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Beatriz Preciado:»La sexualidad es como las lenguas. Todos podemos aprender varias»

Se mueve por el Centro Pompidou de París como Pedro por su casa. El escenario le va al pelo. Alta, andrógina, alternativa. Experimental. Preciado no tiene reparo, como el edificio del museo, en exhibir sus interioridades para explicarse a sí misma y al mundo. Autora de Manifiesto contrasexual (editorial Opera Prima) -una especie de biblia del movimiento transgénero o queer- y de Testo yonqui (Espasa) -donde explica los efectos que provoca la autoadministración de testosterona en su vida sexual-, esta burgalesa de 39 años vive como piensa y piensa cómo vive. En constante revolución contra las normas que determinan políticamente el sexo, el género, los modos de buscar y obtener placer. Filósofa, activista alternativa y profesora de la Universidad París VIII, fue finalista del Premio Anagrama de Ensayo con Pornotopía, un ensayo sobre el imperio Play Boy.

Cuando tenía nueve años, alguien telefoneó a su madre y dijo: «Su hija es marimacho». ¿Sufrió de niña?

Iba a un colegio de monjas, pero nunca tuve problema por ser distinta. Cuando me decían qué quería ser de mayor, respondía: hombre. Me veía como hombre porque ellos tenían acceso a las cosas que quería hacer: astronauta o médico. Nunca lo viví como vergonzoso ni traumático, era algo a lo que creía tener derecho. De cría, hasta tenía una hucha para hacerme un cambio de sexo.

¿Qué referentes tenía en esa época: Burgos, primeros ochenta?

Ninguno. Yo me movía en un mundo en el que el referente era la parroquia, imagínate.

Entonces, ¿se guió por instinto?

De niña, sí. El instituto fue fundamental. Simona, una maestra con un hijo autista, reclutó a niños con problemas y creó una clase. El grupo G. Autistas, superdotados, raros. Ocho marcianos feos y atroces. Terribles, pero mimados. Adoraba a mis profesores, eran muy abiertos para como era yo.

De aquella llamada a hoy, ¿cómo llevan sus padres su activismo sexual?

Fue traumático y lo sigue siendo. Mi padre era un empresario respetable. Mi madre, costurera de novias. Soy hija única. Imagino que esperaban otra cosa de mí. Son religiosos y de derechas como se es de derechas en Burgos, de forma irreflexiva, porque toca. En ese contexto fui rebelde, pero no porque me lo propusiera, sino porque cada cosa que hacía escandalizaba. Yo era un ovni, sí, pero no lo viví como algo que ocultar.

¿De dónde sale su rebeldía, si no sufre por ser como es?

Lo más duro para mí es ver cómo la gente se deja reprimir.

Entonces ¿es una rebeldía solidaria?

Siempre ha tenido algo político. Daba charlas a los niños para decirles: hagamos esto, organicémonos. Yo no me dejé reprimir, pero sí han sido dolorosas las rupturas con mis amigos o mi familia cuando no aceptan lo que para mí es natural. Con mis padres ha sido una larga pedagogía. Mi carácter no es el más tolerante. Ahora pienso: os tolero en vuestra manera de ser, qué voy a hacer. Pero entonces fue muy intenso. Con 16 años fui con el grupo G a Filadelfia y volví con la idea de hacer filosofía política.

¿Qué le atrae a una adolescente de la investigación filosófica?

Yo era muy de ciencias, quería hacer biología genética. Pero en bachillerato me di cuenta de que las cuestiones a las que quería responder no iba a resolverlas con la biología, y que ese otro lugar era la filosofía.

Usa conceptos como ‘biohombre’, ‘biomujer’, ‘biopolítica’; la biología está en su obra.

Sí, me interesa la vida, pero en su dimensión somática, carnal, corporal.

También habla de arquitectura, de la ciudad como organismo.

Quizá el origen de todo sea el cuerpo, pero no como organismo natural, sino como artificio, como arquitectura, como construcción social y política. Eso que siempre imaginamos como biológico -la división entre hombre y mujer, masculino y femenino- y que es una construcción social. Me interesa la dimensión técnica de eso que parece natural.

Hablamos de género en Occidente en 2010. Pero pensemos en un niño que nace en Malí, ¿su sexo y su género también es artificio biopolítico?

Claro, fíjate en las distinciones que estableces. Para indicar naturaleza, piensas en África, como si aquí estuviera la tecnología y el artificio, y en África, la naturaleza. Estas distinciones funcionan para lo masculino y lo femenino. Lo masculino como técnica, construcción, cultura. Lo femenino como naturaleza, reproducción. Lo que es construido es esa distinción naturaleza/cultura que no existe, que es ficticia.

¿Los cromosomas XX y XY no significan nada?

Son un modelo teórico que aparece en el siglo XX para intentar entender una estructura biológica, punto.

Sostiene que la sexualidad es plástica. Que no es una constante en la vida, ni siquiera en el día. ¿Esa es la esencia de su teoría?

En parte sí, en el sentido de que la sexualidad, que es de forma más amplia la subjetividad, y en la que entra la identidad y la orientación sexual, los modos de desear, los modos de obtener placer, son plásticos. Y precisamente por eso están sometidos a regulación política. Si fueran naturales y determinados de una vez por todas, no la habría.

Por regulación se refiere a que se determine que se es hombre o mujer en el DNI, y a ello correspondan X derechos, X deberes, X roles.

Exacto. Hay un enorme trabajo social para modular, controlar, fijar esa plasticidad. Y no sólo política, también psicológicamente. Cada individuo es una instancia de vigilancia suprema sobre su propia plasticidad sexual. Cuando preguntabas de dónde viene mi rebelión, es de ahí. Cómo es posible que no estemos en revuelta constante, que esto no sea la revolución.

¿Por qué tendría yo, mujer, heterosexual, casada, madre de dos hijas y moderadamente conforme con su vida, que rebelarme?

Deberías estar en rebelión porque hay un cierre, una clausura de tu identidad que impide cualquier otra posibilidad. Desde el momento en que dices: yo, biomujer, casada, madre…

Ya me estoy perdiendo cosas.

Efectivamente. Declararse heterosexual también supone un conjunto de arreglos posibles, pero suponen una coreografía tan estrecha que lo que me parece terrible es que se acepte como inamovible. No creo en la identidad sexual, me parece una ficción. Un fantasma en el que uno se puede instalar y vivir confortablemente.

Y feliz.

Por supuesto. Pero es que ese es precisamente el éxito de la biopolítica.

Que nos comemos el ‘soma’ y encima contentos.

Totalmente. Cuando hablamos de biopolítica, estamos hablando del control externo e interno de las estructuras de la subjetividad y la producción de placer. Me defino como transgénero, pero he salido con biohombres, con biomujeres, con trans Y te puedo decir que cuando eres biomujer, asignada socialmente como mujer, y sales con un biohombre, asignado como hombre, experimentas una reorganización de tu campo social. De repente, tu familia está contenta. Es un sistema de comunicación complejo, en el que emites signos que son descodificados: estoy de acuerdo con el sistema de producción, y voy a reproducir la nación tal como la conoces.

Aunque seas infiel, o seas un gay en el armario.

Claro, la máquina de control eres tú, y lo interesante es la forma de desactivarla. Por eso me interesa escribir, dar clases, el activismo. Hay posibilidad de rebelión en cualquier parte.

¿Ese activismo es una postura intelectual, o le sale de las tripas?

Pero ¿qué son mis tripas? Volvemos a la misma diferencia. Yo nací con una deformación de mandíbula. Durante años no tuve fotografías personales, sólo médicas. En casa no hacíamos fotos porque yo era deforme. Desde los siete años tengo ritualmente encuentros con el sistema médico. A los 18 me hacen una operación funcional, pero también estética. Era necesaria, pero tampoco tuve opción de decir no al aparato médico. Tenía una cara atroz, de caballo, y en cuanto salí, todos me dijeron que estaba fantástica. Viví esa operación como un cambio de sexo en el sentido de que era un cambio de identidad.

¿Porque la devolvió al redil de la ‘normalidad’?

Sí, fue un modo de normalizar mi cara. A partir de ahí empiezo a distanciarme de todo eso de qué eres tú naturalmente, o qué son tus tripas, o que la cara es el espejo del alma. Mi cara no es el espejo del alma, es el espejo de la medicina plástica de la España de los ochenta.

Parece que su rebeldía sí tiene algunas semillas.

Algo hay. Cuando salí de la operación, me gasté el dinero ahorrado para cambiar de sexo en viajar. Me di cuenta de que mi imagen y la que los otros veían no coincidían ni coincidirían nunca. Es como la anorexia. Yo aún le pregunto a mi novia si me ha crecido hoy la mandíbula. Por eso veo el cuerpo como arquitectura, como relación con las instituciones médicas, jurídicas y políticas.

Leyendo su obra, su vida parece una batalla constante contra la norma. ¿Por qué no se relaja?

Yo me veo relajadísima, mucho más que los otros. Lo que observo en la gente es una tensión aunque sea inconsciente por adecuarse a lo que se supone que es femenino, masculino, a la heterosexualidad o la homosexualidad. Yo también he experimentado la presión homosexual al decir que no soy un tío ni una tía. En la homosexualidad hay restricciones, reglas precisas. La tensión está ahí, la revolución es otra cosa.

¿Su estado natural?

No [ríe], ya me gustaría. Hay veces que no puedo evitar decir: cero solidaridad con el género humano y su cultura de la guerra.

¿Por qué esa desesperanza?

Hay una teórica queer americana, Sedwick, que decía que la revolución es un modo de salir de la depresión política. Es como si viviéramos en estado de patología, veo una gran depresión colectiva cuyos signos son el consumo aberrante, la producción de desigualdades, lanormalización excesiva, la sobrevigilancia, la cultura de la guerra.

¿Lo que llama ‘régimen farmacopornográfico’ es un nuevo fascismo basado en el sexo?

No, el fascismo no es depresivo, sino histriónico, mientras que el momento farmacopornográfico es de sobreadicción, sobreconsumo, destrucción. Como si nos hubiéramos dado colectivamente las condiciones de nuestra propia destrucción y estuviéramos de acuerdo. Y digo esto consciente de que puedo parecer un padre jesuita.

¿Pero esta no es una cultura hedonista?

No. El hecho de que lo que mueve la cultura sea el placer no quiere decir que el fin sea hedonista. El objetivo es la producción, el consumo y, en último término, la destrucción. El reto de lo que debería ser una izquierda para el siglo XXI es tomar conciencia de ese estado de depresión colectivo, a diferencia de la derecha, que vive en la euforia del consumo, de la producción de desigualdades, de la destrucción. La izquierda tiene que decir: mierda, la estamos cagando, y eso tiene que llevar a un despertar revolucionario. Y creo que eso puede venir de esos que hemos apartado a los márgenes de lo político: los gays, las lesbianas, los yonquis, las putas. Ahí hay modos de producción estratégicos para la cultura y la economía, y ahí se están produciendo soluciones.

¿Y qué aportan esos ‘detritus del sistema’, como usted los llama?

Inventan nuevas formas de relación personal y política que se salen de una coordenada que engancha con las políticas coloniales del siglo XV y que tienen que ver con la familia, la nación, la raza. Esa línea se ha agotado, hay que abrirse a lo no familiar, no nacional, no racial, no generizado.

¿Es consciente de la difícil comprensión y ‘venta’ de ese modelo?

No aspiro a venderlo. Y no es tan difícil. En mis charlas siento que lo del estado depresivo conecta. Pese a la enorme complejidad del mundo contemporáneo, veo una terrible reducción a lo de siempre.

Es gracioso el pasaje de ‘Testo yonqui’ cuando vuelve a Burgos y ve a sus ex novietas del cole paseando por el Espolón con sus niños y sus mechas perfectas.

Las respeto y las adoro. Sobre todo porque sé que detrás de las mechas y los niños siguen resistiendo, están vivas.

Se define como una terrorista, una guerrillera.

Así me ven los otros. Yo hacía mis cosas, todos decían: que paren esa revolución, y yo no comprendía que la revolución era yo. Disfruto de la inteligencia colectiva. Mi primera Gay Parade en Nueva York fue el mayor subidón de éxtasis vital de mi vida. Éramos 3.000 bolleras por la calle, ese espacio que nos tenían prohibido. Fue darme cuenta de que otro mundo es posible, de que la realidad puede cambiar, eso me fascina.

Los transexuales claman por entrar en los protocolos de reasignación de sexo. Sin embargo, usted deplora que estén regulados por el Estado.

Hay una multiplicidad de maneras de ser transexual. He estado en asociaciones de lesbianas radicales y, en tres años, la mitad habían cambiado de sexo. Desconfío de los dogmas acerca de la identidad sexual, porque he visto todo y su contrario. Los protocolos son un modo de normalizar la plasticidad sexual. España es una especie de gallifante de Turquía y Suecia. Hay una base biopolítica cuyos emblemas son el género, la heterosexualidad, la familia, la raza y la nación. Pero también un régimen farmacopornográfico en el que el sexo es objeto de consumo y producción. La colisión de esos dos regímenes lleva a una situación delirante, en la que puedes acceder a operaciones de cambio de sexo, pero sólo con las condiciones exigidas para normalizarte.

En ‘Testo yonqui’, usted es el objeto de su investigación. ¿No le da pudor esa exposición?

No, y eso que me eduqué con monjas y estudie filosofía en Comillas con los jesuitas. Los adoré, estaban metidos hasta el fondo en el marxismo y la teoría de la liberación. Son fantásticos. Sigo teniendo relación con Juan Masiá, un filósofo al que excomulgaron por decir que el condón es de sentido común. Nos intercambiamos obras.

¿En serio? ¿Y qué comenta un jesuita de sus prácticas sexuales en ‘Testo yonqui’?

Nada [ríe]. Pero no hace falta, sé que me aprecia y nos queremos mucho.

Me refería a si no le da pudor exponer su sexualidad.

Al contrario: mi sexualidad ha sido siempre invisible. Lo que era visible es el estereotipo que la gente tiene sobre la sexualidad lesbiana o trans. Entonces no lo veo como una forma de exposición impudorosa, sino como un modo de producción de visibilidad. Hay un elemento de propaganda. Una amiga, Itziar Ziga, ha escrito un libro, Devenir perra, en el que dice: nosotros follamos más y mejor. Follamos fuera de vuestras restricciones normativas y eso es un placer que nunca conoceréis. Y si os tienta saberlo, wellcome to the revolution.

¿Ese sería el orgullo ‘queer’: follamos más y follamos mejor?

Sí, y quizá vivimos en otro mundo. En otro mundo que existe y que esta aquí, justo al lado.

Usted es una celebridad en los círculos ‘queer’, da clases en la Universidad París VIII, pero es desconocida en España. ¿Se ve de profesora en la Complutense?

En España hay instituciones casi feudales. Y dentro de ellas, en un caos extraordinario, suceden cosas paradójicas. En cualquier universidad hay elementos revolucionarios, puntos de resistencia. La revolución no está en otro lado, está aquí, y en la Complutense también.

A ver si la nombran hija predilecta de Burgos.

[Risas]. Ahora, con lo del premio, mi madre dice: qué bien, hija, sales en el periódico, pero tienen la mala idea de sacarte con bigote. No sabe que mi gran orgullo mediático es la portada de la revista transgénero americana.

Desde fuera, lo suyo puede parecer un espectáculo provocativo.

Sí, siempre existe ese riesgo de apariencia estrambótica y consumo morboso, pero hay vida más allá del mundo normalizado.

Para escribir ‘Testo yonqui’ se administró testosterona en gel casi un año. ¿Sigue ‘poniéndose’, ya que en el libro se declara ‘adicta’?

Ocasionalmente. Respecto a otras adicciones que conozco, la de la testosterona es llevable. Lo veo como una posibilidad y no una necesidad. Para mí, el cambio del sexo no es el paso del muro de Berlín; algo de esa frontera política tiene, pero yo lo veo como un espacio de prácticas del cuerpo.

¿Qué obtiene de la testosterona? Algo le sacará.

Es una droga sexual. Si fuera de venta libre, sería el Viagra para biomujeres. Te pone a mil. Pero empecé a tomarla por un elemento de experimentación, de transgresión, casi una orgía hormonal.

Qué le sugiere a usted, que se declara más allá de lo masculino y femenino, la expresión ‘violencia de género’.

Creo que cuando se dice violencia machista no se incide tanto en las prácticas de discriminación como en la masculinidad. Como si la masculinidad fuera una violencia en sí misma y que se ejerce contra las mujeres. Se pasa por alto toda una serie de prácticas violentas transversales. Hay violencia dentro de la homosexualidad, de la transexualidad. Creo que el género mismo es la violencia, que las normas de masculinidad y feminidad, tal y como las conocemos, producen violencia. Si cambiáramos los modos de educación en la infancia, quizá modificaríamos lo que llamamos violencia de género. Siempre pensamos que las niñas pueden defenderse y no agredir. Seamos honestos: en una cultura de la guerra, no equipar técnica y prácticamente a un conjunto de la sociedad para ser capaz de acceder a técnicas de agresión cuando sea necesario es discriminatorio.

¿Propone enseñar a las niñas no defensa personal, sino ataque personal?

Exacto.

Menudo titular me acaba de dar.

Busco alternativas radicales a la cultura de la guerra, y una es el acceso igualitario a las técnicas de la violencia. Toni Negri decía: hay que darle armas al pueblo, puesto que el Estado está armado. Yo diría: hay que darles armas a las mujeres, puesto que los hombres están armados.

Le van a llover protestas.

Esto es una guerra fría: tú tienes armas, yo también.

En ‘Testo yonqui’ propone a las mujeres tomar testosterona. ¿Cree que así romperíamos el techo de cristal?

Eso es una fantasía de política ficción. La filosofía hace eso, produce ficciones que nos ayudan a modificar el modo en que vemos lo real. Pero nada impide que todas las mujeres tomen testosterona y mañana sean hombres. La posibilidad es tan simple que tiene que haber medidas de restricción para evitarlo. Mi proyecto político es más serio y lúdico a la vez. Imagínate qué mundo lleno de tíos peludos. La estructura de dominación está tan anclada que claro que hay techo de cristal. Pero también represión del lado masculino. Ellos tampoco están bien.

¿La famosa crisis del hombre moderno?

Si algo está en crisis es la masculinidad. Desde el feminismo ha habido un trabajo crítico, pero del lado de los tíos, nada. Por eso me asombra que ellos no se rebelen y digan: quiero enseñar mis piernas estupendas sin celulitis.

Los hombres se depilan hoy más que las mujeres.

Uno de los cambios del régimen farmacopornografico es que el cuerpo masculino pasa a ser objeto de producción del mercado. Lo de la nueva masculinidad o la metrosexualidad no es más que eso. Ahí hay posibilidad de rebelión para los biotíos.

¿Es feliz?

Me considero afortunada/o. Cambio de género al hablar y escribir.

Y en varios idiomas ¿no se lía?

De hecho, la sexualidad es muy comparable a las lenguas. Aprender otra sexualidad es como aprender otra lengua. Y todo el mundo puede hablar las que quiera. Sólo hay que aprenderlas, igual que la sexualidad. Cualquiera puede aprender las prácticas de la heterosexualidad, de la homosexualidad, del masoquismo…

Hay negados para los idiomas.

Incluso ellos pueden chapurrear lesbiano o gay.

Hay una lengua madre, ¿también una sexualidad madre?

Hay una sexualidad que constituye tu suelo de adoctrinamiento. Aquella que has aprendido a reconocer como natural. Pero en cuanto aprendes una segunda lengua sabes que hay más, que incluso puedes abandonar la primera lengua que hablaste sin mayor problema. Yo he estado años sin hablar español y lo hago bien, ¿no?

Matar a una mujer con una cámara de televisión, violarla con un titular de prensa

(María Galindo)

La consciencia sobre las violencias machistas y su magnitud en nuestra sociedad es algo que las mujeres bolivianas venimos construyendo gracias a la fuerza feminista que va aportando día a día visiones de esas violencias para sacarlas de la “normalización” en la que transcurren para ponerlas en el lugar de la denuncia, el repudio y el cuestionamiento.

La magnitud de las violencias machistas desde el acoso, el feminicidio, las violaciones sexuales son directamente proporcionales a las libertades que las mujeres nos estamos tomando sin pedir permiso, separaciones, divorcios reclamos cuya legitimidad descansa en la contundencia con la que asumimos lugares de estudio, trabajo o fiesta. Con la legitimidad con la que nos vestimos como nos da la gana, con la legitimidad con la que nos separamos de un violento, aunque tengamos que lavar ropa para sostenernos.

Ante el aparato estatal de justicia: en las comisarías de policía, en las fiscalías y los juzgados y en los forenses no encontramos justicia sino negligencia, tráfico de influencias, corrupción y maltratos racistas, clasistas y machistas. Los casos no avanzan y la ley 348 o no se cumple o muestra todos y cada uno de sus graves errores conceptuales, como ser el de permitir que hombres la usen para frenar los procesos de sus víctimas contra ellos.

Tal es la convicción y el dolor sobre las violencias que sufre una mujer que hace tiempo encuentras mujeres deseosas de denunciar la violencia machista a costa de sus propias caras y de sus propios nombres en todos los departamentos, en las provincias, en los barrios, en las oficinas, deambulando en las calles en busca de justicia.

Las mujeres queremos denunciar a los policías que no se mueven y piden coima, queremos denunciar a jueces corruptos y a forenses machistas y también a nuestros verdugos.

Es por esta presión que mayormente la están ejerciendo las mujeres de abajo, y en muy pocas ocasiones las mujeres de clase media o profesionales es que ya se ha convertido en un espacio de la crónica roja, de relleno cuando no tienen notas para un noticiero o en alguna esquina infaltable del periódico ahí está la millonésima denuncia.

Estas denuncias están creando consciencia en las mujeres y toda la sal de sus lágrimas se convierte en una suerte de ofrenda sacrificial en la televisión. Son lágrimas que conforman otro salar de Uyuni, otro espejo de sal donde mirarnos de tantas que son.

La televisión nos dice que el asesino la mato por celos y nosotras comprendemos que no la mato por celos que la mató porque la policía no sirve para nada, la televisión nos dice que la mató porque era una mala mujer y nosotras comprendemos que la mató porque en Bolivia no hay justicia, la televisión nos dice que la mató porque tenía otra pareja y nosotras sentimos el dolor de l@s hijit@s que se quedaron sin madre y sabemos aunque nadie lo cuente,  a esas wawas las busco una vecina para darles sopa y donde dormir mientras entierran a su madre.

La televisión le da al asesino justo eso que él está buscando, una figura de héroe vengador machista. La televisión le permite mostrarse como verdugo que sabe castigar a una infiel.

La televisión funciona como cuchillada asesina que le da sentido al acto, el verdugo ha sido tan cruel que esta vez merece no ser el relleno del noticiero sino el titular, ojala hubieran llegado mientras la asesinaba así hubieran logrado por fin lo que buscan matar en primer plano.

Lo que quiero decir claramente es que la mediatización de las violencias contra las mujeres está representando un lugar para completar la efectividad de las violencias, para reeditarlas y repetirlas, para justificar al violento, para banalizar el dolor y volver a normalizar eso que las mujeres hemos sacado de la normalización para ponerlo en el lugar de repudio. Los medios de comunicación están conectados umbilicalmente con el violento para amplificar sus razones y justificarle. Es cierto que esa voluntad esta siendo rebalsada por nosotras porque aun logramos torcer su mensaje una vez mas a favor de nuestras sensibilidades y de nuestras vidas pero quiero dejar claro en este espacio que los medios de comunicación están formando parte de las violencias machistas y quiero enumerar la forma como lo están haciendo.

1.- Ponen el foco en la victima buscando en ella el defecto, la vulnerabilidad o la culpa.

2.- Se regodean en el dolor de la victima por lo que su pobreza, sus heridas su cuerpo torturado es exhibido y re-exhibido como trofeo machistas.

3.- Los medios han logrado configurar una escala de violencias entre menores y mayores buscando el horror, el morbo, el amarillismo al punto que es una competencia se menor a mayor horror lo que se busca y hay violencias no punibles ni denunciables sino aceptables porque son menores entre comillas. Hay una competencia de horrores televisables o convertibles en noticia.

3.- Justifican al violento en la medida en la que siempre aluden a sus supuestos motivos convirtiendo la violencia del violento en una suerte de advertencia para las otras mujeres.

4.- Se reservan lo más posible el nombre del victimador pero se repite hasta el cansancio el nombre de la victima por lo que los hechos de violencia machista son bautizados con los nombres de las mujeres y no de los hombres.

5.- Garantizan la humillación publica de la victima por lo que hacer la denuncia es una reedición de la violencia y una condena de por vida a colgarse una etiqueta en el cuello como violada, asesinada o acosada.

6.- No se indaga sobre la vida del victimador absolutamente nada, él con ser el victimador ha ganado una suerte de pedestal que ocupa sin que se explore nada, ni de su comportamiento ni de su carácter, ni de su profesión ni nada. El victimador queda intacto fuera de foco y se pone todo el foco en la victima.

7.- Se aísla el hecho de violencia como si no tuviera un contexto, como si la violencia saliera de un de repente creada por sí misma para que ni la sociedad, ni la víctima no puedan explicar sus raíces

8.- No interpelan ni hacen investigación alguna sobre el incumplimiento de funciones de parte de la policía, los forenses, fiscales o jueces pocas o en ninguna oportunidad son cuestionadas las autoridades del aparato de justicia.

9.- Editores y editoras, periodistas y camarógrafos se identifican a diario con los victimadores y  hacen de sus titulares armas de asesinato de las mujeres, imágenes de impunidad para los agresores o escenas de legitimación de las violaciones, la violencia en sus medios resulta ser aquello que la víctima ha permitido.

10.- Impiden y frenan todo relacionamiento de un caso con otro, cuestión que es urgente porque las violencias machistas son todo un mismo fenómeno concatenado.

11.- Se colocan como jueces que pueden absolver o culpar y convierten a la opinión pública en una suerte de palestra de condena o absolución de la víctima de violencia: por eso hay víctimas buenas y victimas malas,  escala dentro de la cual ninguna resulta ser suficientemente buena como para no sufrir violencia machista. Niegan la interpretación sistémica de la violencia.

12.- Le achacan machaconamente al alcohol y los celos la causa de las violencias machistas dejando un mensaje moralista falso y simplificador del problema.

Lo están haciendo todo mal y si se pueden hacer las cosas de otra manera, si se puede dar cobertura a una mujer que quiere denunciar violencia machista sin justificar al violento, si se puede dar cobertura a una mujer que quiere denunciar violencia machista y no humillarla, si se puede hablar de violencia machista sin justificar al verdugo, si se puede dar cobertura a la violencia machista para buscar justicia.

Lo venimos haciendo en radio deseo desde hace 12 años de forma ejemplar y solitaria.

Un ejemplo de esa otra forma posible es nuestra lista de padres irresponsables donde habiendo comprobado los hechos damos el nombre el apellido, la edad y el oficio del padre irresponsable entre otra cosas para que las wawas reciban otro mensaje sobre la irresponsabilidad paterna y no culpabilicen a sus madres por la ausencia del padre.

Cuando hablamos de un caso de violencia machista siempre subrayamos visibilizamos y explicitamos lo que las autoridades que tienen responsabilidades no hicieron deben hacer o dejaron de hacer y especialmente nos dedicamos al análisis del hombre violento porque es él el que está en cuestión.

Coronavirus: socialismo o barbarie

«Esta sensación de irrealidad se debe al hecho de que por primera vez nos está ocurriendo algo real. Es decir, nos está ocurriendo algo a todos juntos y al mismo tiempo. Aprovechemos la oportunidad».

Santiago Alba Rico

La crisis muestra la enorme fragilidad de nuestros sistemas sociales y económicos. De todos, aunque unos muestren más sus efectos de destrucción que otros. China está resolviendo la epidemia mejor que Estados Unidos. Europa debiera resolver mejor que China. Pero no está escrito que sea así. Las decisiones que tome el gobierno de coalición en España tienen que ir en la dirección contraria que las de Boris Johnson. La Unión Europea tiene que recuperar su pulso socialista.

Es verdad que un mundo con 6000 millones de personas, globalizado y que tiene como guía social y económica la obtención de beneficio inmediato en el mercado, construye una malla muy frágil siempre a punto de romperse. Las sociedades más disciplinadas en el cuidado de lo colectivo tienen más herramientas que las que son más individualistas (China, Suecia, Singapur frente a Estados Unidos, Italia o India). Pero incluso las que tienen una mayor orientación colectiva, siguen siendo rehenes de los problemas del modelo. Es un sinsentido que los chinos puedan empezar a respirar mejor solo porque el decrecimiento de la crisis ha bajado la emisión de gases y ha limpiado los cielos de las grandes ciudades.

La crisis del coronavirus señala hacia cuatro grandes problemas que al tiempo son cuatro grandes desafíos. La gravedad de la crisis, que va a hacer que las desigualdades estallen, nos va a obligar a enfrentar estos cuatro retos. Como en todo conflicto político, puede ganar la emancipación o el autoritarismo. Llevamos medio siglo de sentido común neoliberal, de manera que el optimismo ingenuo está descartado. Pero cargamos con decenas de miles de años de cooperación que cargamos en nuestra biologíaComo sostiene Christopher Ryan, nadie es tratado por el síndrome de estrés postraumático después de ayudar a alguien. En momentos de dificultades, nos va a acompañar el ángel solidario y el diablo egoísta. El diablo solo gana cuando fragmenta el ánimo cooperativo. Es momento de estar muy alertas.

  1. El modelo neoliberal no sirve a las mayorías. No puede solventarse la crisis y garantizar el modelo de reparto de riqueza tan desigual que tenemos. Con el parón de la actividad económica, hay que dar respuesta a los desempleados, a los despedidos, a las pequeñas y medianas empresas, al cese de las relaciones laborales  que afecta más cuanto menos diversificada está una economía. Y, por supuesto, a las mujeres, que son las que además van a seguir asumiendo de manera generalizada las tareas de cuidados.

Los beneficiarios del neoliberalismo empezaron quebrando el keynesianismo en 1973, le dieron otra vuelta de tuerca en 2011 aprovechando el atentado contra las torres gemelas y dieron la puntilla con la crisis de 2008. La quiebra de Lehmann Brothers arrastró a la economía mundial, y las mayorías pagaron los excesos de las minorías enriquecidas. Pero de la crisis, los ricos han salido más ricos y los pobres más pobres. Los neoliberales como Boris Johnson lo han afirmado sin dudas: como la gente se va a morir, salvemos la economía. Es decir, salvemos el modelo neoliberal donde los ricos seguirán siendo más ricos, tendrán sus paraísos fiscales, sus organismos internacionales que les darán la razón si se les expropia, igual que explicarán sus razones sus medios de comunicación, les defenderán sus bufetes globales de abogados e, incluso, ejércitos de mercenarios dispuestos a intervenir. Sin olvidar el Deep State, el Estado profundo con expertos, espías, inteligencia privada y militar, redes globales, grandes empresas y equipos de intervención mediática o material.

2. El cambio climático y el agotamiento de las energías baratas. No podemos escoger entre trabajar o morirnos por culpa de enfermedades vinculadas al modelo económico. No podemos escoger igualmente entre un modelo de crecimiento depredador que nos hace sentirnos dioses y el recurso a las guerras para tener la energía que consume ese modelo. Lo ha resumido la ONG «Ecologistas en acción» al hablar de la escasa resiliencia de nuestros sistemas económicos «basados en el lucro y el consumo de recursos continuo. Un modelo que cuando «crece» genera gran cantidad de problemas: contaminación, contribución al cambio climático, pérdida de biodiversidad, injusto reparto de la riqueza y morbilidad y mortalidad ambiental y laboral. Cuando está en crisis, mejoran los índices ambientales, pero genera aún más pánico y desigualdad. La consecuencia es clara: es un modelo que ataca la vida. Ante ello no queda otra opción que poner la vida en el centro y dejar el lucro de lado». Una de las consecuencias de este modelo es el vaciamiento de las zonas rurales, del hacinamiento en grandes ciudades y del incremento del traspaso de los virus de los animales a las personas.

3. El individualismo nos conduce al desastre. Es la guerra de todos contra todos. Ver imágenes de gente en terrazas en la costa, fotos de decenas de coches en aparcamientos en la montaña o de jóvenes bebiendo en discotecas cuando las autoridades y el sentido común están diciendo que hay que quedarse en casa demuestra que hemos fracasado a la hora de crear una esfera pública virtuosa. Escuchar a la derecha proponer debilitar aún más al Estado, aterra. ¿O la crisis la va a solventar el mercado? Las incoherencias del liberalismo son seculares. Ya John Locke se quejaba de que el Rey les trataba como súbditos pero él mismo tenía esclavos. Alan Greenspan, el Presidente de la Reserva Federal, después de hundir la economía norteamericana afirmaría que igual habría que nacionalizar la banca. Activos neoliberales, han dicho en una semana una cosa y la contraria, siempre con un único objetivo: intentar debilitar al gobiero de coalición. El neoliberalismo es una mentira teñida de academicismo.Y al igual que la perspectiva de que unos puedan salvarse y otros condenarse nos lleva a la confrontación, las desigualdades no son un escenario aceptable. La pérdida de calidad de vida de una parte no pequeña de la población por culpa de la crisis va a ser un problema colectivo. Llevamos medio siglo donde una parte mínima de la población, apenas un 10%, se está quedando con más de la mitad del crecimiento de la riqueza. Esa gente es la que provoca las guerras. Socialismo o barbarie.

Escuchar de la misma manera a la extrema derecha irresponsable y casposa decir que los anticuerpos españoles van a matar a los malditos virus chinos (que a lo mejor no son ni chinos) es de dementes. Cuando además, son los chinos los únicos que, de momento, están ayudando como país a otros países. La Ruta de la Seda está consiguiendo su mejor embajador: la cooperación.

No hay salida particular en España -en realidad, en ningún país- a no ser que haya gente dando por contado que pueden morir decenas de miles de personas y millones perder sus empleos y que ellos va a poder seguir, llueva o truene,  con su estilo de vida. Esa gente que se ha cogido el coche y se ha ido a la costa o al pueblo o que busca chivos expiatorios para librarse de culpa, podrá apostar por salidas autoritarias de la crisis, pero ni tiene garantizado que sean a favor suyo ni garantías de éxito. Igualmente la gente joven que se está comportando de manera irresponsable, saliendo de fiesta, reuniéndose, quebrando cualquier recomendación y yendo luego al hospital ante los menores síntomas, demuestra que hemos fracasado con esa gente joven a la hora de sembrar valores cívicos y republicanos. Hay una juventud referenciada en pautas consumistas, en un uso de las redes sociales dirigido al entretenimiento y que tiene dificultades para entender que la crisis del coronavirus también va con ellos y ellas. Pero también hay gente joven, mucha, organizándose para ayudar a vecinos con problemas, haciendo la compra, no dejándoles abandonados. La crisis vuelve a poner encima de la mesa la oposición entre solidaridad y egoísmo, entre socialismo o barbarie. En poblaciones gobernadas por la derecha se han escuchado comentarios sobre los madrileños que han huido de la capital y han acudido a sus segundas residencias que estaban guardados para los subsaharianos. Y que explican mal las críticas a los independentistas catalanes. ¿Ya no somos una única España? La incongruencia del egoísmo es proverbial.

En esta crisis, son precisamente trabajadores muchas veces precarizados quienes están salvando nuestras vidas: enfermería, medicina, personal de supermercados, de limpieza, de recogida de basura, transportes, atención a mayores, los servicios sociales, sin olvidar a los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado que, de manera clara en estos casos, están trabajando para el conjunto de la población. Son todas y todos trabajadores de lo público o para lo público que durante toda la fase neoliberal han sido puestos en cuestión, precarizados, despedidos, cuestionados. Toda esa gente está del lado de lo social para que la barbarie no tenga hueco. Y no van a tolerar que después de que se están jugando la vida, después de ser los que hacen que el sistema funcione, puedan ser desechados. Y lo mismo va a ocurrir con aquellos de los que la crisis quiera ahora mismo deshacerse y que se creían libres de cualquier contigencia. Creerte parte de los elegidos, soñar con ser de los señalados y apoyar a los que solo quieren defender a los fuertes es la única explicación de por qué las víctimas votan a sus verdugos.

  • Reinventar el Estado social, ecológico y participativo. En España, apenas estamos saliendo de la corrupción del Partido Popular, ligada a comportamientos que hoy se demuestran además de criminales, irresponsables: kilómetros de autopistas y desdoblamiento de las mismas, nuevos aeropuertos o ensanchamiento de los mismos, financiación de líneas aéreas, aumento de los puertos y su privatización, trenes de alta velocidad a la puerta de casa, inútiles parques temáticos, gastos militares, rescate bancario o de autovías. En la misma dirección, el Estado tiene que revisar sus ineficiencias y gastos absurdos. Sin una base fiscal suficiente, no hay Estado, y sin Estado todo lo entregaremos al mercado. Es decir, a la barbarie. La crisis del coronavirus tiene que servir para obligar a los que más se han beneficiado del modelo para que colaboren. Cada euro en un paraíso fiscal es un clavo en la mortaja de una persona en España. De la misma manera, la ingeniería fiscal que ahorra impuestos siembra muerte. Es el momento de exigir con toda la fuerza del Estado que cada cual ayude en esta crisis en función de sus capacidades. Por eso es también muy importante que desde el Estado se negocie con las empresas su colaboración en la creación de empleo. Las empresas no son el enemigo, pero si hay un Estado fuerte que les recuerda sus obligaciones sociales, son más amigas de las mayorías. El Estado tiene que reinventarse escuchando las necesidades sociales para incorporar elementos esenciales para la vida que están hoy desatendidos: los cuidados, el apoyo a los hijos para que las familias no se empobrezcan cuando nace un niño, la atención a los dependientes, la limitación del precio de los alquileres, la consideración de la vivienda como un bien público y el freno de los desahucios. Es un momento ideal para entender desde una perspectiva socialista dos grandes vectores: uno, la atención a trabajadores, autónomos, desempleados y gente que no cobra subsidio. Mucha gente que estaría sobreviviendo con chapuzas en la economía informal, perderá esos trabajos y se quedará sin absolutamente nada. En segundo lugar, pensemos que la renta básica sería un sostén en momentos de enorme dificultad para las mayorías, que ayudaría a mitigar el ejército de desocupados, desahuciados, marginados y abandonados que provocará la crisis si no se encara desde presupuestos sociales.

Ese Estado tiene que democratizarse. La vía china nos conduce a una pesadilla orwelliana donde desaparecen las libertades individuales. Aunque viendo la irresponsabilidad de tantos españoles, no es extraño que haya gente que envidie la capacidad punitiva y de vigilancia de las autoridades chinas. Pero eso sería una marcha atrás en la construcción democrática. ¿Alguien se imagina sin pánico un gobierno en España de Santiago Abascal o de Ortega Smith con esa capacidad que poseen las autoridades chinas? Por eso, la salida de la crisis reclama corresponsabilidad ciudadana. Cuanto más se extienda la colaboración desde abajo, más fácil será encontrar soluciones a favor de las mayorías, más se dificultarán salidas autoritarias, más tejido social se trenzará para deliberar y apostar por un cambio de modelo.

El neoliberalismo intentará aprovechar el shock para ahondar en las medidas antisociales y acabar con lo que queda del Estado social. Lo hicieron en Chile en 1973 y sigue siendo su referencia. La gente en Chile lo está revirtiendo ahora mismo en la calle y con un proceso constituyente que la derecha quiere frenar. Ahondar en el modelo es impensable. Las mayorías sí que son demasiado grandes para dejarlas caer. Y eso es lo que van a intentar poner en marcha los beneficiados de la lógica liberal. Unidas Podemos no nació para alimentar esa lógica, sino para trabajar para las mayorías. El ejército de damnificados por la crisis puede estar formado por millones de españolas y españoles. Hay que acompañarles. No pueden tomarse medidas económicas, sociales y políticas drásticas que afecten solamente a los de siempre.

Ya hemos visto que los poderosos se sienten resguardados (la familia Aznar ha salido corriendo para Marbella. Lo próximo qué es ¿irse a una isla?). Igual que se sentirán resguardados los que cuentan con recursos para una sanidad privada y para vivir sin trabajar durante años. Pero hay millones de personas que no pueden ir a ningún lado. Que se han quedado de pronto sin trabajo y sin ingresos. Que ven que les pueden echar de su casa. Que están respirando aire contaminado. Que no ven un planeta tierra decente para sus hijos. Que quieren comer sano sin que sea un lujo. Que no quieren seguir viendo cómo nuestras ciudades se parecen cada vez más a las del tercer mundo y que las promesas de futuro son aún más sombrías. Es un momento para elegir entre socialismo o barbarie. Y la elección es tan enorme que conviene que empecemos a explicarla con todo lujo de detalles. No porque no vayamos a salir de la crisis del coronavirus -que vamos a salir- sino porque la luz que puede esperarnos al final del tunel sea mortecina y con muy poca alegría.

¡Es el capitalismo, estúpido!

Una intervención exitosa que evite que uno de los patógenos que hacen cola en el circuito agroeconómico mate a mil millones de personas debe dar el salto a un enfrentamiento mundial con el capital y sus representantes locales, sea cual sea el número de soldados de la burguesía que intenten mitigar los daños. La agroindustria está en guerra con la salud pública”

Covid-19 y los circuitos del capital (Rob Wallace, Alex Liebman,
Luis Fernando Chaves y Rodrick Wallace, 4 abril de 2020)

Maurizio Lazzarato

El capitalismo nunca salió de la crisis de 2007/2008. El virus se injerta en la ilusión de los capitalistas, banqueros y políticos de lograr que todo vuelva a ser como antes, declarando una huelga general, social y planetaria que los movimientos de protesta no pudieron producir. El bloqueo total de su funcionamiento muestra que, en ausencia de movimientos revolucionarios, el capitalismo puede implosionar y su putrefacción comienza a infectar a todo el mundo (pero de acuerdo con estrictas diferencias de clase). Esto no significa el fin del capitalismo, sino solo su larga y agotadora agonía, que puede ser dolorosa y feroz. En cualquier caso, estaba claro que este capitalismo triunfante no podía continuar. Ya Marx, en El Manifiesto, nos lo había advertido. No solo contempló la posibilidad de la victoria de una clase sobre la otra, sino también su implosión mutua y su larga decadencia.

La crisis del capitalismo comenzó mucho antes de 2008, con la convertibilidad del dólar en oro, y se intensifica de manera decisiva desde finales de los 70. Una crisis que se ha convertido en su forma de reproducirse y de gobernar, pero que inevitablemente conduce a “guerras”, catástrofes, crisis de todo tipo, y, si se da el caso y hay fuerzas subjetivas organizadas, eventualmente, en rupturas revolucionarias.

Samir Amin, un marxista que mira al capitalismo desde el sur del mundo, lo llama “larga crisis”. (1978 – 1991), que ocurre exactamente un siglo después de otra “larga crisis” (1873 – 1890). Siguiendo los rastros dejados por este viejo comunista, podremos captar las similitudes y diferencias entre estas dos crisis y las alternativas políticas radicales que abre la circulación del virus, al hacer vana la circulación del dinero.

la primera larga crisis

El capital ha respondido a la primera larga crisis, que no es solo económica porque viene después de un siglo de luchas socialistas, que culminaron en la Comuna de París, “capital del siglo XIX” (1871), con una triple estrategia: concentración/centralización de la producción y del poder (monopolios), ampliación de la globalización y una financiarización que impone su hegemonía a la producción industrial.

El capital se convirtió en monopolio, haciendo del mercado un apéndice propio. Mientras los economistas burgueses celebran el “equilibrio general” que determinaría el juego de la oferta y la demanda, los monopolios avanzan gracias a los espantosos desequilibrios, las guerras de conquista, las guerras entre imperialismos, la devastación de los humanos y no humanos, la explotación, el robo. La globalización significa una colonización que ahora subyuga al planeta entero, generalizando la esclavitud y el trabajo esclavo, para cuya apropiación se enfrentan los imperialismos nacionales armados hasta los dientes.

La financiarización produce un enorme ingreso del que se aprovechan los dos mayores imperios coloniales de la época, Inglaterra y Francia. Este capitalismo, que marca una profunda ruptura con el de la revolución industrial, será objeto de los análisis de Hilferding, Rosa LuxemburgoHobson. Lenin es ciertamente el político que captó mejor y en tiempo real el cambio en la naturaleza del capitalismo, y con un timing todavía insuperable elaboró, con los bolcheviques, una estrategia adaptada a la profundización de la lucha de clases que implicaba la centralización, la globalización, la financiarización.

La socialización del capital, a una escala y a una velocidad hasta ahora desconocidas, haría que los beneficios y las rentas florecieran de nuevo, provocando una polarización de los ingresos y los patrimonios, una superexplotación de los pueblos colonizados y una exacerbación de la competencia entre los imperialismos nacionales. Este corto y eufórico período, entre 1890 y 1914, la ‘Belle époque’, desembocó en su contrario: la Primera Guerra Mundial, la revolución soviética, las guerras civiles europeas, el fascismo, el nazismo, la Segunda Guerra Mundial, el inicio de los procesos revolucionarios y anticoloniales en Asia (China, Indochina), Hiroshima y Nagasaki.

La ‘Belle époque’ inauguró la era de las guerras y las revoluciones. Estas últimas se sucederían a lo largo de todo el siglo XX, pero solo en el sur del mundo, en países con un gran “retraso” en el desarrollo y la tecnología, sin clases trabajadoras, pero con muchos campesinos. Nunca en la historia de la humanidad se ha conocido tal frecuencia de rupturas políticas, todas ellas, como dijo Gramsci sobre la soviética, “contra el Capital” (de Marx).

la segunda larga crisis

Comenzó ya a principios de los años 70, cuando la potencia imperialista dominante, liberando al dólar de las garras de la economía real, reconoció la necesidad de cambiar de estrategia rompiendo el compromiso fordista.

Durante la segunda larga crisis (1978 – 1991), las tasas de crecimiento de los beneficios y las inversiones se redujeron a la mitad en comparación con el período de posguerra y nunca volverían a esos niveles. También en este caso, la crisis no es solo económica, sino que interviene después de un poderoso ciclo de luchas en Occidente y una serie de revoluciones socialistas y de liberaciones nacionales en las periferias. El capital responde a la caída del beneficio y a una primera posibilidad de la “revolución mundial”, retomando la estrategia de un siglo antes, pero con una mayor concentración del mando en la producción, una globalización aún más fuerte y una financiarización capaz de garantizar una enorme renta a los monopolios y oligopolios. La reanudación de esta triple estrategia es un salto cualitativo en comparación con la de hace un siglo. Lenin creía que los monopolios de su época constituían la “última etapa” del capital. Por el contrario, entre 1978 y 1991, se desarrolló una nueva y más agresiva tipología de lo que Samir llamó “oligopolios generalizados” (1) porque ahora controlan todo el sistema productivo, los mercados financieros y la cadena de valor. La celebración del mercado en el mismo momento en que se afirman los monopolios también caracterizará la recuperación de la iniciativa capitalista contemporánea (Foucault participará en estos esplendores, infectando a generaciones de izquierdistas académicos).

Después de la segunda “belle époque” marcada por el lema de Clinton “es la economía, estúpido”, el fin de la historia, el triunfo del capitalismo y la democracia sobre el totalitarismo comunista, y otras amenidades similares, como hace un siglo (y de una manera diferente) se abre la era de las guerras y las revoluciones. Guerras seguras, revoluciones sólo (remotamente) posibles.

El tríptico de la concentración, la globalización y la financiarización está en el origen de todas las guerras y catástrofes económicas, financieras, sanitarias, ecológicas que hemos conocido y que conoceremos. ¡Pero procedamos con orden! ¿Cómo funciona la fábrica del anunciado desastre?

La agricultura industrial, una de las principales causas de la explosión del virus, ofrece un modelo del funcionamiento de la nueva centralización del capital por los “oligopolios generalizados”. A través de las semillas, los productos químicos y el crédito, los oligopolios controlan la producción en las fases iniciales, mientras que, en las fases posteriores, la eliminación de los productos podridos y la fijación de los precios no está determinada por el mercado sino por la gran distribución que los fija de forma arbitraria, privando de alimentos a los pequeños agricultores independientes.

El control capitalista sobre la reproducción de la “naturaleza”, la deforestación y la agricultura industrial e intensiva altera profundamente la relación entre lo humano y lo no humano de la que han surgido durante años nuevos tipos de virus. La alteración de los ecosistemas por las industrias que se supone que nos alimentan está ciertamente en la raíz de los ciclos ya establecidos de los nuevos virus.

El monopolio de la agricultura es estratégico para el capital y mortal para la humanidad y el planeta. Dejo la palabra a Rob Wallace, autor de Big Farms Make Big Flu, para quien el aumento de la incidencia de los virus está estrechamente vinculado al modelo industrial de la agricultura (y en particular de la producción ganadera) y a los beneficios de las multinacionales.

“El planeta Tierra se ha convertido ahora en la Granja del Planeta, tanto por la biomasa como por la porción de tierra utilizada (…) La casi totalidad del proyecto neoliberal se basa en el apoyo a los intentos de las empresas de los países más industrializados de expropiar la tierra y los recursos de los países más débiles. Como resultado, se están liberando muchos de estos nuevos patógenos que antes y durante largo tiempo se mantenían bajo control por los ecosistemas de los bosques, amenazando al mundo entero (…) La cría de monocultivos genéticos de animales domésticos elimina cualquier tipo de barrera inmunológica capaz de frenar la transmisión. Las grandes densidades de población facilitan una mayor tasa de transmisión. Las condiciones de tal hacinamiento debilitan la respuesta inmunológica [colectiva]. Los altos volúmenes de producción, un aspecto recurrente de cualquier producción industrial, proporcionan un suministro continuo y renovado de los susceptibles de ser contagiados, la gasolina para la evolución de la virulencia. En otras palabras, la agroindustria está tan centrada en los beneficios que considera que vale la pena correr el riesgo de ser afectada por un virus que podría matar a mil millones de personas”.

FINANCIARIZACIÓN

La finaciarización funciona como una “bomba de dinero” operando un extracción (renta) sobre las actividades productivas y sobre todas las formas de ingreso y riqueza en cantidades inimaginables también para la financiarización a fines de los siglos XIX y XX. El Estado desempeña un papel central en este proceso, transformando los flujos de salarios e ingresos en flujos de renta. Los gastos del Estado de bienestar (especialmente los gastos sanitarios), los salarios y las pensiones están ahora indexados al equilibrio financiero, es decir, al nivel de ingresos deseado por los oligopolios. Para garantizarlo, los salarios, las pensiones, el Estado de bienestar se ven obligados a adaptarse, siempre a la baja, a las necesidades de los “mercados”(el mercado nunca ha estado desregulado, nunca ha sido capaz de autorregularse, en la posguerra fue regulado por el Estado, en los últimos 50 años por los monopolios). Los miles de millones ahorrados en gastos sociales se ponen a disposición de las empresas que no desarrollan el empleo, el crecimiento o la productividad, sino las rentas.

La extracción se ejerce de manera privilegiada sobre la deuda pública y privada, que son fuentes de una apropiación codiciosa, pero también caldo de cultivo de la crisis cuando se acumulan de manera delirante, como después de 2008, favorecidas por las políticas de los bancos centrales (¡está explotando la burbuja de la deuda de las empresas que han utilizado la quantitative easing para endeudarse a coste cero para especular en la bolsa!). Los seguros y los fondos de pensiones son buitres que empujan continuamente a toda el estado del bienestar hacia la privatización por las mismas razones.

UN GURÚ REVISITADO

(Se cumplen cien años del nacimiento de Jaime Sáenz, monstruo sagrado de la literatura boliviana. De entre la montaña de escritos al respecto, éste comenta las razones del mito)

Franco Sampietro

Ya desde mi primer lejano encuentro con Jaime Sáenz me pregunté cuál era la causa de su enorme mito por estas tierras. Como poeta (como a él le gustaba que lo recordaran) resulta, si no olvidable, apenas pasable, y como narrador, sus dos obras capitales –Felipe Delgado y Los papeles de Narciso Lima-Achá- no justifican la admiración rayana en el fetichismo que las precede. Son engorrosas, descuidadas, pierden fuelle, abusan del tremendismo, e incluso parecieran, por rachas, que el autor perdiera interés en la narración misma. Algo más debía haber en esa obra. Hasta que me topé con el personaje.

 Jaime Sáenz creó una leyenda de vértigo, sordidez y autodestrucción entre quienes lo conocieron en vida, dilatada, después, por quienes lo leyeron deseando que el autor real se pareciera a su personaje de él mismo. Y es que, en efecto, también la atmósfera de quien escribe tiene que ver con la recepción de una obra. No sólo por sus atributos de pesimista, de maldito, de macabro, de poseedor de un pathos exacerbado que evoca a un Dostoievski pasado por Baudelaire en un espacio insólito (por así decir), sino porque vivió en la propia piel el mundo de sus ficciones, haciendo suyo el principio hinduista que afirma que el único conocimiento válido es el que se experimenta en carne propia. Nadie puede negarle su coherencia a Sáenz. Ello fue, seguramente, una teoría personal sobre la condición humana: una manera extrema de enfrentar la hipocresía y entender que con buenos modales no se escriben buenos libros.

 La obra de Sáenz, pese a sus falencias -y quizás justamente por eso- ocupa un lugar único en la literatura boliviana, ya que tanto la temática, el ambiente, el vocabulario y los personajes que trata serían un contrasentido en un estilo prolijo. Se ubica en la antípoda de un autor profesional, que no tiene qué decir pero lo dice impecablemente. Escribió en un tiempo en que primaban dos corrientes antitéticas: por un lado, el realismo social de denuncia, entre los escritores de izquierda; por el otro, el relato fantástico o psicológico de tinte modernista, entre los de la elite. En ese campo literario, sus libros resultaban claramente extemporáneos.

 Su estilo es en sí mismo un pastiche, combinación de géneros altos y bajos donde se mezclan la crónica, el folletín, el policial negro, el decadentismo, el neogótico, el costumbrismo, el grotesco, la sátira social, el realismo brutal, la fantasía. Su ideología, transmite pensamientos políticos confusos: una balumba de fascismo y anarquismo. Era, además, germanófilo confeso, en un tiempo donde eso significaba mucho más que amar a una cultura. Había estudiado en Alemania siendo joven y conocía muy bien su literatura, que por cierto, podría incluirse en otro de sus rasgos teratológicos, dado que es un lugar común de la literatura europea –incluida la literatura alemana- denigrar a lo alemán como a una entelequia con un trasfondo inquietante, si no psicópata (una cita del alemán W. G. Sebald: “No había nada que deseara más fervientemente que pertenecer a otra nación, o mejor aún, no pertenecer a ninguna”: Sobre la historia natural de la destrucción). A simple vista, sus historias parecen realistas, pero lo que describe son casos extremos: bordeando la fantasía; y sin embargo, en un estrato profundo son más reales que en su apariencia, ya que avizoran fenómenos que, más tarde, serían cotidianos, y que leídos hoy día, no sorprenden porque tienen un aire conocido.

 Su gran virtud, seguramente, radica en su tratamiento de la vida en la gran urbe, recuperando el lenguaje oral, centrado en personajes de clase baja o media baja a quienes el caos de la existencia moderna ha arrojado a la marginalidad, el alcohol, el delito o la locura. Tan lumpenes sus criaturas, que devienen casi fantásticas, entre mesiánicas y taumatúrgicas. Y sin embargo, se movió por los mismos bajos fondos que ellos, compartiendo con ex hombres, alcohólicos y delincuentes idénticos antros. Hay en Sáenz una fascinación por describir esos sitios, una atención minuciosa por los detalles, señalando con obsesiva precisión nombres y hasta números de calles y lugares donde circulan sus anti-héroes. Esa especificación topográfica, hipernaturalista, era una innovación estilística para el contexto. 

 Sus espacios favoritos son pensiones y departamentos minúsculos de clase baja, habitáculos de gente pobre, con zaguanes profundos, patiecitos oscuros como pozos y cuartos sin ventanas con luces mortecinas. Y de entre todos, la descripción de tabernas y chinganas sacadas del último círculo del infierno, tan sórdidas, tan patéticas, que resulta casi increíble que no las haya inventado.

 La clase alta, por el contrario, en su obra se escurre fantasmal, inaccesible a la mirada del hombre de la calle. Las mansiones le son ajenas, las mira desde afuera y solo puede imaginarlas como un decorado de fondo. Pero también están ausentes los barrios obreros. La pobreza proletaria no le interesa: es demasiado anodina, insípida comparada con el fascinante mundo lumpen. Campea en sus libros, más que una idolatría de lo marginal, un romanticismo del lado oscuro del ser humano.

 Ello, entonces, lo acerca al existencialismo. Allí encajan las decisiones ilógicas, porque sí, para violentar el sentido común burgués. Lo mismo la angustia, el absurdo, el sinsentido, el acto gratuito, la afirmación de sí mismo a través de la autodestrucción. Se complica más todavía porque su mundo no es claro, más bien circula por límites imprecisos entre lo imaginario y lo real, el sueño y la vigilia, la lucidez y el delirio, la lógica y el caos, lo alegórico y lo documental. Y sin embargo, las situaciones más estrafalarias y los alter egos más retorcidos son tan verosímiles, que se ha hecho común referirse a ellos como a “personajes saenzianos”. Es como si cada tanto nos topáramos en La Paz con algunos de estos personajes y estas escenas desmesuradas, dejándonos la sensación de lo ya vivido. Por otra parte, cuando describe desde esta partitura a los aparapitas, ¿no está haciendo una forma descarnada de denuncia?

 Su máximo mérito radica en haber conocido la ciudad suburbana, incorporando ambientes, dialectos y seres marginales. Y más todavía: haberse convertido él mismo en personaje literario (de hecho, él aparece cada tanto en su obra, y se describe como un ser repulsivo y un borracho irredento). Por esa conocida ley de la dialéctica según la cual “los cambios cuantitativos se vuelven cualitativos” (y que Nietzsche acuñó de un modo maravilloso: “cuando miras largo tiempo a un abismo, no olvides que el abismo mira dentro de ti”), se transformó en un outsider, libre de toda culpa y vergüenza y con las manos sueltas para indagar lo que de veras importa. Es como si hubiera entendido que a partir de cierto punto ya no hay retorno: no hay modo de comportarse como alguien razonable. En Los papeles de Narciso Lima-Achá está dicho: “yo que tú no me disfrazaba; yo que tú me volvía disfraz”. Así, abandonar la patria etílica y querer darse de alta en la raza humana puede llevar a descubrir que no hay tal raza humana, que el mundo de los abstemios es peor que el de los alcohólicos, por despiadadamente inhumano. Tal vez comprendió que no vale la pena el esfuerzo de intentar comunicarse con el mundo de la gente sensata y serena, porque ese mundo no existe.

 (También habría que decir que las estelas de esa postura le hicieron daño a Bolivia; por ejemplo, la llenaron de escribidores y pseudoartistas que piensan que beber es un pre requisito para el talento, menos parecidos a escritores con problemas de alcoholismo que a alcohólicos con problemas de escritura).   

 En cuanto a Sáenz, en cualquier caso, vive encerrado en su universo privado, con el humor negro como escudo y la bebida como lubricante social, a caballo entre sus ficciones y su flânerie de caminador sin rumbo por los antiguos suburbios de una ciudad cambiante, y que él describe con gran sentido de la puesta en escena (como buen escritor visual). Su percepción de La Paz es casi cinematográfica, con iluminaciones, claroscuros y contrastes (como prueba la película El cementerio de los elefantes, un film homenaje que parece hecho por Sáenz mismo). Esto último le viene, seguramente, también de los alemanes: del cine expresionista alemán de los años veinte y treinta y su interés por la calle como símbolo de la vida moderna (ejemplos: Metrópolis, de Fritz Lang, Asfalto, de Joe My o Berlín, sinfonía de una gran ciudad, de Walter Ruttman). 

 Esa temática, en todo caso, no era del todo nueva. En efecto, la industrialización, la oleada migratoria del campo a la ciudad, las innovaciones de la técnica y el desarrollo de los medios de comunicación originaron confusión y cambios profundos en los hábitos y las costumbres de los centros urbanos. Es así que surgen, desde 1.930, novelas como Manhattan transfer y Paralelo 52, de John Dos Passos, Petesburgo, de Andrey Biely o –más acá- Los siete locos, de Roberto Arlt, al tiempo que el tema se convierte en objeto de estudios culturales.

 Sáenz forma parte de ese tipo de escritores que intenta fijar la ciudad recordada en un momento en que empieza a desaparecer del todo; no otra cosa es la nostalgia que despide Felipe Delgado, o mucho más todavía Imágenes paceñas. Porque no se trata sólo de una modernización económica, sino de la instalación de la modernidad como estilo cultural. Es a partir de allí que su obra intenta fijar el fantasma huidizo de una calle de un personaje o de una costumbre todavía intocado por los estigmas de lo moderno, y los busca mediante una operación guiada por el azar y la renuncia a los espacios abiertos, luminosos y centrales.

 Pero la ciudad que dibuja Sáenz no se parece a la de nadie más, y ahí reside su originalidad y su grandeza. Su realismo oscuro, aunado al ambiente extremo de los submundos paceños (una ciudad de por sí ya exótica), hace que otros autores de esa línea, como Bukowski, Genet o Céline parezcan renegados burgueses a su lado.

 Ahora bien: escribió hace cerca de medio siglo. ¿Cómo describiría hoy a La Paz Jaime Sáenz?: sería más parecida a la ciudad de Blade Runner (Ridley Scott, 1.982) ambientada en el 2.019 -donde conviven la alta tecnología con la decrepitud y el deterioro, el producto más sofisticado con la montaña de basura en las aceras, la tienda de última moda con la legión de indigentes-, que a la de Metrópolis. No podría vagabundear de noche como antes, ni demorarse en un bar durante días, entre otros mil inconvenientes nada poéticos. La decadencia actual de La Paz no ha encontrado su narrador aún. O quizás existe, pero no lo hemos descubierto todavía.            

Mirar la herida

Colectivo ARUX

Para sanar es necesario mirar la herida, reconocer que existe, que arde, que duele. Luego acercarnos a conversar con la herida, desde la guía de distintos especialistas en lo que corresponda sanar, ya sea en el cuerpo o en el alma, que es básicamente lo mismo: porque está científicamente comprobado que el cuerpo expresa, materializa, comunica, canaliza lo que nuestra alma guarda, siente, vive.

Los porcentajes de datos de aborto y feminicidio los encuentran en las páginas oficiales del observatorio de la mujer, del ministerio público, CEPAL, ONU Mujer, etc. son datos alarmantes, que sin embargo no expresan en su totalidad la realidad humana que nos afecta y enferma como sociedad. Solo para mencionar un dato de la CEPAL (2020): “En Bolivia alrededor del 46% de mujeres entre 14 y 24 años ha abortado clandestinamente, presentando posteriormente secuelas psicológicas y ginecológicas, que devienen en cáncer que se expresa en distintas zonas del cuerpo.”

Estos y otros datos expresan los casos registrados y denunciados, que según estudios antropológicos, sociológicos y psicológicos representan únicamente el 37% de la realidad social, la gran mayoría están invisibilizados y por tanto no se miran, es decir, hay heridas abiertas que no se miran, porque no se dan las condiciones políticas, ni de contención legal para hablar de estos temas.

En países recalcitrantemente machistas y violentos, como Bolivia, las instituciones públicas y sus marcos jurídicos están viciados y estancados, sobre todo en las áreas de género, educación, salud, puesto que no representan la información completa, ni los análisis necesarios para comunicar lo que experimentan las personas en distintas circunstancias de violencia o viven en estas condiciones, como algo normalizado, que se transfiere de una generación a otra, se transfiere violencia en distintas formas. Pasa lo mismo con los niños y niñas huérfanos, que no están registrados en el sistema, con los niños y niñas abortados, que, dada la precariedad de las políticas de la niñez y adolescencia, son invisibilizados, tirados en los basureros municipales, o los ven en las calles y canaletas de las ciudades, pero no los miran, la sociedad negacionista no quiere mirar la herida.

En Bolivia te piropean y acosan en la calle las 24 horas del día, caminas y te desplazas constantemente acechada por las miradas, por las palabras enfermas de sujetos desconectados de sí mismos y de la vida, del respeto al ser humano, cualquiera sea su género, las calles están plagadas de sujetos que cosifican, genitalizan y miran pervertidamente los cuerpos.

En Bolivia no hay condiciones seguras para vivir tranquilamente, para caminar por la vida sin correr riesgos a ser nombrada o nombrado con diversos adjetivos calificativos que agreden y generan terror. En Bolivia, cuando empiezan a crecerte los senos, o empiezas a menstruar, es momento desgarrador, porque sabes que debes cuidarte más, para no embarazarte del sujeto que te acecha cada noche sin tu consentimiento, con olor a alcohol.

En Bolivia cuando empiezas a cambiar la voz, a “hacerte hombre”, hay padres de familia que te pagan el motel o la persona que te hará el servicio, quieras o no, y si no aceptas el regalo de tu padre, te atienes a las consecuencias, críticas, dudas sobre tu masculinidad, o vives el trauma de tu primera experiencia con el regalo de tu machista y enfermo padre.

En Bolivia si el tío, el abuelo, el padre, el vecino, te agarran la pierna debajo de la mesa, mientras comparten un almuerzo familiar, te tenés que tragar esa sensación, para no arruinar el momento familiar y si decís algo, o si tu hermanito o primo se da cuenta, y reclaman juntos, les dirán: -son unos ¡aguafiestas, dejen de inventar cosas, el tío es cariñoso! -.

En Bolivia si el amigo borracho de tu madre, tía, padre, padrastro, vecino, te visita por las madrugadas, mientras dormís, con 7 años de edad, te manosea y dedea toda la noche, no podés quejarte, porque tu misma madre, tía, tienen miedo, están cansadas y saben que lo único que sacarán si reclaman es un ojo moreteado, o unos cortes con vidrio de botella en la cara o el brazo.

Después de experimentar todo esto, algo pasa con el cuerpo y la voz, te sentís anulada y anulado (porque también les pasa a los hombres), tenés frío en manos y pies todo el tiempo, vivís con insomnio porque sentís responsabilidad por los más pequeños, los cuidas mientras duermen, negocias con el violento, para que no haga lo mismo con tus hermanos y hermanas. Cuando pasen los años, hablarás de esto, sobre el ataúd del violento, y te dirán ¡por qué te dormiste, hayas gritado, por qué recién me lo decís después de más de 20 años, hay que perdonar, déjalo descansar en paz.! ¿y qué hacemos nosotros para vivir en paz con toda esta violencia pegada en el cuerpo y alma?

En Bolivia no se entiende el silencio, el dolor, el nudo en la garganta, la depresión, las ganas de gritar, las lágrimas que brotan de la “nada”, estás silenciada y silenciado por el miedo, no te sale la voz, sentís calambres, escalofríos cada día al despertar y al dormir, o a veces cuando presencias una situación violenta o percibes el olor de la violencia, te alteras, te da migraña, te falta el aire, te pones iracunda o iracundo, te escondes, te autoinvisbilizas, para que no te lastimen.

Diversas son las formas en que se esconde el miedo, el terror al acoso, a los piropos, a las miradas, a la violación de toda índole, normalizada por un Estado violento que se pavea con categorías de inclusión, equidad, interculturalidad, en diversos foros mundiales, y no transforma en absoluto la realidad cotidiana de sus habitantes, ni genera las políticas públicas de salud y educación, que podrían ponerle fin a esta realidad.

En Bolivia, las leyes legitiman la violencia, el Estado se lava las manos dejando a las personas que han experimentado la violencia, completamente solas, mandándolas a negociar con el agresor. Además, hay prácticas que llaman “culturales” que legitiman esa violencia, si rompes esas prácticas, te dirán que estás “traicionando tu cultura”, por no cumplir con determinados mandatos y tradiciones, como, por ejemplo: no dejarte iniciar sexualmente por tu progenitor, es un acto de rebeldía y falta de respeto a las “buenas costumbres”. En el estado Plurinacional de Bolivia, se legitima a nombre de la “cultura” un sinfín de actos de violencia, empezando por el caudillo del movimiento al socialismo, Evo Morales, quien, en diversas ocasiones públicas, expresó su violencia y machismo, basta con googlearlo para mayor detalle.

En Bolivia, el índice de hombres que abortan, es decir los que no cumplen con la pensión, o niegan a sus hijos, etc.: es del 48%, pero no se los penaliza, ellos abortan frente a todos, desconociendo sus hijos, no cumpliendo con sus responsabilidades de padres y de proveedores, rechazando asumirlas, yéndose de farra con los amigotes alcahuetes de tal aborto. El aborto, analizado desde una perspectiva antropofilosófica, desde una perspectiva pedagógica liberadora, es: abandono y rechazo, por lo tanto, abortan hombres y mujeres, desde hace siglos, pero solo el aborto de la mujer, entendido como acto fisiológico, es penalizado, ¿dónde queda la equidad de género aquí?

Desde 1972 el aborto de las mujeres es ilegal en Bolivia, pero el aborto de los hombres se sigue paveando por las calles y la vida. La pena por aborto es de uno a tres años en prisión, y de toda una vida penando y lidiando con tal experiencia a nivel psicológico, porque el Estado boliviano no genera condiciones de salud pública para sanar estas experiencias, que son finalmente, producto y responsabilidad de toda una cadena de violencia social, estructural normalizada y transferida.  

Con las reformas aprobadas en diciembre de 2018 por el senado se amplificaron las causales, según la nueva legislación, tampoco será penalizado un aborto cuando sea para prevenir riesgos presentes o futuros para la vida y la salud integral de las mujeres embarazadas, se detecten malformaciones incompatibles con la vida, sea consecuencia de una reproducción asistida no consentida, de una violación o incesto, y cuando se trate de niñas y adolescentes, o si tienen a su cargo personas adultas mayores, con discapacidad u otros menores, o sean estudiantes. Esto parecía avanzar en el papel, pero en la realidad no ha cambiado nada, es necesario mirar desde otro lugar esta realidad, la herida; y asumir que los hombres también están abortando. 

​Luego de la desaprobación por una gran parte de la población boliviana por medio de masivas protestas, el nuevo Código del Sistema Penal fue abrogado el 25 de enero de 2018 mediante la Ley Nro. 1027; abrogando así las nuevas causales del aborto (mencionadas en el párrafo anterior), y manteniendo las del artículo 266 de la Ley 10426 del 23 de agosto de 1972.

Dicho esto, es urgente entender que el panorama legislativo no ha mirado la despenalización del aborto, desde una perspectiva ontológica, pedagógica, la cual que es urgente, y ello implica MIRAR LA HERIDA que como sociedad arde y molesta, y no queremos hablar de lo que nos molesta, pero el fétido olor de esta herida, está en la mesa de cada día, diciendo: conversemos, hilvanemos los hilos de tranquilidad y amor, para conversar y sanar juntos, porque hombres y mujeres siguen abortando, y es urgente sanar juntos.

A nivel de políticas públicas de salud y educación, es urgente entender que despenalizar el aborto no conlleva a que el aborto se ponga de moda y todas quieran ir a hacerse unos abortos; conlleva a la necesidad de plantearse seriamente una política pública que contemple la diversidad de variables de esta problemática: educación sexual, leyes contra el acoso de toda índole, etc. Despenalizar el aborto implica reconocer que las mujeres y hombres están experimentando violencia, la están transfiriendo de una generación a otra, de manera normalizada, despenalizar el aborto implica que podamos mirar la herida, conversar con ella, para transformar las condiciones de violencia en las cuales nos hemos habituado a convivir, y es momento de reconfigurar por completo estas formas violentas de convivencia.

Mirar la herida del aborto, del acoso, de las violaciones en distintos grados y formatos, estas y otras, que como sociedad nos arden y están infectadas, llenas de pus, tarde o temprano a todos nos salpica la sangre de estas heridas, directa o indirectamente; por más “sagrada familia” que seamos, por más que comulguemos, vayamos a misa, nos confesemos, y hayamos cumplido con todos los sacramentos, la herida está ahí, y nos afecta a todos, hayamos o no abortado, hayamos o no sido penetradas violentamente por un pene, hayamos o no sido piropeadas, acosadas, estas heridas son de la sociedad, de cada uno y cada una de nosotros, dejemos de hacer la vista gorda.

Es necesario generar condiciones materiales que permitan iniciar un proceso de reconfiguración del sistema político, jurídico y social que atraviesa todas estas realidades, que son nuestras heridas. Es necesario revisar nuestros patrones de comportamiento, pensamiento diario, frente a estos temas y otros más. Es necesario respirar hondo, tomar agua, y conversar sobre estos y otros asuntos, que generan violencia y nos tienen enfermos como sociedad.

Es necesario transformar radicalmente el sistema jurídico y político de Bolivia, reconocer que las heridas del aborto clandestino de las mujeres, las heridas que se pavean de sol a sol por parte de los hombres abortadores, reconocer que los partos sin padre son violentos, que la orfandad es violenta, los partos resultantes de una violación marcan la vida de la madre y del hijo o hija.

Es necesario transformar las formas de concebir la vida, porque el estado etílico y no consentimiento de una de las partes, desde el momento cero en que se dice: – No, me duele la cabeza, o estoy cansado, cansada, etc.-. ese momento y esa verdad debe respetarse, no insistir con manipulaciones variopintas, los abortos o partos resultantes de estas concepciones cargadas de energía manipuladora, son partos violentos, son concepciones violentas, son formas en las que el aborto también se manifiesta.

Es urgente empezar a concebir la vida desde el respeto mutuo, aprender a transformar la energía sexual y la libido, a dialogar con sus hilos sin causar daño, es urgente hablar de esto en las escuelas, en los hogares, en los salones de té, en las homilías de la misa, en las reuniones de diversa índole. Es urgente invertir en políticas educativas y de salud que hablen de estas heridas, desde distintas especializaciones y disciplinas, hablar de diversas heridas: aborto, violación, consentimiento, el NO, el piropo, el acoso, etc. etc.

Como sociedad necesitamos alumbrar condiciones que nos permitan mirar la herida, conversar con ella, sobre ella, sin sentirnos señaladas o señalados, ni en peligro, ni juzgados o juzgadas por diversas instituciones. Necesitamos generar hilos de sanación social, mirando la herida, conversando desde la conexión con nuestro ser espiritual (sin géneros, ni sexos) podremos empezar a generar opciones para sanarnos, para que la niñez y juventud de hoy y de mañana, la niñez y juventud de ayer, sane y viva sin miedos, sienta que, al caminar por las calles físicas y virtuales de Bolivia, su cuerpo no está siendo señalado como objeto de satisfacción genital.

Este texto es una invitación a mirar la herida, conversar sobre lo que nos duele, a confesar nuestros miedos, nuestra ira hacia un sistema que nos está matando en vida y que ha normalizado estos sentimientos y comportamientos, este (E) estado de enfermedad recalcitrante que engendra más y más violencia, desde hace siglos.

¿Por qué roban los ricos? Criminología y corrupción

(Por Ines Moreno)

Tómense este artículo como una reflexión al más puro estilo “crímenes imperfectos” acerca de un criminal concreto: el corrupto. Un criminal al que nos tienen muy acostumbrados los medios. Normalmente lo abordamos desde un punto de vista político. Tiene una vinculación innegable, desde luego. Pero hoy quisiera analizar esta lacra social desde el punto de vista criminológico, desde mis limitados conocimientos en la materia.

Hace unos días acudí a un congreso sobre derecho penitenciario y criminología, durante el cual surgió un debate muy interesante en torno a los delitos de cuello blanco y la corrupción. Al abordar este asunto desde un punto de vista político hay una pregunta fundamental que nunca nos planteamos. ¿Por qué alguien rico roba? Podemos entender en cierta medida porqué lo hacen personas con un origen, digamos, conflictivo. Pero ¿Y nuestros políticos? ¿Es simple tentación? ¿Es simple avaricia o egoismo? Yo creo que la raíz profundiza mucho más allá, se adentra en nuestra estructura social, esa estructura social cada vez más desigual.

Hablando de criminología, surgió el tema del perfil del criminal, y un debate muy interesante. Para entenderlo es necesario que hagamos aquí y ahora un juego de asociación de ideas. Un esfuerzo de abstracción. Sin darle muchas vueltas, retraten en un folio la imagen mental que la palabra “criminología” les ha inspirado. ¿Qué conceptos o adjetivos les ha venido a la mente? ¿qué tipo de persona les ha evocado esta palabra?

Imagino que asesinos, violadores, ladrones. Hombres con voz de fumador y pieles tatuadas. O quizás personas normales. Lo cierto es que en el tiempo que duró esa conferencia sobre el perfil del criminal no llegamos a mencionar a esas personas “normales”, no hasta el debate final con el público. El ponente, el profesor Santiago Redondo, nos explicó los factores de riesgo que determinan la comisión de un delito, de acuerdo a la teoría desarrollada por él: el modelo del triple riesgo delictivoEsta teoría identifica tres esferas: los riesgos individuales, las carencias de apoyo social y las oportunidades delictivas. A partir de esto se identificarían los factores explicativos del delito. Nos las ejemplificó con lugares comunes que todos pudiéramos llegar a entender. Los asistentes íbamos asintiendo con cada una. Factores como los entornos conflictivos, las familias desestructuradas o la falta de recursos económicos determinarían que un chaval en el límite de la imputabilidad coqueteara con delitos menores como el consumo de drogas o los hurtos y fuera ascendiendo en la carrera criminal. Puede que porque no encuentre suficiente apoyo social, porque entre en un círculo del que no pueda salir o por mil motivos más en ese sentido. Por supuesto, este tipo de perfil es el que más abunda en prisión. Entre otras cosas porque no es igual de fácil meter en prisión a un corrupto que a un ladrón de poca monta. Y el ponente continuó hablando del fin de reinserción de la pena, de la necesidad de que desde los poderes públicos se promoviera esa reinserción social, y que la población en prisión se redujera, como último ratio de sanción que es. Totalmente de acuerdo, es necesario entender porqué se delinque. Yo siempre he estado de parte de esa concepción del derecho penal que busca como fin la reinserción más que la sanción.

Pero el debate se puso más interesante cuando alguien del público preguntó sobre los delitos de cuello blanco. “¿Qué pasa con esos que tendrían que entrar a prisión y no lo hacen?”

Creo que no llegamos a contestar del todo a esa pregunta, pero el ponente la utilizó como base para analizar el perfil de ese tipo de delincuencia. Y me pareció interesantísimo, sumamente esclarecedor. Porque evidencia de qué manera las desigualdades sociales inciden en el crimen. El corrupto es la consecuencia de una sociedad cada vez más injusta y más egoísta.

Resulta que, desde un punto de vista criminológico, los delincuentes de cuello blanco tienen factores comunes. Hay factores de riesgo, como el ponente explicó. Siguiendo el esquema que mencionábamos (los riesgos individuales, las carencias de apoyo social y las oportunidades delictivas), nos encontramos con factores de riesgo individuales como la falta de empatía o “creencias justificadas del delito”. Esas creencias de auto justificación pueden hallarse en todo tipo de delito, es un factor de riesgo para su comisión. Lo encontramos en el que se considera estar fuera de la sociedad (outsiders que entienden que la sociedad no les aporta nada y que justifican sus robos y hurtos en esa afirmación) o por encima de ella, como en el caso de los corruptos. Así, la comisión de estos delitos, pondría de manifiesto la gran brecha de clases sociales y el profundo desconocimiento que las clases gobernantes y privilegiadas tienen sobre el resto de la sociedad. Ahí surgiría esa auto justificación de “porque me lo he ganado”. “Porque me lo he currado para llegar a estar donde estoy”. No como esos curritos que se levantan a las cinco de la mañana para trabajar 12 horas por un sueldo que no llega al salario mínimo, y que cubre las necesidades más básicas de manera muy limitada. La justificación típica del liberalismo, básicamente. Aunque en esa justificación sesgada omiten oportunamente el hecho de que, además de con su esfuerzo, las grandes fortunas del mundo han sido amasadas con el esfuerzo sin recompensar de miles de personas que viven, en ocasiones, en situaciones próximas a la esclavitud. Porque tiene que haber pobres, no todos podemos ser ricos. Eso se lo he oído decir a unas cuantas personas.

Volvemos a la pregunta clave: ¿qué factores determinan la existencia de los conocidos delitos de cuello blanco? ¿Qué lleva a alguien que tiene todo a robar más? Dejando a un lado factores individuales, vemos que los factores sociales son algo que sí podemos modificar. Llegados a este punto debemos cuestionarnos seriamente qué valores queremos en nuestra sociedad. Porque eso es precisamente lo que favorecerá la comisión de delitos en uno u otro sentido. No digo que sea la única causa, por supuesto. Pero está claro que la desigualdad económica favorece el aumento de la criminalidad. Lo vemos claro si hablamos de criminales con ese origen conflictivo. “Claro”, dirán muchos, “el que es pobre y necesita para vivir roba, hurta, ocupa…”. Crímenes que en un contexto de crisis social podemos llegar a entender. Pero es que además, y esto es lo más importante, esa desigualdad incentiva el crimen como consecuencia de esa enorme brecha entre clases, como consecuencia de ese alejamiento de la clase dirigente (ya sea económica o política) de los problemas y necesidades sociales, y sobre todo como mecanismo para perpetuar esa desigualdad.

Y mientras esos sean los valores de nuestras élites, seguiremos delinquiendo para subsistir y ellos seguirán blanqueando para mantenernos controlados.

Castigar a los pobres: el gobierno neoliberal de la inseguridad social

Bruno Lutz

El sociólogo Loïc Wacquant plantea que el Estado, y el Estado neoliberal en particular, emplea tres estrategias para tratar a la marginalidad y la pobreza. La primera consiste en socializar el desempleo y subempleo mediante políticas asistencialistas que apuntan hacia reducir la visibilidad de las diferencias de clases. Se trata esencialmente de políticas sociales de corte higienista que buscan embellecer el paisaje urbano limpiando la obscenidad de una pobreza áspera y provocadora. Medicalizar a los pobres es la segunda estrategia. Así, se consideran a las poblaciones vulnerables de las urbes como enfermos activos o potenciales: alcohólicos, drogadictos, depresivos o locos, pero también poblaciones más susceptibles de sufrir patologías crónicas e infecciosas: sida, obesidad, diabetes, virus, etc. La tercera vertiente del Estado contemporáneo para combatir la pobreza es la penalización. El proceso de normalización de las conductas conlleva la promulgación de decretos que tipifican y penalizan los hábitos de los que menos recursos económicos tienen. «La penalización funciona como una técnica para la invisibilización de los problemas sociales que el Estado, como palanca burocrática de la voluntad colectiva, ya no puede o no quiere tratar desde sus causas, y la cárcel actúa como un contenedor judicial donde se arrojan los desechos humanos de la sociedad de mercado». A estas tres grandes estrategias debe agregarse la política neoliberal que promueve la «responsabilidad individual» y la sumisión al libre mercado. Wacquant menciona que el Estado desarrolla una serie de estrategias represivas a partir de la construcción ad hoc de representaciones falseadas de la inseguridad pública, por lo que este último se enfoca en atacar las incivilidades, es decir las premisas individuales del desorden que rompen con la moral, aumenta el número de leyes y reglamentos, estigmatiza categorías de la población, consolida la vigilancia y acción policiaca, castiga con severidad, y perdona nada ni nadie.

Ahora bien, el pensador europeo no concibe una voluntad única, consciente y omnipotente, detrás de estas políticas represivas que sería como una intencionalidad maquiavélica libre de actuar. Al respecto, Wacquant escribe:

[…] rechazo enérgicamente la opinión conspirativa de la historia que atribuía el desarrollo del aparato punitivo en las sociedades avanzadas a un plan deliberado ejecutado por dirigentes omniscientes y omnipotentes, sean políticos, empresarios o la diversa gama de personas que se benefician del mayor despliegue e intensidad del castigo y de los programas de supervisión destinados a los derechos urbanos propios de la desregulación.

El autor de Castigar a los pobres opina que esta situación contemporánea de liberación del ciudadano-trabajador de sus antiguas garantías y el concomitante encierro de los marginados, es producto de una batería de iniciativas políticas y consensos construidos en torno a cierto tipo de inseguridad. Wacquant plantea que esos procesos supra-individuales e incluso supra-colectivos se articulan sobre la base de una filosofía política acéfala de tratamiento de las clases bajas cuyos enunciados se vienen difundiendo de manera subliminal en las elites. La tesis de este libro escribe Wacquant, «es que Estados Unidos está abriendo camino hacia una nueva clase de Estado híbrido, diferente del Estado protector, en el sentido que se da a ese término en el Viejo Mundo, y del Estado minimalista y no intervencionista que se atiene al discurso ideológico que le cuentan los defensores del mercado».

La creciente precarización del empleo está estrechamente relacionada con una mayor represión de los pobres. Asimismo, en 1996 se promulgó el Personal Responsibility and Employment Opportunity Act y las represivas leyes Megan. La reducción del mercado de trabajo y el incremento proporcional de la experiencia profesional y nivel de estudio para ocupar los puestos vacantes, la incertidumbre en cuanto al aumento de la duración del tiempo de trabajo semanal, la multiplicación y diversificación de las tareas que realizar, el aumento constante del rendimiento para alcanzar metas siempre más elevadas, la competencia interna como mecanismo de estimulación del personal y la renovación del contrato, son todos elementos anxiógenos que fragilizan al trabajador. En Las fuentes de la vergüenza, Vincent De Gaulejac mostró, de forma pertinente, las causas múltiples de la ansiedad de los trabajadores vulnerables y sus consecuencias en la vida cotidiana. El Estado federal norteamericano y junto con él, las autoridades políticas de los países occidentales, promueven una flexibilización del empleo con el fin de otorgar más facilidades a los empresarios para contratar, explotar y despedir a los trabajadores. Se normaliza el trabajo precario y flexible con el fin de poder usar más libremente a los trabajadores y desecharlos cuando se decida. Debe mencionarse también la moda del outsourcing y el auge de las agencias de colocación para el trabajo temporal, por ejemplo, Manpower Inc. es el tercer empleador más grande de los EU. Se responsabiliza a cada trabajador de su carrera, de su desempeño, de los puestos que ocupa o pierde: asistimos hoy en día a la glorificación del individualismo meritocrático. Se proporcionan cursos de empleabilidad y talleres de preparación a la vida cotidiana con la doble finalidad, por parte del Estado, de reeducar a los más vulnerables, así como de poder culparlos de su pobreza económica. Al margen de las cifras oficiales del desempleo, están las estimaciones realistas de las personas subempleadas y de las que se dedican al mercado informal. Las necesidades de sobrevivir orillan a jóvenes y adultos a aceptar condiciones deplorables de trabajo e incluso incursionar en mercados ilegales. En México, para 2010, las cifras oficiales arrojaban una tasa de desempleo de 5.6%, y 12.7 millones de personas dedicadas al mercado informal (es decir 25.8% de la población económicamente activa). En los Estados Unidos, 40% del total de trabajadores tienen contratos precarios y 5.8% de la masa laboral está constituida por indocumentados. Vivir mal es un hecho social ampliamente compartido más allá de las fronteras y las nacionalidades. En el destacado documental Délits flagrants, Depardon filma la confrontación de un juez parisino con un anciano magrebí, humilde y analfabeto, arrestado por el simple hecho de apostar con cartas. En Estados Unidos, en Francia y en muchos países más, se combate a los perdedores de la economía de mercado, encerrándolos.

El profesor de Berkeley estima que el encarcelamiento es una técnica de regulación de la marginalidad: se encierran a quienes no tienen actividad lucrativa o cuya actividad económica es ilegal. «Lejos de mitigarlo, el Estado caritativo norteamericano es el principal responsable de la feminización y la infantilización de la pobreza; activamente perpetúa tanto sus duras realidades como sus persistentes mitos, es decir tanto los fundamentos materiales en que se erige como las pervertidas representaciones en las que vive». Todo indica que lo punitivo surgió con fuerza a fines de los años noventa para acompañar al incremento del trabajo desocializado. Es interesante notar que los criminólogos y expertos en temas de seguridad pública, insisten todos en separar las causas sociales de la responsabilidad individual en materia delictiva. Según ellos, el crimen tiene su único responsable: el criminal, sin importar las causas y condiciones estructurales. La gran mayoría de los profesionales del tratamiento institucional de la violencia rechazan atacar las causas genéricas de la delincuencia, como son la precariedad del empleo, la disminución de las garantías laborales y sociales, las restricciones en cuanto al acceso a la salud y las discriminaciones educativas.

El también autor de Las cárceles de la miseria, recuerda que en los EU, 90% de los beneficiarios de la asistencia social son mujeres, mientras 93% de los reos son varones. «Esto confirma que los clientes principales de la asistencial y de la carcelaria del Estado neoliberal son, esencialmente, los dos géneros de la misma población arrinconada en las fracciones marginalizadas de la clase trabajadora postindustrial». El gobierno norteamericano emprendió un ataque ideológico en contra del principio de asistencia pública pero consolidando al mismo tiempo una estructura de oportunidades cerrada para los menos favorecidos. «La pobreza del Estado social en el marco de la desregulación necesita y exige la grandeza del Estado penal» sentencia Wacquant, quien reconoce que existe un problema sobre lo que es y debe ser la asistencia social. Actualmente, la asistencia social es condicionada por la calidad moral de los beneficiarios. Podemos ilustrar esta situación en el caso de México con el programa Oportunidades cuyo objetivo oficial es combatir la pobreza otorgando becas escolares a las madres de familia siempre y cuando ellas y su prole se muestran obedientes, puntuales en la escuela y en las reuniones, disciplinados, etcétera.

El sociólogo francés ve en las reformas legislativas norteamericanas de 1996, el paso del welfare al workfare. Es la promoción institucional de la idea de mérito, de metas personales y colectivas que alcanzar, así como de la competencia moral. El Poder Ejecutivo Federal de los EU se propuso «corregir las conductas supuestamente inadecuadas y aberrantes, que serían la causa principal de la pobreza persistente». El Estado se liberó de sus obligaciones pasadas al separarse de un gran número de familias necesitadas con diferentes tipos de argumentos, siendo la falta de méritos el principal. La estigmatización institucional de las madres solteras, de las madres menores de edad afrodescendientes, limita seriamente su inserción social. Juzgadas como depravadas, inmaduras e irresponsables, las madres solteras son marginadas en una sociedad puritana que intenta mantener los principios de un orden moral. Así mismo, el discípulo de Bourdieu asevera atinadamente que: «El tratamiento penal de la pobreza tiene una carga moral positiva, mientras que la cuestión de la asistencia está irremediablemente ‘mancillada’ por la inmoralidad». De hecho, conservadores y también demócratas ven en la asistencia pública una plaga que retrasa la expansión económica y perjudica las finanzas públicas. En este contexto, se alaba la autoayuda y se invoca de manera reiterada a las virtudes de la providencia. Políticos y altos funcionarios de la administración pública exaltan frecuentemente el altruismo caritativo que siembra los valores de solidaridad y sacrificio entre los pobres.

Otro elemento que caracteriza la reducción de los apoyos gubernamentales es el churning (en inglés), es decir, el aumento de la severidad de los requisitos para beneficiarse de la ayuda pública así como el incremento de la complejidad y tardanza de los trámites burocrático-administrativos. Recibir apoyos gubernamentales es haber logrado vencer una desgastante carrera de obstáculos. Aunado a lo anterior, se tiende a disminuir las ayudas e incrementar de manera inversamente proporcional el compromiso de las y los beneficiarios. La noción de co-responsabilidad que ha invadido el léxico de los estadistas y edificadores de programas, se inscribe directamente en el contexto antes descrito. Las y los beneficiarios deben de ser merecedores de los apoyos que pretenden recibir, deben mostrar y demostrar continuamente que son moralmente irreprochables. Asimismo, tienen por obligación enseñar que carecen de empleo pero que sí buscan integrarse en un mercado laboral deprimente, deben mostrar que tienen niños menores a su cargo pero, al mismo tiempo, deben emplear un método de contracepción, y también certificar que sí pagan sus impuestos y sus facturas, cuando aumentan cada vez más los gastos de las familias pobres. Además, existe la imagen, aparentemente contradictoria, de la beneficiaria como ganadora de la infraclase (underclass) por el hecho de recibir apoyos gubernamentales, pero siempre perdedora en la sociedad por su estatus y el color de su piel. Para ser merecedora, la mujer pobre debe emplear correctamente su tiempo realizando todas las tareas que le son encomendadas. Lejos de estar ausente de los programas asistenciales, la ilosofía del workfare se expande de manera capilar mediante el trabajo comunitario gratuito, los grupos de autoayuda y las actividades individuales o colectivas poco remuneradas. Predomina el principio de la donación/contra-donación. El workfare ataca a los denominados parásitos de la sociedad, a todos aquellos que son considerados como inmerecedores de la ayuda del Estado. Cabe recordar que el pensador ultraliberal Herbert Spencer planteaba ya, hace un siglo, la eliminación natural de los ociosos, viciosos e inútiles.

Para Wacquant, el laissez-faire (dejar hacer) y laissez-passer (dejar pasar) son las dos vertientes de las políticas sociales contemporáneas, las cuales explican el descompromiso del Estado en cuanto a educación, salud y bienestar, y su magnanimidad irresponsable en materia de reducción de las garantías sociales y laborales. En su obra, el estudioso explica detalladamente cómo y por qué el Estado pasó de ser paternalista, protector y caritativo, a ser un Estado Centauro represor. Al ultraliberalismo económico corresponde la ultra-represión de las incivilidades mediante la máxima de «tolerancia cero». En México, la estrategia del Estado pasó de un combate de la pobreza a un combate de los pobres. Esta censura oficial de discursos y actividades no adecuadas llegó, en un caso reciente, al encarcelamiento de dos tuiteros veracruzanos por difundir información no verídica sobre el ataque de una escuela por narcotraficantes, y la subsiguiente promulgación, por parte del Poder Ejecutivo Estatal, del delito de perturbación del orden social. Según Bourdieu y Wacquant, las variantes que pueden encontrarse en cada país y en cada entidad federativa, corresponden en realidad a una interpretación tópica de un pensamiento único en materia de seguridad pública; discurso hegemónico basado en afirmaciones que mezclan oraciones seudo académicas y creencias populares. Las autobiografías del exalcalde de Nueva York Rudolph Giuliani, las obras apologéticas de conocidos zares anti-crimen y los manuales de influyentes asesores en materia de seguridad pública, son materiales ampliamente difundidos que participan en la construcción de ese pensamiento único.

Al adoptar los principios del Consenso de Washington, Europa emprendió una nueva estrategia punitiva que tiende a criminalizar todos aquellos que no cumplen con el modelo del ciudadano-trabajador. Las libertades están bajo vigilancia con el espionaje de las zonas sensibles y de sus habitantes. Los cambios a la legislación permitieron un aumento del número de delitos e incluso autorizaron encarcelar a menores infractores a partir de los 13 años de edad. Los jóvenes que ni estudian ni trabajan: los denominados ni-nis, los jóvenes que se reúnen en bandas afuera de sus tristes moradas para hacer de su desamparo el vector de una sociabilidad incierta, esos jóvenes son, de un lado y del otro del Atlántico, blancos predilectos de las políticas judiciales actuales. Asimismo, a partir de estereotipos fenotípicos y socioeconómicos, el Estado construye un mapeo de la inseguridad. Las palabras inventan criminales y circunscriben territorios baldíos de la legalidad. La delincuencia y su combate son hoy en día la materia de seminarios, simposios, diplomados e institutos especializados. La invención de la inseguridad corresponde a la conexa invención de un mercado de la seguridad privada y pública, personal y colectiva. Los buenos ciudadanos deben sentirse siempre amenazados en sus personas y bienes, por lo que son invitados a colaborar con la policía para reforzar la red de vigilancia. En la Ciudad de México por ejemplo, los módulos vecinales de policía fueron rebautizados como «red ciudadana» con la idea de eufemizar la represión haciendo al personal de seguridad pública co-participe de la vida de barrio. Delatores anónimos y ciudadanos con mentalidad policiaca son bienvenidos e incluso, en ciertas ocasiones, retribuidos por sus servicios. Se ofrecen recompensas y se garantiza el anonimato de los denunciantes. De manera general, tanto en los comités vecinales como en los grupos de autodefensa rural creados por la Secretaría de la Defensa Nacional, el ciudadano es invitado a ser un ejemplo de abnegación y un militante defensor de los principios de libertad y propiedad privada.

En los Estados Unidos de América, la guerra contra las drogas se enfoca más especialmente en el arresto y castigo de los dealers de la calle, la gran mayoría de ellos afro-descendientes o latinos, quienes buscan en esta actividad ilícita una insegura fuente de ingreso. La racialización de los infractores es consecuencia de una racialización institucionalizada de los problemas. En resumen, escribe Wacquant, «el gueto funciona como una prisión etnoracial: encierra a una categoría deshonrada y reduce gravemente las oportunidades de vida de sus miembros en apoyo de la ‘monopolización de los bienes simbólicos y materiales o las oportunidades’ ejercidas por el grupo dominante que vive en sus alrededores». En las cárceles de los Estados Unidos, los delincuentes son separados, tratados y encerrados según el color de su piel y la gravedad de su delito. De igual manera, en México los presos están separados en cárceles, pabellones y celdas según la naturaleza del delito de que se les acusa, así como si son mestizos o indígenas. Los aparatos policial, judicial y carcelario reproducen día con día toda una serie de distinciones discriminantes de los pobres. Un caso actual en Chihuahua, es la etnocárcel de Guachochi —ciudad controlada por narcotraficantes mestizos—, en la cual están hacinados casi exclusivamente indígenas tarahumaras.

Ahora bien, se busca convencer al ciudadano de clase media de que el crimen está en sus puertas, de que es susceptible de ser atacado en cualquier momento por malhechores de color, él y su familia. El Estado represor requiere de un control de la información para difundir el mensaje de la inseguridad y anclarlo en las conciencias individuales. Asimismo, programas televisivos exaltan la eficacia policiaca para identificar, perseguir y neutralizar los seudo-delincuentes —mediante su arresto o su homicidio en vivo—. La fuerza de ley pretende mostrar que todos los delincuentes son cazados implacablemente hasta caer en manos de una policía honrada y todopoderosa. Esta repetida difusión de una representación maniquea del mundo social donde están los malos de un lado, y por el otro los buenos (el Estado, la policía y los ciudadanos delatores), refuerza los prejuicios racistas y clasistas. Al respecto, los delitos de cuello blanco (desvío de recursos, enriquecimiento ilícito y falsificación de documentos, entre otros) son castigados en muy pocos casos y de serlo, las personas son condenadas a penas leves que cumplen en centros de detención semi-abiertos. Esta magnanimidad de la justicia norteamericana resulta obscena cuando se conoce el monto multimillonario de los fraudes bancarios y fiscales que se cometen cada año, fraudes que llegan incluso a provocar estrepitosas bancarrotas de consecuencias mundiales.

En la ciudad de Nueva York, la disminución de los índices de criminalidad correspondió a un aumento de los arrestos de los trabajadores subempleados que sobreviven difícilmente por debajo de la línea de pobreza. El historial común a los enjuiciados es el haber padecido fracturas familiares con divorcios o abandono, una escolaridad caótica e interrumpida, haber sido traumatizados por abusos y violencias físicas, así como haber sido víctima de armas de fuego. El auge del «Gran gobierno carcelario» fue posible gracias a la privatización del encierro. La deslocalización de las agencias del Ministerio Público y de las prisiones obedece a una territorialización de la delincuencia. En Estados Unidos existe un mercado interno de intercambio y transferencia de los reclusos. Por otro lado, el hacinamiento provoca una saturación de la administración penitenciaria y un burning out del personal, responsable de errores en 20% a 40% de los expedientes. Debido a la sobrepoblación carcelaria varias ciudades norteamericanas fletaron barcos penitenciarios e incluso, en un caso sonado, obligaban a los reos a dormir en autobuses debido a la saturación de las celdas. Las prisiones son incubadoras de enfermedades infecciosas, el callejón sin salida de las prostitutas y de los drogadictos, el refugio de los indigentes y la casa de los locos. La política de vaciamiento de los hospitales psiquiátricos en la década de los ochenta provocó un incremento de la población encarcelada. Arrojados a las calles, los enfermos mentales constituyen una amenaza para la paz social. El mismo Estado que los liberó de sus salvaguardias médicas los manda ahora encarcelar con el fin de sanear el paisaje público. Este higienismo punitivo contribuye a mezclar indistintamente individuos provenientes de los bajos fondos de la sociedad. Una parte significativa de los reos sufren trastornos mentales pero solamente una irrisoria minoría recibe tratamiento psiquiátrico con el argumento falaz de que el policía y el celador son eficaces terapeutas en los tiempos neoliberales. Imposibilitados muchos de ellos para ejercer un oficio remunerado, condenados al oprobio de una sociedad capitalista que glorifica a los ganadores y pisotea a los perdedores, los locos encarcelados son víctimas de las peores infamias. Los cuerpos de esos pobres son lacerados sin cesar por tempestades de ignominias aceptadas si no es que fomentadas por las autoridades penitenciarias. Debemos agregar también el hecho de que los prisioneros son susceptibles de servir de conejillos de indias para experimentos médicos a cambio de una reducción de su condena.

Se ha normalizado la vigilancia posterior a la condena con el fin de que el exconvicto haga muestra de su buena conducta mediante la obediencia, disciplina y sumisión. En el año 2000, 3.84 millones de estadounidenses estaban bajo supervisión de la justicia penal incluyendo al total de los reclusos, de quienes estaban en libertad condicional y de los exconvictos a prueba. De hecho, el aparato policial y de justicia posee expedientes penales de más de 30 millones de personas, lo que corresponde a una tercera parte de la población masculina adulta de los EU. El registro de los infractores de la ley se ha convertido en un gigantesco nicho de mercado en el cual participan, con enormes ganancias, las más grandes empresas de informática. «El crecimiento geométrico de las bases de datos policiales y judiciales forma parte de un movimiento más amplio de extensión y diversificación de la vigilancia policial ‘encubierta’, que se ha vuelto proactiva y difusa con los años, a raíz del número de agentes y agencias involucradas y, con ellos, el número y la diversidad de sus objetivos». El historial de las personas, sus datos antropométricos y biométricos están en posesión no solamente de las agencias federales y estatales de investigación, sino que esta información personal es compartida y vendida a empresas y particulares. Con la finalidad de informar a los ciudadanos-de-bien de la amenaza virtual de los ciudadanos-de-mal, bases de datos pueden ser consultadas por Internet e incluso en ferias, convirtiéndose en una atracción lúdica como cualquier otra. Buscar delincuentes sexuales en su barrio, se ha convertido en una actividad rutinizada que convoca el morbo, el repudio y la ira. Los «depredadores sexuales», como son llamados todos aquellos que poseen material pornográfico o practican la sodomía o son exhibicionistas o violan y matan a menores, etc., son sistemáticamente repudiados y acosados. «La execración hiperbólica del pedófilo desconocido en la escena pública sirve tanto para purificar simbólicamente a la familia como para reafirmar su posición establecida como refugio contra la inseguridad, incluso cuando la aceleración de las tendencias neoliberales en la cultura y la economía intentan socavarlo», asevera con acierto el autor de Castigar a los pobres. Arrinconados como verdaderos parias sociales, los denominados depredadores sexuales se ven obligados a huir y vivir en la clandestinidad. La histeria social de una sociedad puritana en sus fundamentos y principios, exige de sus chivos expiatorios el pago eterno de sus culpas.

Finalmente, podemos concluir que esta obra sobre el tratamiento institucional de la marginalidad en los Estados Unidos contiene una estimulante reflexión para entender el doble proceso de extensión del liberalismo económico y castigo más severo de los pobres. Lejos de circunscribirse a un solo país, esta moda política de corte neoliberal se ha exportado a numerosas naciones, México incluido. De esa forma, las cohortes de perdedores, víctimas estereotipadas de la injusticia económica, son considerados a priori como una amenaza para el orden establecido. Hoy en día, el Estado libra un implacable combate en contra de lo incorrecto, un combate en contra de los pobres.

“Hay que demostrar a los hombres que expresar la potencia a través de la violencia es una señal de debilidad”

Rita Segato:

Me invita a un helado mientras visitamos Santander. Nos cuenta que una señal para distinguir un buen helado es que se derrita rápido: tendrá menos agua y conservantes, y será más cremoso. Todo en ella es cercano. Su acento, su mirada y sus palabras. Mi colega Sergio le hace una ruta por la ciudad y cuenta sobre el incendio que la arrasó. También que, a partir de ahí, la especulación y los intereses de clase moldearon el espacio a su gusto. Ella es siempre curiosa, responde a todo con sorpresa y te escucha con atención.

Rita Segato (Buenos Aires, 1951) vino a la ciudad a dar un curso sobre Discriminación y Violencia en la Universidad Menéndez Pelayo. Yo asistí al curso con ganas. Sus clases siempre hierven de ideas, conceptos e imágenes que vuelan de un lado a otro. Como buena antropóloga, tiene ejemplos para todo. Cultos de posesión, rituales de iniciación, mitos clásicos, arte, política, guerra. Sus ideas son fuertes y golpean duro.

Afirmas que tu trabajo debe entenderse como un estudio sobre la masculinidad. En estos estudios, la violación siempre ha sido un tema central. ¿Qué relación existe entre la masculinidad y la violación?


Creo que la violación esconde un factor fundamental del orden patriarcal imperante. Hay que entender que la violación no es un crimen como cualquier otro. La violación se aleja, a la vez, de esa imagen del hombre como lobo hambriento que viola porque no puede controlarse, y también de la imagen del hombre como ladrón, que roba el sexo de la mujer. La violación no es un crimen sexual; es, más bien, un crimen expresivo, por un medio sexual. Con la violación se dicen dos cosas: una a la mujer y otra a los otros hombres.

A la mujer se le comunica una lección moral: la mujer es sospechosa de inmoral desde el comienzo de los tiempos, y la violación le castiga por desobediente. A los otros hombres, la violación les comunica la potencia. La masculinidad, para mantenerse, tiene que confirmarse por los interlocutores masculinos y, para ello, necesita exhibirse. El caso de La Manada aparece acá como el paradigma de la interlocución masculina. Mediante el acto grupal aflora una estructura que es la del orden patriarcal, un orden que ordena sacrificar una víctima para la construcción de la masculinidad de sus agresores. Y aquí, en la violación, la masculinidad se revela frágil porque se estructura como la exhibición violenta de una potencia para los ojos de los otros hombres. Es la búsqueda desesperada de afirmación. Es clarísimo en La Manada esto. Por esto se graban, por eso comparten el vídeo. Es un placer narcisista masculino en el que se revela una cofradía en la que los aspirantes a hombres necesitan recibir su título de los ojos de los otros hombres.



En España, desde el caso de La Manada se han dado 135 casos de violaciones grupales, 43 solo en 2019. ¿A qué se debe esta epidemia?


No me gusta el término epidemia para esto. La epidemia es automática y retira la deliberación. Prefiero usar el término de mímesis. La pregunta aquí es ¿por qué ese efecto mimético de la violación en grupo?

Como lo que se revela en la violación es una estructura, es muy fácil que esa estructura se replique. El caso de La Manada se replica porque, aunque se critiquen y se condenen, siguen apareciendo como un espectáculo de la potencia. Y este espectáculo rige la masculinidad, sobre todo la de los jóvenes, que son los que no han conseguido probar aún su soberanía sobre la vida, su potencia. Ese espectáculo donde la confirmación de la potencia aparece como una fiesta masculina en la violación grupal hace que sea contagiosa. Es muy fácil que miméticamente se vaya replicando cuando los violadores aparecen en los medios de comunicación como hombres potentes. Y en eso tienen mucha responsabilidad los medios.



¿Y por qué aumenta ahora?


El aumento de las violaciones tiene que ver también con la precarización de la vida. Si hay cada vez más dificultades para exhibir una potencia económica, moral o intelectual, ya que los dueños del mundo son cada vez menos, el hombre vive como una emasculación esta precariedad: no tiene forma de afirmarse. El mandato de masculinidad dice a los hombres que necesitan apropiarse de algo, ser dueños. La precarización de la posición masculina pone en cuestión su potencia. Y por lo tanto solo queda la violencia —sexual, física, bélica— para restaurarse en la posición masculina.

Crímenes como las violaciones en grupo muestran la existencia de una masculinidad progresivamente precarizada. Es una necesidad urgente que los hombres redefinan lo que es ser hombre, porque, si no, van a ser atrapados por una ola de violencia.



Al hablar sobre el hombre afirmas que a la masculinidad le acompaña siempre un factor de opacidad para sí mismo. El hombre no es reflexivo respecto a su masculinidad. ¿Cómo afecta esto a su lugar en el mundo?


En el trabajo que realicé durante más de diez años con violadores entendí que la violación muchas veces no es un acto inteligible para el propio violador. El violador, la mayoría de las veces, no entendía el propio acto. Ahí entendí que la masculinidad es opaca para sí misma, que no suele haber una reflexión ni una racionalidad descriptible detrás de muchos actos del hombre. El hombre actúa de una forma automática para reponerse de esa posición inferiorizada. Hoy en día hay una inferiorización de todos y todas. Lo que pasa es que las mujeres esa inferiorización no la sentimos de la misma manera que los hombres. Los hombres tienen que reponer esa posición, y de ahí su búsqueda de demostrar la potencia. Hay que demostrar a los hombres que buscar expresar la potencia por medio de la violencia es una señal de debilidad. El hombre que usa el recurso de la violencia es un hombre frágil. Lo que se quiere exhibir como potencia es precisamente impotencia.

Ese mensaje, cuando lo comunico, lo reciben inmediatamente, entienden lo que estoy diciendo muy rápido. Y eso es porque existe un intenso sufrimiento masculino. Es deseable construir la masculinidad de otra forma. Porque en esa búsqueda de la potencia por la violencia, el hombre se destruye, se deteriora. Mata, pero también muere. Les perjudica y no están nunca contentos.



¿Qué salida les queda entonces a los hombres?


Creo que la historia de la masculinidad ahora está marcada por los hombres que perciben y entienden su sufrimiento. Pero no creo que tengan que venir los hombres a salvar a las mujeres. Somos las mujeres las que estamos auxiliando a los hombres para percibir cuánto daño les hace el mandato de masculinidad y cuánto les puede interesar a ellos construir nuevos modelos de masculinidad. Sin modelos de llegada, es decir, sin modelos fijos e ideales que tenemos que cumplir, porque esos modelos siempre pueden volverse autoritarios. Pero para eso hay que prestar mucha atención a los más jovencitos.

En las escuelas de Secundaria a las que he ido últimamente, hay muchos chicos que hacen un esfuerzo enorme por no ir en la dirección del machito. Hacen un esfuerzo enorme y creo que es por ahí por donde uno puede constituirse sin ese mandato de masculinidad.



La masculinidad está cambiando, pero si todo cambio abre un proceso de crisis, esta crisis también puede ser capitalizada por la reacción. ¿Qué piensas sobre el repliegue masculino hacia posiciones conservadoras?


Creo que la reacción responde a una agenda. Muchos hombres que se repliegan ahí están siendo captados por una agenda reaccionaria de todos aquellos que perciben que desmontando el mandato de la masculinidad y deshaciendo el orden patriarcal se está en riesgo de que todos los poderes caigan por tierra.

Y aquí aparece el fascismo para capitalizar ese repliegue. Y eso es porque, por definición, el voto fascista es un voto característico de personas con resentimiento. Y hay varios tipos de resentimiento. Hay personas que sienten que no han recibido el debido respeto, ni el debido aprecio. El fascismo es una estrategia. Mediante el señalamiento de un enemigo común, consigue construir un rebaño masivo de aliados. El fascismo es una política del enemigo. Todas las políticas del resentimiento, que campan más cuando la insatisfacción se amplía, buscan un enemigo común. Los migrantes y las mujeres, en ese sentido, son un blanco fácil. El nuevo fundamentalismo vuelve a ver a la mujer como en la época de las brujas. Y eso hace resurgir un patriarcado político, que es un orden que luego se va a revestir de discurso religioso, discurso moral, etc. Pero que el fondo es un orden político de dominación. El patriarcado es funcional al orden de los dueños. Ese patriarcado que dice que la mujer debe ser sometida y la demoniza.



¿Entonces el feminismo apunta al verdadero corazón de la estructura patriarcal que sostiene el orden de las cosas?


¡Por supuesto! ¡Y esto el poder lo sabe! El poder entiende que el feminismo que no tiende al poder puede desestabilizarlo todo. Por eso hay que tener cuidado con cierto feminismo que es patriarcal, es un feminismo que tiende al poder.



¿Te refieres al feminismo liberal?


Sí, pero no solo. También a algunos feminismos radicales. El feminismo tiende a disolver el poder porque lo distribuye. El feminismo busca un mundo vincular, donde la reciprocidad es uno de los valores centrales. Pero hay una voluntad por parte de algunos grupos de que exista una verdad feminista única y que las otras se supriman. El intento de vanguardizar lo veo muy feo. Porque una de las características de la practicidad feminista es que es pragmática, no verticalista y principista. La politicidad femenina es un trabajo arduo, pero no va por ahí. Así vemos que hay grupos que se dicen feministas pero que se comportan de forma patriarcal, intentando tomar el poder en un sentido patriarcal.

Por eso creo en el “Let it be” de los Beatles, deja que el tiempo actúe en nosotros. Abandonar esa visión utopista que define el camino que debemos recorrer porque tiene el objetivo claro. Esa visión tiende al autoritarismo.



En España este debate que enfrenta a varios feminismos se enfoca en el papel de las mujeres trans, en las trabajadoras sexuales y las mujeres racializadas. ¿Qué opinas sobre esto?


Al final es el debate sobre si las mujeres que tienen otros cuerpos pueden o no estar en la manifestación del movimiento. Eso en Argentina afectó mucho al movimiento Ni Una Menos. Casi hasta amenazarlo con romperlo. La presencia de que no puede haber otro cuerpo que no sea el de mujer. Me sale otra vez el “Let it be”. Hay que dejar ser, hay que dejar suceder. No podemos prevenir los males que pueden ocurrir si otros cuerpos aparecen junto al feminismo. ¿Para qué prevenirlo ahora? Vamos viendo lo que sucede, vamos viendo lo que pasa. No nos debemos olvidar de la diferencia entre el movimiento del Me Too y el movimiento del Ni una menos en Argentina. No tienen nada que ver el uno con el otro. El Me Too es mucho más pequeño, mucho más circunstancial y tiene otra estructura, y se refiere a otra historia de nación. El Me Too se dirige al Estado, el Ni una menos se dirige a la propia sociedad. No le pide nada al Estado, reflexiona sobre el periodo de cambio de la sociedad. Algo totalmente diferente.

El Me Too viene del feminismo norteamericano. Un feminismo que, salvo algunas raras excepciones, yo llamo feminismo ‘pilgrim’ (peregrino), el feminismo de los peregrinos puritanos fundadores. ¡Es un feminismo puritano! Por ejemplo, mis hijos fueron a un colegio en Estados Unidos y ese colegio tenía puesto en las paredes “No PDA”. “No Public Displays of Affection”, No muestras públicas de afecto… No quiero eso en mi vida nunca. Y por eso hay que tener mucho cuidado con la pauta puritana. Hay un error muy grande que está ocurriendo en algunos feminismos: es necesario que nuestras muchachas y muchachos puedan negociar su deseo cara a cara, cuerpo a cuerpo. Entregar al Estado o a los otros la negociación de nuestro deseo es un error muy grave… Yo puedo decirte “me gustas”, tú puedes decirme “me gustas”, vamos a negociarlo, sin ofensa. Esta habiendo una presión para entregar a una instancia ajena la negociación de nuestro deseo. Y eso no puede ser así.

El feminismo surge de prácticas muy prolongadas, tradiciones de colaboración y horizontalidad, y pluralidad absoluta. Y deberíamos mirar hacia ese momento donde no hay vanguardia, no hay una hegemonía de un sector que conduce al resto. ¿Cómo vamos a entender eso con la prohibición de la prostitución? Una cosa autoritaria en extremo. No creo que pueda haber esos autoritarismos en el movimiento feminista. La politicidad de la mujer es un soltar, no un prohibir. Claro que la prostitución y el prostíbulo es una de las grandes escuelas de la pedagogía de la crueldad masculina. Los hombres van en grupo y no buscan tanto el acceso al cuerpo de la mujer, sino otra cosa: la celebración de la masculinidad, generar un pacto de complicidad entre hombres, etc. El hombre no va solo al burdel. Va en grupo. Y, por lo tanto, es un problema social de género. Pero no creo que la criminalización lo pueda solucionar. Porque la trata ya es ilegal, y eso no la ha abolido. La prohibición no es la eliminación del problema, es más bien la invitación a una clandestinización mayor todavía.



¿Qué futuro ves entonces para el feminismo en los próximos años?


Por mucho tiempo pensé que el feminismo no estaba consiguiendo llegar a destino. Los feminicidios no paraban, la violencia crecía cada vez más. Pero hoy pienso que las mujeres estamos tocando el núcleo de la reproducción del poder: el patrón patriarcal. Por primera vez veo posible el acceso a una nueva politicidad y una nueva era social. Pero no viene por el Estado. Viene por las prácticas de las mujeres mismas, que son las guardianas del arraigo, del tejido de los vínculos. Y mi esfuerzo ahora es demostrar que esas prácticas de ese tejido del vínculo son políticas. En ese tejido se esconde una política distinta. Las marchas de mujeres no son como las de los sindicatos, partidos políticos o movimientos masculinos. Tienen otras características: son festivas, son lúdicas, son amorosas. Allí se generan amistades inmediatas, son físicamente próximas. Y todo eso genera vínculos, que son el soporte de la vida. Está habiendo un viraje para comprender que los soportes de la vida están ahí, y hay que cultivarlos y ver su contenido político. Además, lo que nos dice que estamos llegando a destino es la reacción de los que nos odian. La reacción violenta de los de siempre es la medida de lo que estamos avanzando.

Nuestros cuerpos no quieren tu opinión

(Lavaca.org)

Se habla del miedo a que la cuarentena termine y nos encuentre gordos, gordas, gordes. Se habla en la televisión, en las redes sociales, en las mesas familiares, en los grupos de WhatsApp. De lo horribles que vamos a terminar. Hay memes riéndose de los cuerpos que no encajan, de que ahí no hay belleza, ni salud, ni placer. ¿Qué genera esto? Me pregunto y lo pregunto”. Nuestra compañera y socia de Cooperativa Lavaca, Jimena “Pichi” Carol, lanzó una encuesta con estas preguntas en su cuenta personal de Instagram y recibió más de cien respuestas. Un texto y un video no sólo para decir “basta”, sino también para pensar qué redes construimos para cuidarnos.

En las redes sociales se habla mucho de la alimentación. Y no me refiero a quedarnos sin comida, o que exista la posibilidad de que algunes no tengan para comer.

No.

Se habla del miedo a que la cuarentena termine y nos encuentre gordos, gordas, gordes.

Se habla en la televisión, en las redes sociales, en las mesas familiares, en los grupos de WhatsApp.

De lo horribles que vamos a terminar. Hay memes riéndose de los cuerpos que no encajan, de que ahí no hay belleza, ni salud, ni placer.

¿Qué genera esto? Me pregunto y lo pregunto.

Llegaron más de un centenar de respuestas.

Ninguna de las sensaciones que genera el ver un cuerpo «gordo» como foco de burla es positiva, esta sensación no deja afuera a nadie, es violento y sobre todo no es gracioso.

Por un lado sostiene y reconfirma las exigencias sociales: hay cuerpos que están bien, y cuerpos que están mal.

Por el otro: algunos cuerpos, mi cuerpo, son la pesadilla post-pandemia que nadie debería permitirse bajo ninguna circunstancia.

Quienes se encuentran pasando esta situación de aislamiento en soledad y se ven afectados por la «humorada» de reírse del cuerpo gordo como aberración y símbolo de inactividad le suman una exigencia más a este periodo de hiper conectividad y redes sociales: “Ser feliz con el tiempo libre, entrenar, probar nuevas recetas pero no las comas porque vas a engordar»

En otros casos quienes pasan el aislamiento con otres y reciben comentarios sobre sus cuerpos, sobre qué deberían comer, de qué modo y en qué momento, se tiñen de angustia e incluso el momento de comer se convierte en un momento de malestar, ansiedad e inhibición, que muchas veces termina acompañado de atracones o pérdida del disfrute.

Todo esto recibimos en las respuestas a la pregunta: ¿qué te generan los memes que circulan?

Alguien dice: «Cada vez que alguien me señaló mi cuerpo como un espacio fallado que debería modificar y que con lo linda que era solo debía cerrar la boca, resultó todo lo contrario: la situación final fueron atracones voraces»

De esta voz se desprenden muchas voces que nos cuentan que las dos sensaciones más recurrentes frente a estos comentarios son: el auto-odio o pérdida de autoestima y la ingesta descontrolada o los desórdenes alimenticios (muchas veces a largo plazo).

Argentina es el segundo país del mundo con más casos de trastornos alimentarios. En nuestro país el 45 por ciento de las causas de bullying que sufren niñas y adolescentes se relacionan con la belleza.

La tarea de NO opinar sobre el cuerpo ajeno es para todo los días. Si en esta cuarentena ponemos en práctica reservarnos nuestros comentarios sobre los cuerpos ajenos solo para solamente quienes nos los piden quizás se nos haga costumbre y sea un aprendizaje más que nos deja este contexto de barbijos y alcohol en gel.