El inquietante futuro de los robots asesinos autónomos

Luis Gonzalo Segura

Libia no solo se ha convertido en una de las tierras quemadas de Estados Unidos en el mundo, uno de esos inframundos olvidados en el que las armas, la guerra, el hambre y la muerte convergen en un laberinto del que es casi imposible escapar, sino que también se ha convertido en el primer lugar del mundo en el que, al menos oficialmente, se han utilizado drones de combate autónomos contra personas. Es decir, robots asesinos que, sin ser controlados en remoto, han atacado a humanos. Por su propia voluntad. La distopía es el presente, amigos, no será que no fuimos advertidos.

Según un informe de las Naciones Unidas, publicado por la revista New Scientist, drones militares atacaron el año pasado en Libia de forma autónoma a seres humanos. El informe deja poco lugar a la duda cuando afirma en el punto 63 de la página 20 que «los convoyes logísticos y las fuerzas afiliadas a Haftar en retirada fueron posteriormente perseguidos y atacados a distancia por vehículos aéreos de combate no tripulados o sistemas de armas autónomos letales como el STM Kargu-2 y otras municiones de merodeo. Los sistemas de armas autónomos letales se programaron para atacar objetivos sin requerir la conectividad de datos entre el operador y la munición: en efecto, una verdadera capacidad de disparar, olvidar y encontrar«.

Si el mundo se encuentra cada día más cerca de convertirse, gracias al salvaje capitalismo impuesto por Estados Unidos, en una réplica de las desigualdades esbozadas en Los juegos del Hambre o El laberinto del corredor, esta última con pandemia incluida, mundos en los que las ciudades, amuralladas, concentran la riqueza para unos pocos mientras la pobreza asola al resto de la humanidad; si las sociedades occidentales cada día se parecen más a NosotrosUn mundo Feliz o 1984; la llegada de los robots asesinos a las guerras olvidadas eleva la puesta en escena a un nuevo género: Terminator.

Porque la robotización de la guerra es el presente y el futuro de los ejércitos, como queda demostrado no solo por el uso en Libia del STM Kargu-2 de origen turco, país integrante de la OTAN, sino porque Turquía ha utilizado esta tecnología en los últimos enfrentamientos en Siria o en Nagorno Karabaj, donde no solo realizaron actuaciones puntuales o auxiliares, sino que fueron utilizados por las fuerzas turcas como eje fundamental de su campaña aérea. Lo que se debe, especialmente, a que el STM Kargu-2 cuenta con la capacidad de formar enjambres y atacar de manera automática sin ni siquiera conexión.

La imagen de un enjambre de drones con cámaras de video y capacidad para aprender a detectar movimientos de unidades militares y abatirlas causaría escalofríos a cualquiera: que miles de drones armados y coordinados destruyeran cuanto encontraran a su paso, humanos incluidos, sería una escena terrorífica para la mayoría, pero idílica para la industria militar. De hecho, gracias a los buenos resultados de los drones turcos, países como Qatar o Ucrania ya se han interesado por su adquisición. La OTAN y sus aliados, siempre dispuestos al progreso.

Konnichiwa, Baby

Estamos a escasos años de culminar en una fábrica el montaje de un Terminator cuyo impacto en los escenarios bélicos es absolutamente predecible, pero cuyas consecuencias globales seguramente no hayan sido correctamente calculadas. Ciertamente, la robotización de los ejércitos es imparable, pues los drones aéreos ya no son objetos volantes no identificados en gran parte de los ejércitos del mundo, ni tan siquiera son accesorios, sino que cada vez se encuentran más cerca de convertirse esenciales. Una robotización impulsada por las ventajas que ofrece: menor coste económico, humano y mediático. Esto es, el gran sueño americano: un Vietnam, un Irak o un Afganistán sin norteamericanos muertos. El olor del napalm por la mañana en automático.

De hecho, debemos tener en cuenta que la robotización militar no solo se compone de drones, pues el mercado militar de robots está en auge: los vehículos militares navales no tripulados ya facturan más de 1.500 millones dólares y se espera que en solo cinco años lleguen a los 4.000 millones anuales. De la misma manera, los vehículos terrestres no tripulados están empezando a introducirse en los ejércitos, hasta el punto de que las previsiones actuales cifran en más de 10.000 millones de dólares el negocio que generarán durante esta época. Incluso los humanoides, es decir los futuros Terminators, están integrándose en los ejércitos más punteros del mundo.

Sayonara, Baby

Culminado el negocio, alcanzada la cumbre de la robótica militar y terminada la carrera de la robotización militar, las bases geopolíticas actuales pueden quebrar por varias razones. En primer lugar, se producirá una reestructuración de poderes a nivel mundial que nadie sabe muy bien a quién beneficiará. Y, en segundo lugar, la reducción del coste humano y mediático de las intervenciones militares puede derivar en un aumento de las operaciones contra el terrorismo y las misiones de paz. Porque, ¿qué detendrá a las grandes naciones a intervenir militarmente cualquier país que se les antoje si a la población occidental poco o nada les importan los centenares de miles de muertos por conflictos bélicos, los millones de personas en situación de pobreza extrema y hambre o los millones de desplazados o refugiados que vagan por el mundo siempre y cuando no sean nacionales?

Quizás, con suerte, se produzca un equilibrio de fuerzas que mantenga los actuales niveles de desigualdad, abuso y pobreza, aunque en un escenario completamente diferente al actual, pero solo plantearlo, aterra. Aterra pensar lo que pueden llegar a ser capaces de perpetrar los norteamericanos con un ejército de robots asesinos cuando han convertido casi toda América Latina en la hacienda de sanguinarios dictadores y élites avariciosas o han incendiado Oriente Próximo o el Magreb sin ningún escrúpulo en base a sus intereses. Aterra pensar qué hará la potencia o las potencias que finalmente obtengan la victoria en la carrera armamentista de la robotización. Y aterra pensar en las consecuencias que esta robotización tendrá para esos ciudadanos a los que a día de hoy les importa un carajo que Turquía haya violado el párrafo 9 de la resolución 1970 (2011) al usar robots asesinos autónomos.

Unos ciudadanos que poco dirán mientras se beneficien en comercios textiles o gasolineras de las intervenciones de robots asesinos autónomos en medio mundo, pero que, antes o después, sufrirán las consecuencias. Porque tras Terminator, como tras internet o el vídeo, llegarán Ex MachinaLos sustitutos y, claro está, Yo, Robot. Prostitutas, empleados de limpieza o acompañantes robotizados se generalizarán en relativamente poco tiempo, ya está sucediendo… y tras ellos llegarán los policías. Y es que, antes o después, la policía será esencialmente robotizada, al menos las unidades de choque, y ello tendrá consecuencias directas en el control de masas por parte de las élites, de tal forma que revueltas como las acaecidas en Chile, Ecuador, Perú o Colombia serán aplastadas sin miramientos o las favelas brasileñas serán intervenidas. Porque lo que hoy pasa en Libia, mañana podría pasar en las calles. En cualquier calle.

La retirada caótica e improvisada de EE.UU. (y la OTAN) que puso a un país al borde de la catástrofe

Alberto Rodríguez

Aquel septiembre de 1996 en el que los talibanes comandados por el Mulá Omar capturaron Kabul parece ya una fecha lejana. Muchos ya no recuerdan siquiera el Emirato Islámico de Afganistán creado en el 97. Parece una triste memoria del pasado que Pakistán, Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos llegasen a reconocer un Estado abiertamente terrorista que prohibió la música, la televisión, que impuso estrictos códigos de vestimenta, que prohibió a las mujeres prácticamente vivir fuera del hogar y se convirtió en el refugio mundial de al-Qaeda. Parece algo lejano, y sin embargo es una posibilidad cada día más real. Tras dos décadas de guerra en Afganistán la retirada desorganizada de los EE.UU., sin dejar un gobierno fuerte ni hacerse responsables del caos que han creado, es el escenario perfecto para que los talibanes recuperen el poder en todo el territorio afgano; poder que en las regiones rurales nunca dejaron de tener.

A un mes del inicio de la última etapa de la retirada de la OTAN de territorio afgano, los talibán han redoblado su actividad insurgente. Han conquistado decenas de posiciones y cinco distritos que el Ejército afgano no logra recuperar, y según los insurgentes aumentan la confianza en sí mismos, sus adversarios cada día están más desmoralizados con un Estado Mayor incapaz de liderar, organizarse, pagar salarios o siquiera evacuar a los heridos en zonas disputadas. Hay posiciones en las que los talibán ni siquiera tienen que luchar para conquistarlas. Según Zabihullah Mujahid, el portavoz de los talibán, alrededor de 1.300 miembros de las fuerzas de seguridad afganas se han rendido en el último mes. Si bien Kabul ha cosechado algunos éxitos en Laghman, han fracasado en Maidan Wardak, Baghlan y Helmand.

La retirada caótica e improvisada de la OTAN de Afganistán, sin haber sido capaces de articular un gobierno fuerte en veinte años, lejos de garantizar la paz, es una garantía del caos. Solo en mayo las fuerzas de seguridad afganas han abatido a 3.991 combatientes talibán y herido a 2.141. Al menos 248 civiles han muerto y 527 han sido heridos en ataques de los terroristas. Y al atender estas cifras hay que tener presente que son las que ofrece el bando que ha perdido el control de la situación. Porque los talibán ya no son solo terroristas, sino que se han configurado como un ejército insurgente con el objetivo de volver a capturar Kabul y establecer un nuevo Emirato Islámico, esta vez, tras someter a la OTAN; la mayor alianza militar del mundo.

Al momento de escribir este artículo llegan las noticias de cuatro explosiones en 48 horas en Pol-e Sohjteh, al oeste de Kabul, causando la muerte de 18 civiles y otros 20 heridos. Atentados que se suman a emboscadas al Ejército afgano, combates en Ghourian y atentados suicida contra sedes gubernamentales, que coinciden con la evacuación de la cuarta base norteamericana en territorio afgano.

Durante el día son pocos minutos en carretera los que separan las posiciones afganas de los talibán. Durante la noche esas fronteras directamente desaparecen. Los bastiones del gobierno de Kabul están rodeados y son pequeñas islas dentro de la inmensidad militante. Los talibán ya no quieren ser solo insurgentes sino el nuevo Estado afgano, y por ello en su territorio nunca han dejado de funcionar como tal, legislando con una de las sharías más estrictas y punitivas que existen. Con castigos que van desde el maltrato físico hasta la muerte por lapidación.

Pero las víctimas de los talibán no son únicamente aquellos afganos que quieren una vida secular. No. Las víctimas de los talibán son todos aquellos musulmanes que no se adhieren a su sharía estricta y radical. Son todas aquellas minorías como los hazaras que llevan sufriendo décadas de persecución y exterminio sistemático. Ni siquiera los niños están a salvo de las tácticas criminales de los integristas.

La retirada de la OTAN, pero más concretamente la de EE.UU., es una huida. Es una huida en un momento crítico, y una victoria de los talibán. Una victoria de los talibán porque el Estado afgano ya es incapaz de garantizar el monopolio de la violencia si es que alguna vez llegó a tenerlo. Los veinte años de intervención en Afganistán solo han servido para enriquecer a una nueva élite corrupta que ha perpetuado y agravado las diferencias entre la población urbana y rural. Son los mismos errores que han condenado al fracaso toda intervención en el Afganistán moderno. Los talibán no son el problema sino el monstruoso resultado de las contradicciones internas del país. Y por eso, sin haber cumplido los objetivos, sin haber solucionado los problemas, la OTAN se retira, dejando a su paso una alfombra para que los talibán caminen orgullosos y desafiantes hacia su victoria. La democracia, en los términos de la invasión, nunca fue una posibilidad, y el 11 de septiembre de 2021 será la confirmación de ello.