Polarización, medios y culpas: Argentina y el triste saldo de una pandemia que ya mató a más de 100.000 personas

Cecilia Gonzalez

Para empezar, lo más importante: un año y cuatro meses después de haberse confirmado el primer caso de coronavirus en Argentina, la pandemia ha dejado un saldo de más de 100.000 muertos. Y la cifra aumenta todos los días.

Todas estas personas son las principales víctimas de la tragedia que asola a la humanidad desde el año pasado. Tenían nombres, rostros, vidas, sueños, proyectos. Sus familias siguen sumidas en un duelo que debería ser acompañado respetuosamente por la sociedad, alejado por completo de la radicalizada discusión política que arrastra el país desde hace años y que tanto ensució el diseño y análisis de las estrategias que se aplicaron con la intención de morigerar la pandemia.

Pero esperar esa madurez, lo sabemos, es misión imposible.

Más allá de filias y fobias, de lecturas según la conveniencia ideológica, los datos son muy concretos: Argentina es uno de los países más afectados por el coronavirus y el Gobierno, como máximo responsable de diseño de las políticas sanitarias, debe rendir cuentas.  

Con esta escala de víctimas, que seguirá incrementándose porque, recordemos, la pandemia está muy lejos de terminar, Argentina ocupa el décimo segundo lugar a nivel mundial entre los países con mayor número de muertes y el décimo tercero en muertes por cada millón de habitantes. Si sólo se analiza Sudamérica, asciende a una indeseable cuarta posición.

La esperanza, como en el resto del planeta, son las vacunas. Y Argentina ya vacunó al 11 % de su población con dos dosis y el 44 % ya recibió por lo menos una. La campaña se acelerará en las próximas semanas.

Las razones de que la pandemia haya impactado tan fuerte en este país son múltiples y seguirán debatiéndose durante mucho tiempo. Y, como pasa con todo en Argentina, en los balances predominará la polarización. Oficialistas y opositores se echarán culpas mutuas. Será un pleito de nunca acabar.

Oficialismo

La crisis sanitaria estalló cuando el peronista Alberto Fernández llevaba apenas tres meses en la presidencia. La inédita alianza que forjó al inicio de la crisis sanitaria con el jefe de Gobierno de la ciudad de Buenos Aires, Horacio Rodríguez Larreta, sorprendió hasta a los más escépticos. En el álgido clima político argentino, hasta entonces era impensable que políticos rivales se mostraran unidos.

Pero ambos lo lograron. En esa primera etapa, Argentina se convirtió en un inesperado ejemplo de civilidad política en el que los adversarios partidistas trabajaban juntos y aplicaban una estrategia que, con sus diferencias, se iba generalizando en el resto del mundo y que incluía un cierre de fronteras (que todavía hoy se mantiene) y cuarentenas estrictas e intermitentes (de las que ya no queda casi nada).

La popularidad de Fernández se disparó hasta un 90 %. Pero la conciliación se desdibujó cuando la pandemia comenzó a alargarse. La buena relación, las fotos grupales, las decisiones asumidas en equipo, se terminaron. Y, otra vez, el presidente fue el principal blanco de las críticas. Unas, fundamentadas. Otras, de plano inventadas.

Hay una frase que marcó la primera etapa de un Gobierno que, al igual que el resto del mundo, intentaba enfrentar al coronavirus durante la marcha, casi a ciegas. «Prefiero tener un 10 % más de pobres y no 100.000 muertos», dijo Fernández en una entrevista en abril del año pasado, cuando había poco más de 2.00 casos positivos y apenas habían fallecido 89 personas. Todavía no se sabía que la pandemia duraría tanto y que, aquí, sería tan fatal.

Tampoco podrá olvidarse el escándalo que protagonizó el exministro de Salud, Ginés González García, al autorizar la instalación de un vacunatorio en el que se inocularon de manera irregular decenas de amigos y funcionarios. El escándalo, que empañó los esfuerzos del oficialismo en impulsar la campaña de vacunación, le costó el puesto.

Oposición

Durante año y medio, la prensa y la clase política opositoras han desempeñado un papel particularmente deplorable.

Promovieron marchas contra la cuarentena, que en realidad eran contra el gobierno, y que fueron presentadas una y otra vez como una épica a favor de una libertad que jamás estuvo en riesgo. Difundieron datos falsos, manipularon y distorsionaron la información. Especularon, mintieron e incitaron discursos de odio para violar cualquier medida que impusieran las autoridades.

También crearon lemas basados en premisas falsas que se diseminaban con éxito en el amplio conglomerado de medios antiperonistas. Rechazaron la llegada de médicos cubanos porque eran «espías comunistas». Denunciaron que, con el pretexto de la pandemia, estaban liberando «a violadores y asesinos en masa»; que se había impuesto «la cuarentena más larga del mundo»; y que el Gobierno impedía las clases presenciales porque «no le importa la educación».

Aunque el condenable escándalo del ‘vacunatorio VIP’ sólo involucró a decenas de personas, instalaron la idea de que los peronistas «se robaron las vacunas». Otra campaña exitosa en términos discursivos fue la promoción del éxodo en masa a otros «países normales» porque en Argentina «no hay futuro». Por eso abundan las notas sobre los mejores países para radicarse, las mejores democracias para vivir, los países en donde es más fácil obtener la nacionalidad.

En resumen, dijeron que en Argentina había un gobierno fascista, dictatorial, que pretendía cercenar libertades, estatizar la economía, imponer un sistema comunista y convertir al país «en Venezuela».

Irresponsabilidad

«Al virus lo frenamos entre todos», aseguraron las portadas de todos los diarios el 19 de marzo del año pasado, en los albores de la pandemia.

No tardaron mucho en olvidar ese compromiso. La polarización volvió rápidamente porque lo más importante para los medios y periodistas opositores era desacreditar a un Gobierno que detestan, así fuera a costa de incrementar los riesgos sanitarios.

Una de las mayores irresponsabilidades tuvo que ver con las vacunas. Pusieron todo en duda. Los titulares se regodearon con supuestos efectos negativos que, muchas veces, estaban desacreditados en las propias notas. Con estigmatización, prejuicio e ignorancia, pusieron de moda la pregunta: «¿te pondrías la vacuna rusa?». Querían que la población desconfiara. En muchos casos, lo lograron.

Una vez comprobada su efectividad, reclamaron porque no llegaban las vacunas. Cuando llegaron, no eran suficientes. «No hay vacunas», vociferaban mientras arribaban aviones con millones de dosis. Hicieron ‘lobby’ por determinados laboratorios mientras denunciaban sin pruebas que el Gobierno había «ideologizado» la compra de vacunas. 

Cómo olvidar a la excandidata presidencial que llegó a denunciar al Gobierno por «envenenamiento y atentado a la salud pública». A la periodista que tomó cloro en vivo, que llamó a incumplir las restricciones y dudó de la existencia de la pandemia y de la estela de muertos.

O el expresidente que dejó al país más pobre, con mayor deuda, inflación, con una grave crisis económica, y que, ya instalado en la comodidad del sillón opositor, aseguró que él habría manejado mejor esta crisis.

Fueron tantos los que lucraron con las víctimas. Y eso también quedará en la historia.

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