MÁS ALLÁ (Y ACÁ) DEL CENTENARIO DE ÓSCAR ALFARO

Querer ser escritor en Tarija

es suicidarse.

Edgar Ávila Echazú

Franco Sampietro  

 La idea que me viene a la mente cada vez que veo en los billetes los próceres de Bolivia (personajes como Túpak Katari, Apiawaiki Tupa o Zárate WillKa), es que se trata de sujetos que fueron grandiosos por padecer injusticias y esfuerzos sin cuento, al tiempo que el presente que les tocó en suerte los trató pésimo. La posteridad, sin embargo, los habría reivindicado: la prueba estaría en su rostro en los billetes, e incluso la misma sociedad se habría dado cuenta de su error anterior, cambiando de valores: precisamente el mensaje que se transmite es ése.

 Y sin embargo, los abusos de que fueron objeto los Katari, los Tupa, los Willka o los Moto Méndez, siguen sucediendo a diario como si nada, y todo apunta a que seguirán sucediendo mucho más todavía. El mensaje de ponerlos en los billetes, no es más que una muestra de intencionalidad vacía o un deseo de que algo que no existe pudiera existir un día…al tiempo que no se mueve un dedo para que eso suceda.

 Algo parejo ocurre con el prócer cultural tarijeño por antonomasia, Oscar Alfaro, del que se cumplen cien años de su nacimiento. En efecto: nos siguen recordando a diario el onomástico, a la vez que no se hace absolutamente nada concreto para homenajearlo. O más específico: todo se reduce a un absurdo concurso de logo publicitario. ¿Para un escritor?, ¿no correspondería, más bien, un premio nacional de poesía en su nombre, la edición de un libro crítico sobre su numen, la publicación de sus obras completas?, claramente no: estamos en Tarija.

 Correcto, estamos en Tarija: donde se nombra Director Departamental de Cultura a un fascista patotero sin la más mínima relación con la cultura. (Lo de fascista patotero: que pretendió, durante el golpe del 2019, crear un grupo de choque paramilitar como los impresentables “Resistencia juvenil cochala”; acá más impresentables todavía por copiones). (Por suerte, ya lo pasaron a otra área, donde hará –acaso-  menos el ridículo).

 En Tarija, exacto: donde el Gobernador reduce a la totalidad de los artistas a guitarristas borrachos “que están bien para un día de tomada, pero que no sacarán a Tarija de la crisis” (según declaró muy fresco el 19/12/20).

 Quien sin duda no sacará a Tarija de la crisis es Oscar Montes y su derecha iletrada, ya que mientras en el mundo circundante y desde hace medio siglo se prueba que la educación es la base del desarrollo, aquí se hace lo imposible para erradicarla. No sólo por el miserable presupuesto del 2 % de los recursos destinados al área, ni por los neófitos absolutos que manejan el rubro, sino porque incluso ya se eliminó la Secretaría de Turismo y Cultura de la Alcaldía. Uno se pregunta, entonces, a qué se destinarán los fondos, y no se asombra, así, del páramo que se vuelve a diario.

 No ha de sorprender, entonces, el contraste entre la publicidad sobre el Centenario de Alfaro y la falta de eventos y actividades sobre el mismo.

 Más aún: no ha de sorprender el total desconocimiento de la escritura y la persona de Alfaro, a quien definir como “poeta de los niños” es tan arbitrario como decirle “poeta de los comunistas” o “poeta de los cómicos” o “cuentista costumbrista”. Y sin embargo, ¿es esa definición inocente?: sin duda es la más inocua.

 En efecto: ¿quién fue el Óscar Alfaro verdadero?. En la exitosa novela boliviana Periférica Bld., de Adolfo Cárdenas, se afirma, no sin mala leche, que Oscar Alfaro (1921-1963) fue un “poeta malogrado”. Aquí podrían aparecer interpretaciones diversas, pero básicamente una: ¿qué se entiende por malogrado?. Siendo que fue un autor de índole torrencial, está claro que el adjetivo no se refiere a un potencial desperdiciado, sino a un hacedor frustrado. Es decir, alguien que merecía llegar más lejos de donde ha llegado.

 A poco de investigar en su biografía, salta a la vista que Oscar Alfaro no fue, precisamente, una persona con buena suerte. Que todo lo que produjo le costó esfuerzo y que sus logros lo fueron sin la ayuda del medio que le tocó en destino; más aún: en contra de una estructura que le puso trabas y que esperaba de él que repitiera el estereotipo de la Tarija feudal feliz de serlo. Desde el momento de nacer, en que su padre no quiso reconocerlo como legítimo, pasando por su ida despechada de Tarija al chocar contra un entorno reaccionario que le vedaba las puertas de trabajo, hasta el momento presente, en que su único hijo, heredero de los derechos de autor, limita a rajatablas la difusión de su obra incluso con fines ilustrativos, educativos y en el marco su propia tierra. (Es claro que el hombre tiene razón en reclamar un pago que por ley le tocaría; pero se equivoca de cabo a rabo al desconocer el suelo que pisa, ya que en Bolivia no existe el sistema editorial al uso y el escritor es algo así como el obrero de la cadena: el único que nunca gana).

   ¿Es Alfaro el máximo escritor tarijeño, como se dice invariablemente, al menos desde su muerte? (esto último, en virtud de que fue amargamente ninguneado en vida y reciclado después de muerto: cuando sus opiniones “comunistas” e “indigenistas” ya no molestaban a ningún poder local estatuido). Eso es algo muy difícil –si no imposible- de afirmar en una materia tan sutil y subjetiva como el arte. Probablemente, sí el más reconocido. En cuanto a calidad literaria, profundidad filosófica, cultura universal, estilo personal, originalidad de los temas y complejidad de la forma, lo más posible es que lo sea Jesús Urzagasti (si mantenemos el criterio de que el Chaco pertenece a Tarija). Visto en contexto histórico, el dictamen se nos complica.

Porque Oscar Alfaro tiene, además, un valor histórico: es el primer escritor que ve a Tarija desde el campesino y no desde el terrateniente, y el primero que ve al campesino chapaco como el mestizo que es y no como el hijo de español que se pretende que sea. Y al exponerlo desde esa esencia, no puede –en un medio profundamente injusto- dejar de tomar partido y chocar contra la clase dirigente que lo ha explotado siempre. 

 Otros –como Rodo Pantoja- se acercan también a ese ideario, pero apenas si se mojan la ropa al rozarlo; Alfaro, por así decirlo, se tira de cabeza al río. Y lo paga, como se nota en la amargura de fondo de sus poemas y ficciones, así como en el rencor vital con que canta sus ideas políticas extremistas (basta para ello ver la forma en que toma literal su estilo de versificación del revolucionario ruso Vladimir Mayakovski). Este aspecto, por otra parte, está más advertido por sus lectores no tarijeños que por los nativos, que conocen apenas un par de libros suyos: los Cuentos chapacos, las Caricaturas y alguna de las antologías de poemas para niños (que no son tan para niños como a simple vista pareciera). Y por supuesto, una obra maestra, que es casi un himno, flameando invicta en el éter de este pueblo, tan repetida que su mensaje explosivo ya pasa desapercibido: El chapaco ´alzao´, como es de perogrullo decirlo.

 ¿Y qué ha cambiado desde los tiempos de Óscar Alfaro a esta parte?, bastantes cosas referidas al tamaño y la estructura física de Tarija, y realmente pocas en cuanto a su cultura. Se diría que Tarija es más grande, poblada por un grupo más interesante de intelectuales, pero más reaccionaria en la rosca de toda la vida, que se acoraza en el oscurantismo para evitar la pérdida de poder (como demostró claramente Montes en su tóxica campaña racista) y la producción de teoría (donde siempre saldrá mal parada), podando presupuesto y nombrando a gente sumisa, que nada tiene que ver ni con el arte ni con la producción teórica.

 Por eso, cuando alguien se llene la boca del “amor de los tarijeños por la cultura”, simplemente muéstrenle los datos de la realidad para refutarlo. Nunca los verdaderos artistas fueron tratados mínimamente bien en este pueblo, ni nunca fueron más brutalmente ninguneados como ahora por la rosca que la gobernó siempre.             

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