CONCEJO DE AUTOAYUDA PARA LAS ELECCIONES EN CIERNES

Aquí no se respeta ni la ley de la Selva

Nicanor Parra: Hojas de Parra

Franco Sampietro

La sensación que produce ver el despliegue esperpéntico de banderitas, cancioncitas y tonterías malintencionadas que la millonaria y espantosa carrera electoral vigente acarrea, es la de una hecatombe donde campeara la ley del sálvese quien pueda. O mejor dicho: ninguna ley, ninguna moral, ningún valor en absoluto; solamente el interés más bizarro.

 Y se podría decir que la hecatombe –siquiera simbólicamente- existe, dado el nivel de la crisis económica y social a que hemos llegado, donde pareciera que la única manera de conseguir un trabajo fuera lamiéndole el culo a un político corrupto. Se trata, por supuesto, de la crisis que trajeron estos mismos políticos que fomentan el infierno publicitario.

 A propósito de hecatombes, la ciencia afirma que las cucarachas son el único animal capaz de sobrevivir a un ataque atómico, evidencia basada en la forma en que metabolizan el veneno, volviéndose con el tiempo más inmunes y poderosas. Mediante un álgebra genético, estos bichos producen la fórmula que les permite imponerse y seguir teniendo un lugar en la larga evolución. Igual que los políticos locales, en cada organismo hay una voluntad ciega que insiste en perdurar.

 Es que se trata de una imagen que tiene mucho en común con el fenómeno de la rosca nativa, que ya anda por los dos siglos de existencia. Porque el paso del feudalismo brutal a la farsa de una democracia igualitaria que en los hechos es un sistema de castas y de robo instituido, demuestra ser una forma de mutación para seguir sobreviviendo (en su caso, seguir permaneciendo en el poder).

 ¿Cómo hizo la rosca para adaptarse y resistir hasta ahora?: dándole un barniz de visibilidad a ciertos componentes sociales que eran por completo despreciados (ahora también lo son, pero no lo pareciera); es decir: mediante una utilización espuria del sistema representativo.

 Lo trágico –repitamos- es que la crisis fue creada por los mismos políticos que nos venden ahora la estafa del remedio, para los que es funcional dicha crisis. Porque gracias a la desesperación que conlleva pueden usarla para perpetuarse y seguir –increíble, surrealmente- robando como si a este pobre pueblo no lo hubieran vaciado todavía. En efecto: cuando alguien tiene miedo se vuelve egoísta, se vuelve fascista, se vuelve traidor, se vuelve miserable, es capaz de rifar a la madre: del mismo modo que ahora rifan, sabiendo lo que hacen, al futuro con tal de conseguir una peguita.

 Porque los votantes, por supuesto, no son inocentes (a menos que queramos tratar a los tarijeños como si fueran niños o deficientes mentales: como de hecho estos políticos los consideran), ya que en este laberinto prefieren a los que van a condenarnos seguro. Los que lo hacen, por supuesto, pertenecen al segmento más mediocre de todos: aquellos que por sí mismos son incapaces de salir adelante; de modo que se prenden al delincuente a fin de recibir migajas (harían lo mismo que su jefe si pudieran, son idénticos sus valores). Y la consecuencia –también, como un elemento añadido a la crisis- es este desastre de instituciones públicas, donde cualquiera ocupa un puesto del que no tiene la menor parcela de dominio, ni la menor gana del más mínimo esfuerzo para aprender el oficio, haciendo de este páramo un páramo más mísero todavía.

 Esto habla también de una crisis educacional profunda (las categorías pobreza y riqueza, sabemos, no son puntuales sino estructurales: de salud, educación, seguridad, calidad de vida, etc), no sólo de cultura general a secas, por supuesto, sino de valores. Una estadística de la que nunca se habla: se calcula que en los últimos treinta años, entre la Alcaldía y la Gobernación, no alcanzaron a invertir ni el 2% del presupuesto en educación; mientras que en cemento (es decir, grandes obras por lo general inútiles)  gastaron más del 60%. En cemento, correcto: donde es más fácil robar vías licitación y sobreprecio. De modo que no es que pasen de la educación porque son ignorantes, sino que son ignorantes porque hacen todo lo posible para que nadie se eduque.

 A tal punto esa pobreza educativa, que ya no se puede (no se podría) creer al que tuviera, en cambio, ideas de servicio (porque la mafia es el sistema, antes que la persona). A algo así se lo ve, más bien, como un cartel que indicara un camino civilizado en medio de la jungla: un momento contradictorio y antinatural. Porque se vive como animales tratando de sobrevivir en la selva. Digan lo que digan los fundamentalistas verdes, el patrón que rige a la natura es el de la derecha más cruda: el débil, el sentimental, el tullido, el que no muta es obligado a abandonar el escenario por la fuerza.

 Friedich Scheling, filósofo alemán del siglo XVIII, opinó que el hombre es el único animal donde la naturaleza se observa a sí misma. ¿Y qué ve?: una voluntad ciega por permanecer (igual que en el resto de los organismos), solo que mediada por un orden simbólico. Es justamente esa dimensión cultural la que permite esconder la mierda y ponerse perfume (por así decirlo); en otras palabras: hacernos creer que hay una democracia donde puede participar cualquiera y donde estos políticos no son ladrones comunes (pero más miserables, ya que el delincuente común asume un riesgo). Porque al final son todos simulacros para evitar decir que estamos insertos en una realidad implacable, donde los que pueden sobrevivir son los que se mimetizan con la crueldad del entorno, los que saben que para triunfar hay que sacrificar a otros (aunque sean sus hijos, que de este modo no tendrán futuro).

 Para convencerse de esto, por ejemplo, basta hablar con un economista. Uno puede creer que hay una metafísica detrás de esa ciencia que gobierna y gobernó siempre al mundo. Pero no: está basada en papeles sin más; como una religión, pura inmanencia que, sin embargo, produce tanto daño. Y mientras, continúa alegre su camino, saqueando una bolsa que parece no tener fondo.

 Sin embargo, sabido es que el guionista que rige los destinos no se anda con delicadezas: toda esta pandemia de tontera, griterío, alienación, atropello, brutalidad y manotazos de ahogado pasará factura sin duda y Tarija tendrá lo que finalmente se merece.

 Se trata, por supuesto, de una penosa realidad mundial, pero aquí mucho más exacerbada, pues como dijo el gran sociólogo orureño René Zavaleta, “lo que en otras partes sucede de un modo aparente, en Bolivia ocurre de un modo fundamental”. Pero mucho más todavía en estos lares, ya que Tarija pareciera haberse rezagado no sólo del resto del planeta, sino de la misma Bolivia. Es como si no se hubiera enterado de lo ocurrido en el país en el último año; basta ver los resultados de las elecciones anteriores y la naturaleza de sus candidatos actuales: hasta en la izquierda oficial los aspirantes son invariablemente de la derecha. ¿Quién inventa una salida?      

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