Por Franco Sampietro

 No creo en la moral en bruto, sino en la moral situada: una moral donde quepa la circunstancia en que se actúa. En otras palabras, donde la situación particular sea la que determina, en cada caso, el valor cabal del acto.

 De modo que, pese a la desmesura de lo que paso a referir, han de pesarse las vivencias de sus personajes (alguien dijo que un año de vida lumpen equivale a siete años normales) así como lo conservador de nuestro medio (donde suele prosperar una atmósfera de fascismo mágico) a la hora de juzgar su cachetada a la rutina. En cuanto a mi vínculo con ellos, no es más que el de un escritor de ramos generales, que sabe que los caminos son más importantes que Roma. De modo que no me une el amor a sus personas, sino el espanto al mundo.

 Lo cierto es que vivimos en una ciudad atosigada de imágenes que descolocan a quien cree conocerla, y si bien de un tiempo a esta parte se ha llenado de mendigos de todo calibre: chapacos empujados por la miseria del departamento, el asedio del covid y la avidez de la rosca; collas clásicos del gremio que han tirado el ancla desde la época insólita del gas; argentinos sinvergüenzas viajando sin un peso al límite de la indigencia; venezolanos varados a la deriva sin remos, no se sabe si muy tirados o muy avivados con el catolicismo nativo.

 De todos estos casos, me interesa sobre todo el último, por ser el más sui géneris; dentro de éste, el que quiero comentar en este espacio.

 Porque en efecto, los más pintorescos de los mangueros de Tarija son los venezolanos del éxodo, que parecieran responder a un ethos menos preocupado por escapar de una realidad de hierro que por vivir una errancia aventurera, y porque se les nota, más que a los demás del gremio, que le tomaron el tiempo a la sociedad que manguean.

 Correcto: prácticamente sólo en Tarija los venezolanos se dedican únicamente a la mendicidad o su solapa, ya que en el resto del continente trabajan como sus pares inmigrantes o de la clase obrera. Saben –se da cuenta cualquiera al primer golpe de vista- que la garra eclesiástica y su piedad tóxica estrangula y doblega a sus masocas vecinos.

 De modo que es de esa guisa que conocí a la cuasi familia: mamá, hijo e hija; por la zona del Parque Bolívar. La madre, con un nombre de puta como Samanta, Alexia o Solange (que ahora no recuerdo y que le pregunté al comienzo) es casi negra, robusta, musculosa tirando a gorda, directa, irreverente, a veces, insultadora. Parece a simple vista de unos 50, pero no debe llegar a los 35 (algo que fui deduciendo). Pide directamente limosna, frontal y agresivamente, con prepotencia: como si en lugar de mangueando estuviera cobrando. Como si la sociedad le debiera, y uno tuviera la culpa por ser parte de esa entelequia. Sus dos hijos, en cambio, son más sutiles y la superan en recursos. No manguean directamente, sino que aparentan estar vendiendo. Saben hacerlo, son ya consumados maestros de la venta. El mayor tendrá unos 14, también moreno y de rasgos más aindiados que negroides, alto, elegante y espigado, con un vocabulario admirable para sus años. Se dedica a los caramelos. Los ofrece a los transeúntes sonriendo. La menor, a lo sumo llegará a los 10 años, pelo rubio natural y tez dorada, ojos dulces y exóticos del color de la miel pura (casi amarillos, se diría), de una belleza radiante en su condición de niña, de una genética que parece, más bien, provenir de un papá polaco o eslavo que de una madre mulata (al punto que pareciera adoptada) y con un aura desconcertante. Se dedica a los kleenex. De los tres figuras, la última es de lejos la que más recauda; también, la más inquietante.

 Varias veces cualquiera se habrá topado con ellos. Se habrá sentido atropellado, en apuros. Porque los tres se distinguen por eso: saben poner incómodas a sus víctimas. Encima, trabajan los tres cerca: en equipo. Cuidándose. Con códigos de control y esquemas de abordaje que funcionan como instintos. Es muy difícil, entonces, zafar de su cerco.

 La habilidad del hijo asombra por la soltura y la educación con que ofrece, lo que sumado a su cara de niño, enternece; hay que ser muy insensible para resistirse. Él se pone a hablar, a comentar, a sonreír; se pasa de comedido. Uno no quiere comprar, por supuesto, pero insiste, y lo hace tan bien y de un modo tan amable, que para sacárselo de encima uno decide darle dinero y que se guarde sus caramelos de mierda. Pero su rostro se demuda: “señor, usted me ofende” –alega-, “yo estoy trabajando, ganándome la vida”. Y se pone muy serio, como insultado, dejando a uno como un cojudo, totalmente en orsay. Muchísimo peor si uno –el gran boludo- se encuentra en compañía de una fémina. Y ahí nos da el golpe de gracia, ya que se acerca a la amiga y la mira a los ojos, pero le habla al varón: “¿me permite regalarle un dulce a la señorita?”, con lo cual descoloca del todo a la pareja, porque acaba vendiendo a los dos caramelos, cuatro veces más caros que en la tienda.

 La niña, por su parte, es una muñequita exótica. Pero además es simpática, despierta y pícara. Se diría que vende con los ojos; no sólo el color insólito, sino la forma almendrada y un brillo excesivo que muestra una fuerza interior que la desborda: parece que fuera un ser predestinado (¿a qué?, dicha incógnita es su mejor arma). Ya podemos imaginarnos lo que será en un tiempo breve, cuando le haga decir a lo más granado de la juventud de este pueblo lo mismo que William Shakespeare a Romeo: “ella enseña a brillar a las antorchas”.

 Sabedora de esa eficacia, no sólo aborda a los transeúntes, sino que asedia a las mesas de los cafés y los bares. Deja encima una bolsita de kleenex y se queda mirando; cuando uno le dice que no, ella pone su carita inverosímil y ruega: “por favor, señor, dele, compremé, solamente por hoy”, y no hace falta nada más, porque habría que ser un monstruo para resistirse. Entonces nos encaja una bolsita –o dos o más- a 5 bolivianos cada una, cuando valen 2 o menos en todas partes. Uno, a veces –desarmado- hasta le acaricia la cabeza, o le pregunta por su nombre o por su padre, a lo que alega con ternura (que parece una forma feral de inocencia) que “papito murió hace años”. (Su hermano, en cambio, responde que “papá está en la cárcel”, y su madre que “ese hijueputa se fue con otra”).

 Pero el verdadero espectáculo es ella, la madre, que pide a los gritos. Y sí, pertenece al fin y al cabo a una cultura que habla alto y con las manos, encima tiene sangre africana y por ende es desenfadada; pero si se le suma la cloaca que hace de boca, realmente la situación es incómoda. Con tal de sacársela de encima uno mete la mano en el bolsillo y busca una moneda. Pero la loca se hace la que está loca y directamente agarra del brazo, espetando en la cara si le parece a uno que con eso puede alimentarse a una familia. Como encima es bruta, además de pesada, uno se zafa molesto y dispara. Pero persigue y acosa. Camina acortando los ángulos, como en el boxeo; bloquea al elegido, que tuvo la debilidad de mostrar que las apariencias le importan. “Se lo pido por favor, joven (aunque el susodicho pase los 70 años), hoy sálveme”, y lo dice a los gritos casi al borde del llanto, cosa que la víctima tenga bien en claro que a menos que se arriesgue a un escándalo hoy ha sido cazado.

 El plumista que esto les cuenta se los topa seguido. Para sacárselos de encima ha tratado de ser con ellos más caradura y desubicado. Con la matriarca, como era natural, acabó colisionando: ella terminó puteándolo y pidiéndole que se fuera.

 Sin embargo, como el mangueo es para esta gente ininterrumpido, universal y unánime, ella a veces le pide sin haberle visto la cara. Cuando se da cuenta del error, alza la mirada más allá de su frente y sin perder la calma, simplemente le lanza: “ah, eres tú, gonorrea; si estás más tirado que yo misma”, y se da la vuelta como ofendida, en busca de otra presa.    

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