración a Mussolini por parte del Jorge Ubico en Guatemala ni sobre el bigotito a la Hitler que luce el dominicano Trujillo en algunas de sus fotos más conocidas). Postfascismo clásico hubo en Paraguay con la dictadura de Stroessner, que duró hasta 1989, y en el justicialismo argentino de la segunda época, el que se viene abajo con la revolución del ‘55. Perón, que dio refugio a cinco mil nazis escapados de la guerra y que se fue al exilio en el ‘55, escogió un itinerario sugerente: partió primero al Paraguay de Stroessner, luego a Panamá, donde tenía amigos de su misma persuasión desde hacía mucho, en seguida a la Venezuela de Pérez Jiménez, de ahí a la República Dominicana de Trujillo, para rematar en la España de Franco en 1960, donde estuvo viviendo hasta noviembre de 1972.

Pero vamos a la cosa más actual. Primero fueron las dictaduras anticomunistas o, mejor dicho, las dictaduras anti cualquier cosa que oliera a progresismo, las que, espoleadas por los Estados Unidos de la Guerra Fría, se estrenan con el golpe contra Jacobo Árbenz en Guatemala, en 1954. Ese golpe fija un pattern. Organizado por la CIA a solicitud de la United Fruit Co., con respaldo popular en Estados Unidos (poseídos a la sazón los estadounidenses por la histeria mccarthysta), sumó internamente a la oligarquía guatemalteca, a la jerarquía eclesiástica, a los grupos medios anticomunistas y a un sector de los militares. La CIA forma entre tanto en Honduras un ejército, al mando de un coronel desafecto, que había recibido entrenamiento previo en Fort Leavenworth, en Estados Unidos, Carlos Castillo Armas. Ese ejército cruza la frontera el 18 de junio del ‘54, al tiempo que pilotos estadounidenses bombardean la ciudad capital. Debutaba de ese modo un pattern que la CIA iba a replicar posteriormente en otros países latinoamericanos, en Cuba en 1961 (donde fracasó), en Brasil en el ‘64 (éste el primero de los golpes de postguerra en Sudamérica, donde los marines estadounidenses estuvieron listos para desembarcar pero no lo hicieron porque el gobierno de Goulart colapsó sin su ayuda) y en Chile en 1973 (nótese que el bombardeo aéreo de La Moneda, en septiembre del ‘73, no fue novedoso en absoluto, aunque deba reconocerse que a diferencia de lo acaecido en Guatemala, fueron pilotos chilenos los que tuvieron el indigno honor de conducir los Hawker Hunter que lo ejecutaron).

Casi coincidiendo con la caída de los socialismos “reales” y con el retroceso de la izquierda mundial en los ‘80, desvaneciéndose de esa manera y a todo vapor el “peligro comunista”, aparece en el horizonte un nuevo objetivo: el desmantelamiento de lo obrado por el Estado de bienestar, el modelo económico vigente en el mundo y en América Latina desde la gran depresión, y su sustitución por un modelo capitalista globalizado. Este desmantelamiento se debe a la crisis del capitalismo. Desde 1971, que fue el año en que Richard Nixon le puso fin en Estados Unidos al patrón oro para el dólar, a lo que se añadió en 1973 y 1974 un aumento de los precios del petróleo, las dificultades del capitalismo internacional no han hecho otra cosa que multiplicarse. Entre 1982 y 1989 sobrevino la llamada “crisis de la deuda”, la que aun cuando impactó a los países latinoamericanos principalmente, amenazaba internacionalizarse desestabilizando con ello a la totalidad del sistema; en 1997 se desató en el sudeste asiático el dominó de las devaluaciones, ominosas también para las operaciones del capitalismo, reproduciéndose a todo lo largo y ancho del globo terráqueo; luego se produjo el caos financiero de 2007, cuando Lehman Brothers fue el primero dentro de un grupo de grandes bancos estadounidenses que se declararon en quiebra; el de 2008, cuando se produjo el estallido de la burbuja inmobiliaria española; el de 2012-2013 en toda la eurozona, que dejó 24.7 millones de personas sin trabajo; así como el de 2015-2016, con una caída en picada de los precios de las materias primas, como los chilenos pudimos experimentar en el caso del cobre y los venezolanos, mexicanos y ecuatorianos en el del petróleo. Tales son sólo los hitos mayores de una curva descendente que ha durado más tiempo del que los capitalistas están dispuestos a tolerar.

Dado este estado de cosas, ellos hacen lo que siempre han hecho en circunstancias análogas: se embarcan en una campaña de reacumulación del capital, expandiendo territorialmente sus operaciones hacia comarcas del globo que no habían sido incorporadas hasta ahora dentro de la órbita de sus actividades o que no lo habían sido suficientemente, al mismo tiempo que profundizan la capacidad de extracción de plusvalía al interior de las comarcas que se encuentran bajo su dominio (creación de nuevas necesidades, exacerbación del consumo, etc.).

Por cierto, esta nueva coyuntura necesita para implementarse “científicamente” de una ortodoxia teórica, que es la que proporciona la ideología (ellos dicen “ciencia económica”) “neoliberal”, y los “adelantados” en la materia fuimos los chilenos. Tan adelantados fuimos que incluso la empezamos (la empezaron) a implementar antes de que el Consenso de Washington fijara las medidas que debían tomarse: disciplina fiscal, reordenación de las prioridades del gasto público, reforma tributaria, liberalización de las tasas de interés, tipo de cambio competitivo, liberalización del comercio, liberalización de la inversión extranjera directa, privatización de las empresas estatales, desregulación para distender las barreras al ingreso y salida de productos, estimulándose de ese modo la competencia, y derechos de propiedad garantizados. En efecto: cuando los de Washington emitían estas recomendaciones, en 1989, en Chile ya se estaban realizando. A punta de bayoneta, es claro. El ladrillo, la biblia de los neoliberales chilenos, se escribió y circuló confidencialmente durante el periodo de Allende y el líder de los Chicago boys, Sergio de Castro, fue designado asesor del Ministerio de Economía tres días después del golpe, el 14 de septiembre de 1973. En abril de 1975, mientras Pinochet se sacaba de encima por las buenas o por las malas a los últimos generales nacionalistas, de Castro ascendió a ministro del ramo, cargo que ocupó hasta 1976 cuando el dictador lo sacó de Economía y lo puso en Hacienda, esta vez hasta 1982. Cada uno de estos ascensos del ínclito de Castro en la escala del poder fue acompañado por un crecimiento y una entronización mayor de los miembros de su equipo en el gobierno. En 1992, en el prólogo a una edición de El ladrillo que financió el Centro de Estudios Públicos, él lo recuerda así:

“El caos sembrado por el gobierno marxista de Allende, que solamente aceleró los cambios socializantes graduales que se fueron introduciendo en Chile ininterrumpidamente desde mediados de la década de los 30, hizo fácil la tarea de convencerlos [a los militares] de que los modelos socialistas siempre conducirían al fracaso. El modelo de una economía social de mercado propuesto para reemplazar lo existente tenía coherencia lógica y ofrecía una posibilidad de salir del subdesarrollo. Adoptado el modelo y enfrentado a las dificultades inevitables que surgen en toda organización social y económica [sic], no cabe duda que el mérito de haber mantenido el rumbo sin perder el objetivo verdadero y final corresponde enteramente al entonces Presidente de la República.

Los frutos cosechados por el país, de los ideales libertarios que persiguió ‘El Ladrillo’, son, en gran medida, obra del régimen militar. En especial del ex Presidente de la República don Augusto Pinochet y de los Miembros de la Honorable Junta de Gobierno. Nosotros fuimos sus colaboradores”.

Ahora bien, Chile es el único país de la región en que el modelo neoliberal se ha podido implantar plenamente. En ningún otro país de Latinoamérica ha logrado entronizarse como aquí, no obstante los esfuerzos reiterados porque así ocurra. Para dar sólo cinco ejemplos tópicos: en México, desde el mandato de Carlos Salinas de Gortari, entre 1988 y 1994; en Colombia, desde la presidencia de César Gaviria, entre 1990 y 1994; en el Perú, sobre todo durante el periodo que sigue al autogolpe de Alberto Fujimori, entre 1995 y 2000; en Bolivia, desde el fin del cuarto gobierno de Víctor Paz Estenssoro, en el ‘89, y especialmente en el primer gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada, y hasta el segundo que culminó con su fuga a Estados Unidos en 2003; y en Argentina, en dictadura con José Alfredo Martínez de Hoz, luego en democracia con Carlos Menen, entre 1989 y 1999 (ésa una intentona horrenda, que no sólo no prosperó sino que hundió al país en el peor de los marasmos. En la Argentina, un país productor de alimentos como no hay muchos en el mundo, ¡se registraron en esos años episodios de desnutrición!), y desde 2015 con Mauricio Macri, que lo está haciendo tan bien (o tan mal) como Martínez de Hoz y Menem. En todos estos casos, el proyecto y su fundamentación fueron los mismos: se estaba haciendo en el país lo que había que hacer. Era la “ciencia económica” la que así lo indicaba.

Pero a comienzos del nuevo milenio a los neoliberales le salió al paso el “socialismo del siglo XXI”: Chávez en Venezuela, Correa en Ecuador, Evo Morales en Bolivia, Lula da Silva en el Brasil, los Kirchner en la Argentina. Atacados ferozmente por todos los flancos y de todas las maneras imaginables, hoy el único sobreviviente es Morales. Bastaron apenas ocho años para que Hugo Chávez, muerto en 2013, fuera sucedido por Nicolás Maduro, presidente de Venezuela desde la desaparición de su mentor y a quien asedia hoy una crisis económica y política gigantesca; para que Rafael Correa cumpliera su mandato en la presidencia ecuatoriana y Lenin Moreno, su antiguo vicepresidente, se convirtiera en su adversario; para que, cosa increíble, Lula da Silva terminara en la cárcel y Dilma Rousseff, su heredera política, fuese destituida; y para que Cristina Fernández de Kirchner se encuentre también a las puertas del presidio. Podrían sumarse a estos cuatro casos otros tres: el de El Salvador, un país con un gobierno de izquierda, pero en el que las pandillas, las “maras”, fijan el rumbo de la vida nacional; el de Paraguay, donde Fernando Lugo fue despojado de su cargo en junio de 2012 con un verdadero “golpe parlamentario” y donde en la actualidad gobierna una derecha cerril; y el nicaragüense, donde Daniel Ortega se aferra al poder de una manera nada envidiable. A la desafiante UNASUR, la esperanza integracionista del bolivariano Hugo Chávez, la habían abandonado hasta abril de 2018 seis de sus socios más importantes: Colombia, Argentina, Brasil, Chile, Paraguay y Perú.

¿Qué pasó? Pasó que con el imperialismo no se juega. En los ‘70 y ‘80, la CIA y sus cofrades latinoamericanos habían hecho uso de las armas sin asco. El resultado fueron más de tres mil asesinados en Chile, más de treinta mil en Argentina y más de doscientos mil en Guatemala. Desde los ‘90 en adelante guardaron las armas (no del todo, no se crea) y apostaron a las potencialidades de un aparato comunicacional al que la revolución de las TIC había fortalecido. Sembraron así la percepción (la percepción, porque no es la realidad) de la corruptela y la inseguridad bajo las administraciones de los dizques socialistas del siglo XXI. Convencieron a la población de que había que tener mano dura con los delincuentes y con los corruptos y que para ello era preciso elegir “hombres fuertes”. Y la población fue a votar por ellos (¡salvo en México!).

Ocurrió así algo parecido a lo que se vio en la Alemania de Weimar. Gobiernos socialdemócratas débiles que prometieron mucho y dieron poco, crisis económica (según la CEPAL, en América Latina la pobreza llegó en 2017 “a 186 millones, es decir, el 30.7% de la población, mientras que la pobreza extrema afectó al 10% de la población, cifra equivalente a 61 millones de personas”), desorden político y social y un demagogo que sale de la nada y que grita que él va a poner orden en ese desmadre. Simultáneamente, un capitalismo de poderosos empresarios que no trepidan en tirar por la ventana el prejuicio según el cual la libertad económica debe acompañar a la libertad política. De nuevo, los brillos chilenos se adelantaron en este viraje. El gran descubrimiento de Jaime Guzmán Errázuriz fue que sus preferencias conservadoras en política y católicas en religión (franquistas en sus orígenes, recuérdese) no sólo podían convivir cómodamente con el programa económico neoliberal, sino que el programa económico neoliberal era el medio más idóneo para hacerlas florecer. Pinochet ha de haberse sobado las manos. Él, que para entonces ya se había deshecho de sus competidores y era el más igual entre sus iguales, no pudo menos que percatarse de que el camino que Guzmán le estaba ofreciendo era el más promisorio. Iba a ser así el suyo el primero de una serie de matrimonios regionales, pletóricos de expectativas retrógradas y que a los padres de la patria les hubieran hecho caer la cara de vergüenza, de una economía neoliberal con un gobierno fascista.

Luna llena

Jose Pablo Feimann

La cuestión sería: ¿el ser humano es “inhumano” cuando comete atrocidades y “humano” cuando es generoso y ayuda a su prójimo? Estaba leyendo materiales sobre el caso del célebre asesino serial Ted Bundy cuando encontré que varios diarios de la época (fines de los sesenta comienzos de los setenta) le decían “animal”. Ted Bundy vendría a ser un animal inhumano y (pongamos) Martin Luther King sería un personaje humano. Un humanista, como suele decirse.

¿Quién fue Ted Bundy? Era un tipo pintón, sonreía más que con frecuencia, era joven y tenía una facilidad enorme para hablar, argumentar y –por consiguiente- seducir. Nadie que lo viera podía asustarse, tomar recaudos, preocuparse. No, a simple vista Bundy era alguien que podía presentarse en cualquier parte sin despertar la mínima sospecha de su condición de asesino serial. No tuvo una infancia demasiado problemática. No sufrió penurias económicas. Nadie lo castigó. Nadie abusó de él. Y mató a treinta y seis mujeres.

Cuando se estrenó el film La caída de Olivier Horshbiegel, con un Hitler que Bruno Ganz hizo de modo admirable, se le criticó que presentaba a un Hitler “humanizado”. ¿Cuál es el problema? ¿No era humano Hitler? Hitler fue uno de los personajes más perversos de la historia humana. Pero fue parte de esa historia, fue humano. Auschwitz, Treblinka y Dachau fueron obra de la condición humana. Sólo los seres humanos son capaces de engendrar esos horrores. Los animales no. Los animales son víctimas de la devastación humana de la naturaleza.

Ted Bundy –como el Führer alemán- fue un asesino serial. Sin duda mandó al muere a menos gente que Hitler, pero es un paradigma de asesino serial. Esta clase de personaje surge con el célebre Jack, el Destripador de la Inglaterra victoriana. Tienen –Bundy y Jack- una coincidencia: sólo mataban mujeres y las destripaban.

De Jack the Ripper se sabe poco. Se dice: desapareció entre las nieblas de Londres. Tenía un humor macabro, como le correspondía. Cierta vez, escribió a la policía una carta que contenía un riñón. “No mando el otro porque me lo comí”, concluía. Ted Bundy fue atrapado y ejecutado en la silla eléctrica de Florida. Le hicieron dos juicios. En el primero echó a su abogado y asumió su propia defensa. Se presentaba en la corte bien trajeado y con un notorio moño de color en lugar de corbata. Tenía una poderosa elocuencia. Se defendió con toda pasión y con una inteligencia que deslumbró a todos. Tuvo novias y una a la que amó. Paradójico (o no): un asesino serial que mataba mujeres se enamoró de una y fue bueno y tierno con ella.

Bundy trataba de evitar que lo frieran en la silla eléctrica. No quería morir. Pero no lo pudo evitar. Las pruebas se acumulaban y no conseguía convencer al jurado. Siempre, sin embargo, parecía estar de buen humor. La silla eléctrica lo esperaba. Es conocida (creo) mi posición ante la pena de muerte. Es un asesinato premeditado y frío. El condenado sufre y no le ahorran ese sufrimiento. La inyección letal es casi más cruel. Tiene un componente “científico-clínico” que no disimula su crueldad aberrante. Le revientan los pulmones y el corazón a la víctima del Estado. No hay que matar. Cuando el Estado de Israel ahorca a Eichmann incurre en su misma ética y estética. Un grave error.

Jack the Ripper se ha transformado en un ícono de la historia británica. Hasta tiene un museo. Se han escrito novelas, cuentos, se han hecho películas sobre el personaje. Despierta una gran fascinación. Quién era. Arriesguemos nuestra hipótesis. Era el médico de la reina Victoria. Un Lord de la Corte se había enfermado de sífilis en Whitechapel. Tras su muerte el médico de la reina (que lo quería mucho) decidió vengarlo y empezó a faenar prostitutas. Al ser miembro de la casa real y tan cercano a la reina la policía no se atrevió a detenerlo. Cuando al vengativo médico le parecieron suficientes las prostitutas castigadas se detuvo en su obstinación criminal y se cobijó entre los pliegues inaccesibles de la intocable Victoria.

Bundy no tuvo esa suerte. Pero sigue teniendo admiradores. Los psicólogos han metido mano en esto y lo calificaron de enfermo bipolar. Puede ser. Pero esto alivia a la condición humana. Y no. Cualquiera –en determinadas circunstancias- puede matar. El hombre es el lobo del hombre. Y si no, recordemos ese pequeño y estremecedor poema sobre la licantropía: “Aún el hombre puro de corazón/ que dice sus oraciones todas las noches/ se convertirá en un lobo cuando salga la luna llena”. 

Las consecuencias del ‘Plan Colombia’ de EE.UU. apoyado por el rey Juan Carlos I

Luis Gonzalo Segura

Según ha informado un medio español este lunes 7 de junio, España apoyó de forma decidida y singular el ‘Plan Colombia’, ejecutado por Estados Unidos entre los años 2000 y 2016 bajo la disculpa de impulsar económicamente el país, combatir el narcotráfico y encontrar solución al conflicto armado. En los comienzos del plan, como sucede en la mayoría de las intervenciones norteamericanas en el mundo, los Estados Unidos trabajaron en la internacionalización del mismo, de tal manera que, aunque su mano ejecutora fuera más que evidente para los analistas, su implicación pública quedó diluida. Para ello, claro está, se mantuvieron numerosas reuniones, la mayoría de ellas absolutamente opacas a la ciudadanía pública y no pocas rozando la traición y hasta lo grotesco –recuerden cómo José María Aznar llevaba a representantes de la OTAN ante bailarinas flamencas para conseguir su apoyo–. 

Finalmente, el plan fue ampliamente ejecutado por George W. Bush, (2001-2009) y Barack Obama (2009-2017) por parte norteamericana y Álvaro Uribe (2002-2010) y Juan Manuel Santos (2010-2018) por parte colombiana, aunque en sus orígenes los impulsores fueron Bill Clinton y Andrés Pastrana. Señalar, antes de comenzar, que el plan realmente constituye una parte de acción desempeñada por los norteamericanos en el país colombiano desde los años cincuenta del siglo pasado.

Éxito norteamericano

En la mencionada reunión, Bill Clinton aseveró a Juan Carlos I que «el futuro de América Latina depende de la preservación de la estabilidad y el fortalecimiento de la democracia». Pero ¿qué es lo que entienden Estados Unidos por estabilidad y democracia? Ahí va un esbozo de la democracia y la estabilidad yanqui: 

Colombia gastó en armas, sólo en los años 2019 y 2020, un total de 19.385 millones de dólares, lo que convirtió al país gobernado actualmente por Iván Duque en el segundo país en gasto militar de América Latina tras Brasil. Y no con poca diferencia: Colombia gastó un 50% más que México, más del doble que Chile y casi cinco veces más que Argentina. Una tendencia que comenzó, precisamente, con el ‘Plan Colombia’, ya que en el año 2000 el mayor productor de cocaína del mundo invertía dos tercios menos en armas de lo que invierte en la actualidad, ya que ha pasado de gastar algo más 3.000 millones a más de 10.000 millones de dólares. Una barbaridad que palidece ante el total gastado desde que comenzó el bondadoso plan norteamericano para dinamizar Colombia: unos 155.706 millones de dólares –127.692,7 millones de euros–.

Más de 155.000 millones de dólares gastados en estabilidad y democracia made in USA que, obviamente, no han mejorado en casi nada al país, pero sí han tenido un claro beneficiario, ya que los Estados Unidos, según el SIPRI, han vendido más del 50% de las armas importadas por Colombia desde el año 2.000 a la actualidad. No es de extrañar, por tanto, que el senador colombiano Iván Cepeda se haya quejado recientemente de la incomprensible compra de 24 aviones de guerra en plena crisis económica y sanitaria.

Sin embargo, no solo de armas vive Estados Unidos y no solo beneficio económico pensaba obtener de los más de 10.000 millones de dólares entregados en el ‘Plan Colombia’, sino que estos han servido, además, para convertir al país en una ‘cabeza de puente’ norteamericana y mantener la explotación de los importantes recursos colombianos como petróleo, carbón, oro o minerales. No obstante, Estados Unidos cuenta en la actualidad con siete bases militares en Colombia, unos espacios que valdrían su peso en oro, en el caso de que realmente Colombia pretendiera mercadear su integridad territorial y entregar su soberanía.

Por tanto, el ‘Plan Colombia’ ha generado:

  1. que los colombianos hayan gastado más de 150.000 millones de dólares en gasto militar;
  2. que más de la mitad de las importaciones de armas se hayan convertido en encargos para fábricas norteamericanas;
  3. que Estados Unidos mantenga siete bases militares en el país, convirtiéndose en una ‘cabeza de puente’ en Latinoamérica;
  4. que Colombia se convierta en el socio más importante de la organización transatlántica en Latinoamérica;
  5. que Estados Unidos haya continuado explotando los recursos más valiosos del país.

Fracaso colombiano

«Será interesante ver lo que ocurre en Colombia» le dijo entonces, en el año 2000, Bill Clinton a Juan Carlos I. Más allá de los beneficios señalados para Colombia, lo que ha acontecido en el país ha sido una catástrofe de dimensiones todavía por dilucidar. Niveles de pobreza, desigualdad y violencia absolutamente insoportables. De hecho, las calles colombianas se inundaron de sangre como consecuencia del plan norteamericano: fueron asesinados más de 6.400 civiles colombianos solo entre 2002 y 2008 –según Jurisdicción Especial para la Paz–, en lo que se conoce como ‘falsos positivos’; más de 1.400 sindicalistas o defensores de los derechos humanos fueron ejecutados –Colombia lideró en 2019 el ranking de ecologistas asesinados con un mínimo de 64–; y un incontable número de mujeres fueron violadas –especialmente por grupos paramilitares estatales–, lo que, según la Oficina del Fiscal de la Corte Penal Internacional, supone «una base razonable» para creer que en Colombia se cometieron actos de violencia sexual que constituyen crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad.

Peor todavía, la herida social provocada por el ‘Plan Colombia’ desangra al mayor aliado de la OTAN en América Latina y al productor del 70% de la cocaína mundial, pues el país padece las enésimas protestas de consideración –como en 2019 y 2020– tras el intento de imposición de un tributo a la raquítica y exhausta clase media. La situación ha llegado a tal extremo que Cali ha sido militarizada en los últimos días y las imágenes y los testimonios del país parecen más propios de una situación bélica o prebélica. Además, Colombia se encuentra aquejado por un evidente componente racista.

Insignificancia española

En la ya mencionada reunión, el rey Juan Carlos se ofreció a apoyar la implementación del ‘Plan Colombia’: «En América Latina podemos ser útiles, incluso entre bastidores. Conocemos bien a la gente, tenemos los mismos antecedentes. Podemos limpiar asperezas». Un favor que, más allá de los millones que le pudieran haber reportado personalmente, pues parece que a Juan Carlos no le bastó en muchas ocasiones con los emolumentos que obtenía del Estado español, tuvo una contraprestación clara para España: el apoyo de Estados Unidos a la violación de Derechos Humanos en territorio patrio. ‘Yo te apoyo a ti a expoliar Colombia y tú me apoyas a mí a vulnerar los derechos humanos en España’, les faltó aclarar. 

Un trato que provocó que España aportase 100 de los 250 millones de dólares iniciales y realizara numerosas gestiones para que otros países hicieran aportaciones generosas –»Estamos presionando a los escandinavos, a Alemania y a Francia para que aceleren la financiación»– a cambio de la instrucción norteamericana de fuerzas policiales en la lucha antiterrorista y el apoyo internacional a la política española conocida como ‘Todo es ETA’. Una política que, con el paso del tiempo, ha demostrado ser inmisericorde con los derechos humanos, tal y como han reconocido en múltiples ocasiones los tribunales europeos.

Sin embargo, uno de los aspectos más escandaloso de las conversaciones reveladas no se encuentra en el intercambio de atrocidades entre unos y otros, demasiado habitual, por desgracia, en relaciones internacionales, sino en las ridículas súplicas de Juan Carlos I para que España deje de ser insignificante a nivel internacional: «[a España] no se nos tiene en cuenta» ni «se nos toma en serio» a pesar «de nuestras contribuciones», «de nuestra lealtad como buen amigo de los Estados Unidos» y del apoyo español a Israel. Traducido al castellano burdo: ‘Somos vuestros lacayos y no nos respetáis’.

Por tanto, las conclusiones de las conversaciones reveladas demuestran que Estados Unidos militarizó Colombia para mantener y aumentar el nivel de expolio, añadiendo la extracción armamentista a la ya existente sobre los recursos, primando el conflicto armado y la solución bélica sobre el conflicto social y la solución humanitaria; Colombia aumentó los niveles de desigualdad, pobreza y violencia como forma y consecuencia del vasallaje a Estados Unidos mientras sus élites se enriquecieron; y España colaboró con el plan a cambio de apoyo internacional a las violaciones de derechos humanos que pensaba perpetrar. Además, y esta es una de las grandes novedades, el otrora Imperio español quedó ridículamente caricaturizado como un país insignificante y humillado.

¿Los argentinos vienen de los barcos?

Argentinos de Jujuy

Cecilia González

La improvisación no suele ser un don de los políticos. Y el presidente argentino Alberto Fernández no es la excepción. En pleno recibimiento de su colega español Pedro Sánchez, no tuvo mejor idea que repetir el lugar común de que los argentinos descienden de los barcos, lo que revivió una polémica siempre latente en el país sudamericano.

Porque en Argentina, con más fuerza en Buenos Aires, parte de la población está convencida de que vive en un país descendiente exclusivamente de europeos. Es muy común que hablen de sus padres, madres o abuelos llegados durante el siglo pasado desde España o Italia. En las casi dos décadas que he vivido aquí, me he acostumbrado a que de vez en cuando algún argentino me diga que admira que nosotros hayamos tenido a los mayas o a los aztecas, porque en Argentina «no hubo indígenas» de culturas avanzadas. Si acaso, dicen, «hay en el norte, pero son muy pocos».

Esta convicción tan arraigada invisibiliza a los 34 pueblos indígenas argentinos –que, a pesar de históricos intentos de exterminio, sobreviven–, a las comunidades afrodescendientes, a los mestizos. A la diversidad.

Fortalece así el ideario de una nación blanca excepcional en América Latina. Es una falsa premisa que abona al racismo y a la discriminación que persisten en la región.

La desafortunada cita, que Fernández adjudicó al poeta mexicano Octavio Paz pero en realidad era una canción del Lito Nebbia, provocó airadas reacciones externas porque mencionaba que «los mexicanos vienen de los indios y los brasileños, de la selva», pero quienes se ofenden en esos países bien podrían hacer una autocrítica sobre la concepción y trato hacia sus poblaciones indígenas. Más allá del gastado discurso de supuesto orgullo por el «crisol de razas», estos pueblos todavía están muy lejos del reconocimiento y el respeto a sus derechos.

En Argentina, como es costumbre, estalló la impostada indignación opositora. De manera paradójica, los mismos que durante el Gobierno de Mauricio Macri estigmatizaron a los mapuches y, en el colmo del absurdo, los acusaron de ser terroristas, anarquistas y separatistas entrenados en Venezuela y Cuba financiados por ingleses, las FARC, la guerrilla kurda y ETA, mostraban su horror por el pifie presidencial. Unos, más preocupados por haber «ofendido» a México y a Brasil o por «la ignorancia» de Fernández. Otros, con un repentino y desconocido fervor hacia los pueblos originarios.

Sólo faltó que Patricia Bullrich –la dirigente que usa y abusa políticamente de cualquier tema que afecte al Gobierno peronista– viajara a alguna comunidad a sacarse fotos con indígenas para mostrarles su «apoyo». Pero tanto no podía exagerar.

O quizá sí. Como Macri, el expresidente que durante una Cumbre en Davos también llegó a decir que todos los sudamericanos descendían de Europa y que, en plena sobreactuación, se disculpó con Jair Bolsonaro por los dichos de Fernández. Seguro no sabe que líderes indígenas ya denunciaron al presidente brasileño ante la Corte Penal Internacional de La Haya. Lo acusan de crímenes de lesa humanidad por los asesinatos, la persecución y el daño ambiental a sus territorios que padecen de manera permanente.

Y entonces, ¿de dónde «vienen»?

Más allá de estereotipos, lugares comunes y percepciones, el último censo realizado en Argentina (2010) reporta que el 2,4 % de la población se reconoce como perteneciente o descendiente de un pueblo indígena, y el 0,4 %, como afro. Los datos duros parecerían confirmar el prejuicio del origen naviero.

Sólo que, cinco años antes, un estudio del Servicio de Huellas Digitales Genéticas de la Universidad de Buenos Aires ya había descubierto que el 56 % de la población tiene antepasados indígenas. Así lo demostraba un análisis de 12.000 muestras de ADN. El 10 %, además, era indígena puro. La sorpresa fue total, pero ni así se derrumbaron los mitos europeizantes repetidos por el presidente.

«Fue posible reinterpretar conceptos, como el del origen estrictamente europeo de los argentinos, que demostraron ser erróneos a la luz de la información genética analizada», explicó Daniel Corach, prestigioso científico y uno de los autores del Mapa Genético Argentino. En un artículo, precisó que la población que llegó primero a este territorio descendía de inmigrantes asiáticos que ingresaron a América hace más de 20.000 años. Cuando arribaron los conquistadores españoles, había unos 30 grupos étnicos.

Los colonizadores también trajeron a esclavos africanos. Así, durante los casi tres siglos de dominación española la población local se compuso de indígenas, mestizos (nativo americano y europeo), mulatos (africano y europeo), zambos (nativo americano y africano), europeos, criollos (descendientes de europeos nacidos aquí), africanos y afro descendientes. Había heterogeneidad.

El germen de la idea de que los argentinos «vienen de los barcos» fueron las oleadas migratorias promovidas por gobiernos argentinos, en los siglos XIX y XX, que permitieron recibir a unos 3,5 millones de ciudadanos europeos con el fin de «poblar» el país.

Los pueblos originarios, mientras tanto, ya habían sufrido la Campaña del Desierto, como se bautizaron los intentos de exterminio. Los sobrevivientes fueron ignorados por los recién llegados, pero sus descendientes aquí siguen, en pie de lucha.

Resistencia

«Lo que bajó de los barcos fue el genocidio». Así de contundente es Moira Millán, weychafe (guerrera) mapuche y referente del Movimiento de Mujeres Indígenas por el Buen Vivir, que el mes pasado realizó una histórica caminata hacia Buenos Aires en la que participaron luchadoras de 36 naciones originarias.

«Nunca, jamás ningún gobierno ha asumido la verdad: que la plurinacionalidad de los territorios se ha sostenido a pesar de los intentos genocidas y nuestra existencia ha perdurado como provocación a sus intentos fallidos de blanquear el componente poblacional de los territorios invadidos», explica en un texto escrito a propósito de la desafortunada frase presidencial que reafirma el espíritu europeísta de Argentina.

«Desprecia lo indígena porque le plantea umbrales epistemológicos incomprensibles para una lógica atrapada en el reduccionismo existencialista. ¿Cómo pueden entender nuestro mundo vinculado a raíces profundas en territorios milenarios, quienes tienen sus pies navegando en las aguas lejanas de otro continente? ¿Cómo pueden amar con la misma entrega que nosotras, mujeres indígenas, la tierra que pisan?», cuestiona.

Si los argentinos vienen de los barcos, advierte Millán, «entonces tendrán derechos sobre los mares y nosotras, las naciones indígenas, sobre los territorios».

El negacionismo como política de estado ha sido y es genocida, insiste, a pesar de que la omisión o negación de un conflicto ni lo desaparece, ni lo resuelve, sólo lo profundiza.

Por eso, considera que Argentina tendrá que replantear su relación con las naciones indígenas a las que ha invadido: «No se puede seguir sosteniendo la absurda narrativa de que Argentina se constituye sólo de los que descendieron de los barcos, porque llegará el día en que ese Estado que nos niega, que nos obliga a vivir nuestra identidad de manera clandestina, que nos despoja de todo derecho, nos verá unidos como pueblos y organizados como naciones milenarias, recuperando lo que nos ha sido arrebatado«.

Después de lo ocurrido esta semana, la transformación de esos vínculos parecería una tarea todavía más necesaria y, sobre todo, urgente.

El inquietante futuro de los robots asesinos autónomos

Luis Gonzalo Segura

Libia no solo se ha convertido en una de las tierras quemadas de Estados Unidos en el mundo, uno de esos inframundos olvidados en el que las armas, la guerra, el hambre y la muerte convergen en un laberinto del que es casi imposible escapar, sino que también se ha convertido en el primer lugar del mundo en el que, al menos oficialmente, se han utilizado drones de combate autónomos contra personas. Es decir, robots asesinos que, sin ser controlados en remoto, han atacado a humanos. Por su propia voluntad. La distopía es el presente, amigos, no será que no fuimos advertidos.

Según un informe de las Naciones Unidas, publicado por la revista New Scientist, drones militares atacaron el año pasado en Libia de forma autónoma a seres humanos. El informe deja poco lugar a la duda cuando afirma en el punto 63 de la página 20 que «los convoyes logísticos y las fuerzas afiliadas a Haftar en retirada fueron posteriormente perseguidos y atacados a distancia por vehículos aéreos de combate no tripulados o sistemas de armas autónomos letales como el STM Kargu-2 y otras municiones de merodeo. Los sistemas de armas autónomos letales se programaron para atacar objetivos sin requerir la conectividad de datos entre el operador y la munición: en efecto, una verdadera capacidad de disparar, olvidar y encontrar«.

Si el mundo se encuentra cada día más cerca de convertirse, gracias al salvaje capitalismo impuesto por Estados Unidos, en una réplica de las desigualdades esbozadas en Los juegos del Hambre o El laberinto del corredor, esta última con pandemia incluida, mundos en los que las ciudades, amuralladas, concentran la riqueza para unos pocos mientras la pobreza asola al resto de la humanidad; si las sociedades occidentales cada día se parecen más a NosotrosUn mundo Feliz o 1984; la llegada de los robots asesinos a las guerras olvidadas eleva la puesta en escena a un nuevo género: Terminator.

Porque la robotización de la guerra es el presente y el futuro de los ejércitos, como queda demostrado no solo por el uso en Libia del STM Kargu-2 de origen turco, país integrante de la OTAN, sino porque Turquía ha utilizado esta tecnología en los últimos enfrentamientos en Siria o en Nagorno Karabaj, donde no solo realizaron actuaciones puntuales o auxiliares, sino que fueron utilizados por las fuerzas turcas como eje fundamental de su campaña aérea. Lo que se debe, especialmente, a que el STM Kargu-2 cuenta con la capacidad de formar enjambres y atacar de manera automática sin ni siquiera conexión.

La imagen de un enjambre de drones con cámaras de video y capacidad para aprender a detectar movimientos de unidades militares y abatirlas causaría escalofríos a cualquiera: que miles de drones armados y coordinados destruyeran cuanto encontraran a su paso, humanos incluidos, sería una escena terrorífica para la mayoría, pero idílica para la industria militar. De hecho, gracias a los buenos resultados de los drones turcos, países como Qatar o Ucrania ya se han interesado por su adquisición. La OTAN y sus aliados, siempre dispuestos al progreso.

Konnichiwa, Baby

Estamos a escasos años de culminar en una fábrica el montaje de un Terminator cuyo impacto en los escenarios bélicos es absolutamente predecible, pero cuyas consecuencias globales seguramente no hayan sido correctamente calculadas. Ciertamente, la robotización de los ejércitos es imparable, pues los drones aéreos ya no son objetos volantes no identificados en gran parte de los ejércitos del mundo, ni tan siquiera son accesorios, sino que cada vez se encuentran más cerca de convertirse esenciales. Una robotización impulsada por las ventajas que ofrece: menor coste económico, humano y mediático. Esto es, el gran sueño americano: un Vietnam, un Irak o un Afganistán sin norteamericanos muertos. El olor del napalm por la mañana en automático.

De hecho, debemos tener en cuenta que la robotización militar no solo se compone de drones, pues el mercado militar de robots está en auge: los vehículos militares navales no tripulados ya facturan más de 1.500 millones dólares y se espera que en solo cinco años lleguen a los 4.000 millones anuales. De la misma manera, los vehículos terrestres no tripulados están empezando a introducirse en los ejércitos, hasta el punto de que las previsiones actuales cifran en más de 10.000 millones de dólares el negocio que generarán durante esta época. Incluso los humanoides, es decir los futuros Terminators, están integrándose en los ejércitos más punteros del mundo.

Sayonara, Baby

Culminado el negocio, alcanzada la cumbre de la robótica militar y terminada la carrera de la robotización militar, las bases geopolíticas actuales pueden quebrar por varias razones. En primer lugar, se producirá una reestructuración de poderes a nivel mundial que nadie sabe muy bien a quién beneficiará. Y, en segundo lugar, la reducción del coste humano y mediático de las intervenciones militares puede derivar en un aumento de las operaciones contra el terrorismo y las misiones de paz. Porque, ¿qué detendrá a las grandes naciones a intervenir militarmente cualquier país que se les antoje si a la población occidental poco o nada les importan los centenares de miles de muertos por conflictos bélicos, los millones de personas en situación de pobreza extrema y hambre o los millones de desplazados o refugiados que vagan por el mundo siempre y cuando no sean nacionales?

Quizás, con suerte, se produzca un equilibrio de fuerzas que mantenga los actuales niveles de desigualdad, abuso y pobreza, aunque en un escenario completamente diferente al actual, pero solo plantearlo, aterra. Aterra pensar lo que pueden llegar a ser capaces de perpetrar los norteamericanos con un ejército de robots asesinos cuando han convertido casi toda América Latina en la hacienda de sanguinarios dictadores y élites avariciosas o han incendiado Oriente Próximo o el Magreb sin ningún escrúpulo en base a sus intereses. Aterra pensar qué hará la potencia o las potencias que finalmente obtengan la victoria en la carrera armamentista de la robotización. Y aterra pensar en las consecuencias que esta robotización tendrá para esos ciudadanos a los que a día de hoy les importa un carajo que Turquía haya violado el párrafo 9 de la resolución 1970 (2011) al usar robots asesinos autónomos.

Unos ciudadanos que poco dirán mientras se beneficien en comercios textiles o gasolineras de las intervenciones de robots asesinos autónomos en medio mundo, pero que, antes o después, sufrirán las consecuencias. Porque tras Terminator, como tras internet o el vídeo, llegarán Ex MachinaLos sustitutos y, claro está, Yo, Robot. Prostitutas, empleados de limpieza o acompañantes robotizados se generalizarán en relativamente poco tiempo, ya está sucediendo… y tras ellos llegarán los policías. Y es que, antes o después, la policía será esencialmente robotizada, al menos las unidades de choque, y ello tendrá consecuencias directas en el control de masas por parte de las élites, de tal forma que revueltas como las acaecidas en Chile, Ecuador, Perú o Colombia serán aplastadas sin miramientos o las favelas brasileñas serán intervenidas. Porque lo que hoy pasa en Libia, mañana podría pasar en las calles. En cualquier calle.

La retirada caótica e improvisada de EE.UU. (y la OTAN) que puso a un país al borde de la catástrofe

Alberto Rodríguez

Aquel septiembre de 1996 en el que los talibanes comandados por el Mulá Omar capturaron Kabul parece ya una fecha lejana. Muchos ya no recuerdan siquiera el Emirato Islámico de Afganistán creado en el 97. Parece una triste memoria del pasado que Pakistán, Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos llegasen a reconocer un Estado abiertamente terrorista que prohibió la música, la televisión, que impuso estrictos códigos de vestimenta, que prohibió a las mujeres prácticamente vivir fuera del hogar y se convirtió en el refugio mundial de al-Qaeda. Parece algo lejano, y sin embargo es una posibilidad cada día más real. Tras dos décadas de guerra en Afganistán la retirada desorganizada de los EE.UU., sin dejar un gobierno fuerte ni hacerse responsables del caos que han creado, es el escenario perfecto para que los talibanes recuperen el poder en todo el territorio afgano; poder que en las regiones rurales nunca dejaron de tener.

A un mes del inicio de la última etapa de la retirada de la OTAN de territorio afgano, los talibán han redoblado su actividad insurgente. Han conquistado decenas de posiciones y cinco distritos que el Ejército afgano no logra recuperar, y según los insurgentes aumentan la confianza en sí mismos, sus adversarios cada día están más desmoralizados con un Estado Mayor incapaz de liderar, organizarse, pagar salarios o siquiera evacuar a los heridos en zonas disputadas. Hay posiciones en las que los talibán ni siquiera tienen que luchar para conquistarlas. Según Zabihullah Mujahid, el portavoz de los talibán, alrededor de 1.300 miembros de las fuerzas de seguridad afganas se han rendido en el último mes. Si bien Kabul ha cosechado algunos éxitos en Laghman, han fracasado en Maidan Wardak, Baghlan y Helmand.

La retirada caótica e improvisada de la OTAN de Afganistán, sin haber sido capaces de articular un gobierno fuerte en veinte años, lejos de garantizar la paz, es una garantía del caos. Solo en mayo las fuerzas de seguridad afganas han abatido a 3.991 combatientes talibán y herido a 2.141. Al menos 248 civiles han muerto y 527 han sido heridos en ataques de los terroristas. Y al atender estas cifras hay que tener presente que son las que ofrece el bando que ha perdido el control de la situación. Porque los talibán ya no son solo terroristas, sino que se han configurado como un ejército insurgente con el objetivo de volver a capturar Kabul y establecer un nuevo Emirato Islámico, esta vez, tras someter a la OTAN; la mayor alianza militar del mundo.

Al momento de escribir este artículo llegan las noticias de cuatro explosiones en 48 horas en Pol-e Sohjteh, al oeste de Kabul, causando la muerte de 18 civiles y otros 20 heridos. Atentados que se suman a emboscadas al Ejército afgano, combates en Ghourian y atentados suicida contra sedes gubernamentales, que coinciden con la evacuación de la cuarta base norteamericana en territorio afgano.

Durante el día son pocos minutos en carretera los que separan las posiciones afganas de los talibán. Durante la noche esas fronteras directamente desaparecen. Los bastiones del gobierno de Kabul están rodeados y son pequeñas islas dentro de la inmensidad militante. Los talibán ya no quieren ser solo insurgentes sino el nuevo Estado afgano, y por ello en su territorio nunca han dejado de funcionar como tal, legislando con una de las sharías más estrictas y punitivas que existen. Con castigos que van desde el maltrato físico hasta la muerte por lapidación.

Pero las víctimas de los talibán no son únicamente aquellos afganos que quieren una vida secular. No. Las víctimas de los talibán son todos aquellos musulmanes que no se adhieren a su sharía estricta y radical. Son todas aquellas minorías como los hazaras que llevan sufriendo décadas de persecución y exterminio sistemático. Ni siquiera los niños están a salvo de las tácticas criminales de los integristas.

La retirada de la OTAN, pero más concretamente la de EE.UU., es una huida. Es una huida en un momento crítico, y una victoria de los talibán. Una victoria de los talibán porque el Estado afgano ya es incapaz de garantizar el monopolio de la violencia si es que alguna vez llegó a tenerlo. Los veinte años de intervención en Afganistán solo han servido para enriquecer a una nueva élite corrupta que ha perpetuado y agravado las diferencias entre la población urbana y rural. Son los mismos errores que han condenado al fracaso toda intervención en el Afganistán moderno. Los talibán no son el problema sino el monstruoso resultado de las contradicciones internas del país. Y por eso, sin haber cumplido los objetivos, sin haber solucionado los problemas, la OTAN se retira, dejando a su paso una alfombra para que los talibán caminen orgullosos y desafiantes hacia su victoria. La democracia, en los términos de la invasión, nunca fue una posibilidad, y el 11 de septiembre de 2021 será la confirmación de ello.

¿Y si no existiese el bloqueo de EE.UU.? Las contribuciones de Cuba a la humanidad durante un año de pandemia

Eva Golinger

Estados Unidos ha mantenido un cruel e inhumano bloqueo a Cuba durante 59 años. En marzo, se realizaron caravanas y protestas contra el bloqueo en más de 50 ciudades de todo el mundo, incluyendo en el país norteamericano, demandando el fin de esta política anticuada e injusta contra la isla caribeña. Ahora, con la nueva administración demócrata del presidente Joe Biden, hay un clamor internacional para volver al proceso de la normalización en las relaciones entre Estados Unidos y Cuba, iniciado por el presidente Barack Obama, y a levantar el atroz bloqueo unilateral que no solamente ha fracasado en su objetivo de asfixiar y destruir a la Revolución Cubana, sino que también ha demostrado el ‘bullying’ despiadado de Washington.

Las autoridades cubanas estiman que el bloqueo estadounidense causa más de 4.000 millones de dólares en pérdidas económicas a Cuba cada año y ha causado casi 800.000 millones de dólares en daños mayores a la isla desde su inicio. Y el daño no solo es a Cuba. La Cámara de Comercio de Estados Unidos ha advertido que las sanciones contra Cuba causan pérdidas multimillonarias para las empresas estadounidenses, que tienen prohibido comerciar e intercambiar con la isla caribeña. Todo eso sin mencionar las consecuencias de restringir la libertad de 363 millones de estadounidenses y de violar su derecho constitucional al libre tránsito, ya que tienen prohibido viajar a Cuba como parte del bloqueo.

En un año de pandemia global, estas sanciones resultan ser aún más crueles, injustas y debilitadoras. Durante décadas, el bloqueo a Cuba ha obstaculizado la adquisición de medicinas y equipos médicos y sanitarios, poniendo en peligro la vida y la salud de millones de cubanos. En medio de la pandemia, esta situación se ha agravado, porque limita la facilidad de adquirir los equipos de protección personal y todas las otras necesidades para combatir a un virus con un alto índice de hospitalización y fatalidades.

No obstante, a pesar de esta realidad, Cuba no es el país que más ha sido afectado por el covid-19. Irónicamente, es su vecino y ‘bully’ del norte, Estados Unidos, el que ha sufrido la mayoría de las infecciones del mundo (más de 30 millones) y la mayoría de los muertos a causa del virus. Mientras Estados Unidos está de luto por sus más de 530.000 muertos durante el último año a causa del covid-19, y aún recuperándose de las enormes pérdidas económicas derivadas de las cierres y cuarentenas, Cuba ha logrado mantener un bajo índice de contagios, hospitalizaciones y fatalidades. Según cifras oficiales de las autoridades cubanas, hasta marzo 2021, Cuba había registrado menos de 70.000 infecciones y 408 muertos desde el inicio de la pandemia.

Durante la Presidencia de Donald Trump, el bloqueo contra Cuba se agudizó y todos los avances logrados por la Administración Obama fueron borrados. Trump implementó 240 nuevas sanciones y medidas punitivas contra Cuba durante su gestión, incluyendo 50 medidas adicionales durante la pandemia que directamente impactaron el sector de salud en la isla, causando daños por encima de 200 millones de dólares. Trump incluso volvió a colocar a Cuba en la lista estadounidense de países ‘patrocinadores del terrorismo’, simplemente para castigarla. Frente a este escenario, sufriendo por la escalada de agresiones desde Washington, Cuba hizo lo que siempre ha hecho: innovar, progresar, compartir, solidarizarse y colaborar.

Aun con todos estos obstáculos y hostilidades, Cuba envió 57 brigadas de especialistas médicos a 40 países del mundo, dando atención médica gratuita a más de 1,26 millones de pacientes enfermos con covid-19, principalmente en naciones pobres y en desarrollo. Pero, eso no es todo lo que hizo Cuba para ayudar al mundo durante este difícil periodo de mucho sufrimiento e incertidumbre colectiva.

Cuba lanzó una ofensiva contra la pandemia con la misma fuerza, compromiso, persistencia y solidaridad con la que ha combatido el bloque estadounidense. En Cuba, el sistema de salud pública, manejado a nivel comunitario, fue movilizado para realizar visitas diarias a casa para detectar y tratar casos de covid-19 e impedir su expansión. El avanzado sector de investigación científica en Cuba (y eso a pesar del bloque estadounidense) rápidamente comenzó a desarrollar y producir nuevos tratamientos para pacientes y también vacunas. El objetivo de Cuba no es solamente atender a su población con estos tratamientos y vacunas, sino compartirlos con el mundo.

A cambio, Estados Unidos y varios países europeos están activamente acaparando las pocas vacunas contra el covid-19 que han sido oficialmente aprobadas por la OMS y por múltiples procesos de prueba en decenas de naciones. Las grandes farmacéuticas en Estados Unidos también están presionando al gobierno de Biden para impedir el acceso a las patentes para las vacunas y castigar a otros países que intentan reproducirlas y usarlas para vacunar a sus poblaciones.

En Cuba están desarrollado varias vacunas, de las cuales dos –Soberana 2 y Abdala– han avanzado a la fase III de las pruebas clínicas. Solo hay 23 vacunas en el mundo, entre más de 200 que están siendo desarrolladas, que han logrado avanzar a este punto. Y dos de ellas son cubanas. Ningún otro país latinoamericano ha desarrollado sus propias vacunas hasta ahora, solo Cuba. El país agredido y golpeado por la potencia más poderosa del planeta está venciendo, está progresando y lo está haciendo en nombre de la compasión, la solidaridad, la libertad, la vida y la humanidad.

Hasta el Washington Post ha tenido que admitir que Cuba está al borde del logro histórico de convertirse en el país más pequeño del mundo que ha desarrollado múltiples vacunas efectivas contra la COVID19: «Contra todo pronóstico, Cuba podría convertirse en una potencia de vacunas contra el coronavirus».

La intención de Cuba es llevar sus vacunas al mundo, de manera gratuita y universal. Su visión es una visión comunal del problema que estamos enfrentando todos. El covid-19 es un enemigo común. Debemos juntar nuestras fuerzas para derrotarla en conjunta. Cualquier otra manera estaría destinada a fracasar.

Lo que Cuba ha logrado hasta ahora es asombroso, más que todo para aquellos que siempre subestiman su capacidad de resistencia, persistencia, innovación, inteligencia y voluntad. Sin el bloqueo estadounidense, Cuba hubiese podido hacer muchísimo más. La pequeña isla es un líder mundial en la biotecnología. Ha invertido un montón en la ciencia y la tecnología, y ha priorizado el bienestar humano por encima del dinero y las ganancias. Es esa ausencia de capitalismo y avaricia que ha impulsado la innovación sin límites en Cuba.

Con todo lo que Cuba ha podido lograr durante casi 60 años de bloqueo estadounidense, imagínase ¿cómo serían sus contribuciones a la humanidad y a un mundo mejor si el bloqueo no existiera?

¡No más bloqueo contra Cuba!

El cielo por asalto

José Pablo Feinmann

El 18 de marzo se cumplieron 150 años de un hecho memorable: la Comuna de París de 1871. Fue la primera revolución hegemonizada por la clase obrera. En 1789, el pueblo bajo acompañó a la burguesía en ese acto insurreccional y fundante que fue la Revolución Francesa. Pero no fue el protagonista de esa gesta que habría de culminar en el Terror de Robespierre y Saint-Just, y en la dictadura imperial de Napoleón Bonaparte. La Comuna de París tuvo un arco de posibilidades que la hicieron posible. Francia estaba en guerra con la Prusia de Bismarck y Guillermo II. Y no sólo estaba en guerra sino que la estaba perdiendo sin apelación alguna. El “canciller de hierro” (Bismarck) era un gran estratega y sabía mover sus tropas mejor que Napoleón el pequeño (Napoleón III), cuya gloria se agotaba en llevar el nombre de Napoleón Bonaparte, aunque sólo eso, ya que no había heredado su genio militar ni sus aptitudes políticas. Napoleón III es hecho prisionero de los generales prusianos que inclinan, así, la guerra en su favor. Queda al frente de la República francesa el mínimo, aunque colérico y sanguinario, Thiers. La Guardia Nacional se niega a hacer fuego contra los comuneros insurrectos y más aún: se pone de su lado. Ahora la Comuna tiene en su poder la gran ciudad del país. Tiene el fervor, tiene las armas y un vibrante plan de Gobierno. Que es el siguiente:

– El Ejército y la Policía fueron reemplazados por la Guardia Nacional, integrada por ciudadanos comunes, como artesanos, jornaleros y otras profesiones.

– Se estableció la separación entre la Iglesia y el Estado.

– Los cargos públicos eran sometidos a elección popular y se regirían por el principio de revocatoria de mandato.

– Dejaron de impartir clases de religión en los colegios, por tratarse de un tema de decisión personal.

– Las fábricas abandonadas fueron ocupadas por los trabajadores.

– París se dividió en quartiers, localidades con cierta autonomía que cooperaban con la organización central. Los funcionarios recibían un sueldo similar al de los obreros.

– El precio de los alquileres fue controlado por la Comuna.

– Las viudas y huérfanos de la Guardia Nacional fueron reivindicados con pensiones.

¡Qué plan magnífico! En ningún país de los tiempos pandémicos que corren podría aplicarse. Las mujeres tienen un papel preponderante y hasta prepotente en la lucha. La Comuna, como dice Karl Marx en célebre frase, quería tomar “el cielo por asalto”. Pero no lo tomó. De un modo acaso inexplicable no irrumpieron en el Banco Nacional de Francia, donde se acumulaban las riquezas del país. Esas riquezas se las llevaba Thiers para rearmar su ejército. Thiers había huído a Versalles, refugiándose en el en el que supo ser el corazón de la aristocracia monárquica, gozosa y despilfarradora. Hasta que se le acabó la fiesta con las multitudinarias masas rebeldes de 1789. Y con la guillotina de Robespierre, que no tuvo piedad con nadie y menos con Luis XVI

Ahora, en Versalles, estaba Thiers. Y entonces sucede un acontecimiento insólito. Francia y Prusia suspenden la guerra entre naciones porque la “hidra internacionalista” (como llamó Nietzsche a la Comuna) se había apoderado de una de ellas. ¡Ah no, eso no, de ninguna manera! Marx se deleita con este hecho. La lucha interburguesa se deja de lado cuando el proletariado se insurrecta. Bismarck le devuelve a Thiers sus prisioneros. Ahí los tiene, disponga de ellos, primero hay que aniquilar a la hidra internacionalista después seguimos nuestra guerra.

Francia y Prusia guerreaban por sus conquistas imperialistas. Alemania había llegado tarde al reparto del mundo entre las grandes naciones europeas. Necesitaba su “espacio vital”. Necesitaba, en suma, replantearlo todo. Con la guerra de 1870 no sólo logra su tardía unidad nacional, sino también entrar a discutir los anhelados territorios de Africa y Asia, especialmente.

Pero, ante el proletariado en armas, la tarea de discutir el “espacio vital” queda de lado. Ahora deben ayudar a Francia a derrotar a la chusma roja, la chusma anarquista y comunista, esa peste. Nada distinto ocurre hoy con los países “civilizados” de Occidente. Forman un bloque ante el avance de la”barbarie” terrorista y populista. Así, Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Alemania, Israel (fundamental para frenar la “barbarie terrorista” en el Oriente Medio, siguiendo, siempre, los intereses del Imperio “americano) y, en menor medida Italia y España están artillados hasta los dientes para preservar la “democracia” en el mundo.

Volviendo a la Comuna. Con la ayuda prusiana, Thiers formó un ejército poderoso. Derrotó a los comuneros y el “orden burgués” se estableció otra vez en el país. La Comuna duró apenas dos meses. Durante su transcurso se soñaron nuevos horizontes, nuevas hermandades. Pero los sueños revolucionarios suelen pagarse caros. La fuerzas armadas de Francia y Prusia mataron treinta mil comuneros. Querían un castigo ejemplar. ¿Cómo se habían atrevido a hacer lo que hicieron? Nunca más debía ocurrir algo así. Fueron despiadados. Se hartaron de fusilar obreros y profesionales. Esa cifra de muertos (treinta mil) nos remite al terrorismo de Estado en la Argentina. ¿Así terminan los sueños? Así, sobre todo, se mantiene el capitalismo en dominio de las estructuras de un sistema que ya lleva varias centurias y ha ganado todas sus batallas. No sé si el precio de los sueños es siempre cruento, pero creo (o aún me atrevo a creer) que los sueños abren un horizonte que aún no se ha cerrado.