Luna llena

Jose Pablo Feimann

La cuestión sería: ¿el ser humano es “inhumano” cuando comete atrocidades y “humano” cuando es generoso y ayuda a su prójimo? Estaba leyendo materiales sobre el caso del célebre asesino serial Ted Bundy cuando encontré que varios diarios de la época (fines de los sesenta comienzos de los setenta) le decían “animal”. Ted Bundy vendría a ser un animal inhumano y (pongamos) Martin Luther King sería un personaje humano. Un humanista, como suele decirse.

¿Quién fue Ted Bundy? Era un tipo pintón, sonreía más que con frecuencia, era joven y tenía una facilidad enorme para hablar, argumentar y –por consiguiente- seducir. Nadie que lo viera podía asustarse, tomar recaudos, preocuparse. No, a simple vista Bundy era alguien que podía presentarse en cualquier parte sin despertar la mínima sospecha de su condición de asesino serial. No tuvo una infancia demasiado problemática. No sufrió penurias económicas. Nadie lo castigó. Nadie abusó de él. Y mató a treinta y seis mujeres.

Cuando se estrenó el film La caída de Olivier Horshbiegel, con un Hitler que Bruno Ganz hizo de modo admirable, se le criticó que presentaba a un Hitler “humanizado”. ¿Cuál es el problema? ¿No era humano Hitler? Hitler fue uno de los personajes más perversos de la historia humana. Pero fue parte de esa historia, fue humano. Auschwitz, Treblinka y Dachau fueron obra de la condición humana. Sólo los seres humanos son capaces de engendrar esos horrores. Los animales no. Los animales son víctimas de la devastación humana de la naturaleza.

Ted Bundy –como el Führer alemán- fue un asesino serial. Sin duda mandó al muere a menos gente que Hitler, pero es un paradigma de asesino serial. Esta clase de personaje surge con el célebre Jack, el Destripador de la Inglaterra victoriana. Tienen –Bundy y Jack- una coincidencia: sólo mataban mujeres y las destripaban.

De Jack the Ripper se sabe poco. Se dice: desapareció entre las nieblas de Londres. Tenía un humor macabro, como le correspondía. Cierta vez, escribió a la policía una carta que contenía un riñón. “No mando el otro porque me lo comí”, concluía. Ted Bundy fue atrapado y ejecutado en la silla eléctrica de Florida. Le hicieron dos juicios. En el primero echó a su abogado y asumió su propia defensa. Se presentaba en la corte bien trajeado y con un notorio moño de color en lugar de corbata. Tenía una poderosa elocuencia. Se defendió con toda pasión y con una inteligencia que deslumbró a todos. Tuvo novias y una a la que amó. Paradójico (o no): un asesino serial que mataba mujeres se enamoró de una y fue bueno y tierno con ella.

Bundy trataba de evitar que lo frieran en la silla eléctrica. No quería morir. Pero no lo pudo evitar. Las pruebas se acumulaban y no conseguía convencer al jurado. Siempre, sin embargo, parecía estar de buen humor. La silla eléctrica lo esperaba. Es conocida (creo) mi posición ante la pena de muerte. Es un asesinato premeditado y frío. El condenado sufre y no le ahorran ese sufrimiento. La inyección letal es casi más cruel. Tiene un componente “científico-clínico” que no disimula su crueldad aberrante. Le revientan los pulmones y el corazón a la víctima del Estado. No hay que matar. Cuando el Estado de Israel ahorca a Eichmann incurre en su misma ética y estética. Un grave error.

Jack the Ripper se ha transformado en un ícono de la historia británica. Hasta tiene un museo. Se han escrito novelas, cuentos, se han hecho películas sobre el personaje. Despierta una gran fascinación. Quién era. Arriesguemos nuestra hipótesis. Era el médico de la reina Victoria. Un Lord de la Corte se había enfermado de sífilis en Whitechapel. Tras su muerte el médico de la reina (que lo quería mucho) decidió vengarlo y empezó a faenar prostitutas. Al ser miembro de la casa real y tan cercano a la reina la policía no se atrevió a detenerlo. Cuando al vengativo médico le parecieron suficientes las prostitutas castigadas se detuvo en su obstinación criminal y se cobijó entre los pliegues inaccesibles de la intocable Victoria.

Bundy no tuvo esa suerte. Pero sigue teniendo admiradores. Los psicólogos han metido mano en esto y lo calificaron de enfermo bipolar. Puede ser. Pero esto alivia a la condición humana. Y no. Cualquiera –en determinadas circunstancias- puede matar. El hombre es el lobo del hombre. Y si no, recordemos ese pequeño y estremecedor poema sobre la licantropía: “Aún el hombre puro de corazón/ que dice sus oraciones todas las noches/ se convertirá en un lobo cuando salga la luna llena”. 

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