¿SOCIALISTA EL MAS?

(Franco Sampietro/El Andaluz)

I-                                                                                                         

 ¿En qué consiste el socialismo?, ¿cuáles son las diferencias básicas con el capitalismo?, ¿es el gobierno del MAS, socialista como dice?; estas cuestiones elementales, de las que parte casi todo el resto a la hora de discutir la política en nuestro medio, son sin embargo por completo ignoradas por casi todos, incluidos los que participan en política y hasta los que se dicen especialistas en el área. Con respecto a esto último, ni falta hace definirlo de barbarie: a las claras lo es. Por lo menos, comentemos sus principios para empezar a despejar el camino.

 El socialismo se define, platónicamente, como una sociedad donde existe la menor diferencia de clases sociales posible; idealmente, la “sociedad sin clases”. Es decir, donde todos parten de la misma situación socioeconómica y no existen privilegios de ningún tipo. En cuanto a los métodos concretos para alcanzar esa utopía, se podrían resumir en dos tipos de lineamientos: una redistribución de la riqueza y una compensación de la pobreza.

 La primera consiste en una serie de medidas tendientes a quitar a los ricos parte de sus privilegios a fin de equipararlos al resto de sus congéneres; disposiciones que varían en su grado de radicalismo y profundidad: desde la expropiación lisa y llana de tierras o bienes, hasta la abolición de la herencia o la aplicación de impuestos a la riqueza de variado monto. Pero al menos una medida elemental debe aplicarse para que exista como tal el socialismo: la de un sistema de impuestos progresivos, de manera que los tributos vayan en aumento al ritmo de las ganancias del actor al que se le aplica. Tomemos el caso de los países escandinavos, que apostaron al modelo socialista ideado por el sueco Olof Palme desde los años 50´del siglo pasado (y que Chomski definió como la única sociedad de la Historia en pasar por un lapso de tiempo próspero, desarrollado, pacífico y civilizado tan largo): a algunos empresarios se les llega a descontar hasta el 90% en impuestos a sus ganancias. Semejante situación –por aquí totalmente impensable y que nunca jamás se menciona- tiene su contracara en la segunda de las medidas referidas como indispensables para que exista el socialismo como sistema (y no como mero discurso): la compensación de la pobreza.

 Esta última disposición general es casi tan controvertida y resistida como la anterior, al punto que si le preguntan a un empleado de América Latina qué opina al respecto, dirá invariablemente que él se gana el pan con el sudor de su frente y le parece injusto que le descuenten el magro sueldo del que se esfuerza para “mantener a vagos”. Sin embargo, en la lógica de una nación desarrollada y planificada por el socialismo, como la escandinava, se parte de que a una sociedad le sale más caro mantener a la masa de pobres en la carencia, la delincuencia, el alcoholismo, la prostitución o las drogas, que quitando a los que más ganan para repartir (o incluso “regalar”, aun cuando se cometan abusos o injusticias) dándoles a los desfavorecidos (aunque, repitamos, la equidad de ese reparto implique sus falencias). Dicho en otras palabras: se trata de sacar a los más fuertes para dar a los más débiles para conseguir una sociedad más igualitaria que, visto con amplitud y a mediano plazo, acaba generando más prosperidad y seguridad económica para la sociedad en su con junto. A la pirámide social, así –continuando con las metáforas- le cortan la cabeza y le liman las bases.

 Como corolario, están los datos brutos: Noruega, el país más rico del mundo; Dinamarca el cuarto; Finlandia, con la educación más alta del planeta; Suecia, el tercer sistema sanitario más desarrollado; todos en conjunto, la sociedad con mayor seguridad económica del orbe y de la historia universal. Tomemos un solo rasgo para ver la diferencia (¡qué digo: el abismo!) con la sociedad que nos toca: el del sistema educativo. Finlandia, que abolió la educación privada en 1970, tiene todavía (a pesar de la apertura progresiva del país en las últimas dos décadas) el sistema educativo más avanzado del planeta; motivo que genera el dicho conocido en toda Europa: “cualquier escuela de Finlandia es la mejor del mundo”. Cualquiera de esas escuelas finlandesas es superior a cualquier escuela de elite allende sus fronteras, donde asisten gratuitamente el hijo del empresario y el hijo de la empleada doméstica (las poquísimas que allí existen, porque la mínima diferencia de clases las hace impagables), recibiendo la misma educación y la nula ideología de elite. En un lugar como Tarija, en cambio, campean una serie de colegios fiscales de un nivel patético, al lado de un puñado de colegios privados donde el más barato cuesta bs 500: el cuarto o quinto de un salario mínimo. Y a esta carencia de escuelas de un nivel superior se supone que compensado por la paupérrima educación fiscal, en lugar de sumarse escuelas privadas de un costo manejable (digamos, por ejemplo, bs 200 o 250), se agrega un supuesto colegio británico de ¡bs 1.500 mensuales!, ensanchando mucho más todavía la brecha que separa al grueso de los pobres de la minoría privilegiada de los ricos.

 Mientras que en Escandinavia la diferencia entre el que más y el que menos gana es de 4 veces, en Bolivia es de 54 a 55 veces, y si tomamos ese ejemplo del sistema educativo (uno sólo entre muchos), bien podríamos concluir que se hace todo lo posible para que esa diferencia crezca.

   II-

 ¿Cómo es posible, nos preguntamos, que una sociedad pueda aceptar esos valores tan míseramente egoístas, tan insignificantemente individualistas, tan antimeritocráticos, tan a contramano de lo que pregona el mundo contemporáneo?. Para empezar, porque se parte de un concepto diferente del ser humano; para continuar, porque la Historia les demuestra a los miembros de esa sociedad la eficacia también pragmática de esos principios a mediano plazo, para el grueso de la población y finalmente para ellos mismos           

 Como sistema teórico, el socialismo proviene de dos fuentes: el socialismo utópico (autores medio anarquistas y protosocialistas anteriores a Karl Mark, como Cabet, Owen, Fourier o Saint-Simon) y el materialismo dialéctico (método científico para estudiar la sociedad –e incluso la realidad natural- profundizado, pulido y presentado en forma acabada por otro filósofo alemán, F. G. Hegel). El socialismo utópico, a su vez, parte del optimismo teórico y ontológico, lo segundo derivado de lo primero: el hombre es un ser eminentemente bueno, sólo que vive en un sistema infame que lo corrompe; esas cualidades innatas positivas y nobles, lo harán llevar adelante la revolución social que creará la sociedad sin clases que comenzará a dar camadas de gente buena y loable que construirá el paraíso en la tierra. La idea original de este principio viene del siglo XVIII y su padre más putativo (pero no el único, ya que la originalidad absoluta no existe y las ideas, incluso las incipientes, están siempre inscriptas en el signo de los tiempos) es Jean Jackes Rousseau. Básicamente, entonces: que el hombre nace bueno y la sociedad (la sociedad al uso) lo vuelve malo.

 Diametralmente opuesta, como es obvio, campea la visión antropológica, proveniente de Inglaterra (país que por ese entonces fundaba el capitalismo) y de índole liberal (como no podía ser de otro modo): que el hombre vela solamente por sus propios intereses. Y a tal punto lo hace, que el clásico Leviatán de Thomas Hobbes reza como un mantra en su frase más famosa: “el hombre es el lobo del hombre”.

 Si el socialismo parte, entonces, del optimismo en cuanto a la condición humana, el capitalismo hunde sus raíces en lo peor del homo sapiens; esto es: en todo aquello con que nos bombardean las veinticuatro horas ininterrumpidas y por la totalidad de los canales de comunicación personal, mediatizada y/o masiva, al punto que es increíble que pueda llegar a hablarse de solidaridad o altruismo todavía.

   III-

 Pero hasta aquí venimos comentando el socialismo de una de las sociedades más desarrolladas, educadas y honradas del planeta (que además, se desarrolló de ese modo gracias al socialismo); veamos qué pasa en otra considerada prácticamente satánica: Cuba.

 Como introducción al socialismo en Cuba, hagamos primero un interregno, para referir un fenómeno que no existía en la época de Marx y que es fruto del mundo capitalista: el de las vidas desechables. En efecto, cuando el gran barbado se refiere en su obra a los parias, los describe con el término “lumpen proletariado” o “ejército industrial de reserva”, que hacen referencia a toda la gama de marginales que por un motivo u otro no participan del orden social vigente. Sin embargo, a poco de avanzar en el segmento, se percibe que esos desclasados los son o bien por enfermedad (locura, discapacidad física, neurosis antisocial) o bien por ideología anarquista o protoanarquista, es decir: por una cuestión o situación personal. No porque el sistema los deseche. Los desechables, en cambio –como anota certeramente Bauman en Vidas desperdiciadas– son porciones de la población, cada vez más crecientes, que lisa y llanamente han sido expulsadas de la vida social. Son fragmentos de la sociedad que no tienen ya cabida en la misma. Siendo su aparición identificable desde la década del 70´ del siglo XX, hoy puede comprobarse que hay familias en su seno que llevan hasta dos o tres generaciones sin poder trabajar. Son grupos enormes que sobreviven en la periferia, por lo general de las grandes ciudades del tercer mundo, que no piden una revolución y ni siquiera una mejora económica: piden simplemente que los dejen ingresar al sistema por lo más bajo de la pirámide, para tener el privilegio de que los exploten bizarramente, porque hasta de ese grado de inhumanidad han sido excluidos. En otras palabras: son sectores enteros de la comunidad que han sido expulsados y desechados como si fueran basura (y en verdad, siguiendo a Bauman, para el sistema lo son). Incluso en uno de los países donde más abundan, Colombia (que a la noche se llena de gente de apariencia sub-humana deambulando como zombis), se denomina directamente de ese modo a todo indigente o cuasi: desechable.   

 Pues bien, a pesar del medio siglo largo de bloqueo, se trata de un fenómeno que en Cuba no existe. Como tampoco existen el hambre sistemático, la discriminación extrema ni la pobreza absoluta. De hecho, en este momento un cubano medio tiene un nivel de vida superior al de un latinoamericano medio, de cualquier país del continente. Porque tiene los medios básicos de supervivencia cubiertos. Como es sabido, en el orden de prioridades están la comida, la vivienda, la vestimenta; después, la salud, la educación, la seguridad; después, recién, los valores de la democracia y la cultura, la libertad de pensamiento o de inmigrar.

 Famoso es que Cuba consiste en una combinación de aspectos socialistas y aspectos fascistas, todo a un tiempo y junto; de ahí lo importante que sería tratar de preservar lo socialista en detrimento de lo fascista. Y sin embargo, si uno le pregunta su opinión sobre Cuba a un pitita, comprobará de inmediato que opina pestes…pero sus críticas apuntarán a lo socialista, no a lo fascista. Porque el país está satanizado por sus virtudes, no por sus defectos. Y porque un pitita no tiene la más remota idea de lo que es socialismo (ni el fascismo, convengamos), pero repite lo que escucha en las redes y los medios.

 Por otra parte, si tuviéramos la oportunidad de preguntar a un latinoamericano o un africano o un asiático de ciertos países (como India, Paquistán, Afganistán o Bangladesh) que a su vez tuviera la oportunidad de conocer en qué consiste el sistema cubano –o incluso coreano del norte- a dónde preferiría vivir, sin la menor duda elegiría una tierra socialista o comunista. Porque se trata del principio de las prioridades humanas, que en un sistema de izquierda están cubiertas para todos.

 Es así que a pesar de ser uno de los países más calumniados del orbe, los millonarios y presidentes de países capitalistas del tercer –pero también del primer- mundo van a hacerse operar a Cuba, al tiempo que se llenan la boca hablando de su pobreza…y que aceptan a los médicos cubanos atendiendo en sus países por la pandemia con una solidaridad propia de tiempos utópicos.

 IV-

 A partir de este panorama sobre las hilachas del sistema socialista, sin embargo todavía vigentes pese a la guerra sin cuartel desatada en su contra, veamos de qué manera el llamado “socialismo comunitario” del MAS tiene algo que ver con ello.

 ¿Es, en efecto, socialista el MAS o simplemente se trata de un discurso publicitario?

 A tal fin, únicamente repasemos cuatro aspectos esenciales del socialismo y su vigencia o no en Bolivia, que sirva para esclarecer el asunto.

 El primero: la cuestión de la REDISTRIBUCIÓN DE LA RIQUEZA. ¿Hay en Bolivia algún sistema digno de ese nombre; es decir, una forma de sacar ganancias a los más ricos para después distribuirlas entre los más pobres?. Pues nada de nada. Ni siquiera hay un sistema de impuestos escalonados. No se ha podido aplicar ni un impuesto del 1% a la riqueza (comenzando porque la clase media clama de terror ante la amenaza de que les saquen a los ricos para darles a los pobres o incluso a ellos mismos). Por el contrario, la base del aparato impositivo radica en la recaudación por el IVA, es decir, el impuesto al consumo; esto es: descansa en los hombros de la clase trabajadora, media y baja.

 Nada más antisocialista: el corolario es que los ricos pagan el mismo impuesto que los pobres; el resultado: el índice del coeficiente de Gini (que sirve para medir la diferencia de clases sociales) no se alteró un ápice en los últimos quince años (catorce de los cuales gobernó el MAS dizque socialista).

 La otra cara de la moneda –la denominada COMPENSACIÓN DE LA POBREZA-, comencemos por advertir que pertenece tanto al ámbito del socialismo como del populismo. En cuanto a su uso en el primero, consiste en una aplicación sistemática, profunda, generalizada y sustentable, que aspira a equiparar lo más posible la condición económica y social de los más pobres, ya sea a través de bonos, exenciones fiscales, servicios gratuitos (educación, salud; en caso de necesidad, también vivienda, luz, agua, transporte público), becas o directamente ayudas monetarias o en especie diversas. La diferencia entre su uso en el socialismo y en el populismo, está en el grado de intensividad y profundidad con que se aplica. En efecto, en el primero, de acuerdo al índice de pobreza del beneficiario, esa ayuda puede realmente alcanzar a cubrir la totalidad de sus carencias y no sólo a aliviarla. En el caso del segundo, se trata de ayudas puntuales, pequeñas, momentáneas, cambiantes y hasta se diría que más simbólicas que reales, ya que, en efecto, es impensable que alguien pueda vivir con un bono otorgado por gobiernos populistas como el de Bolivia, Argentina o El Salvador, porque representan no más del 10 al 30% del salario básico y eso como máximo. En suma: si la compensación de la pobreza en el socialismo apunta a equiparar la diferencia de clases (de modo que a los más desfavorecidos les cubre la subsistencia), la misma denominación en el populismo funciona como una suerte de premio o ayuda pequeña, ni remotamente susceptible de solucionar la subsistencia del beneficiario, prácticamente ni siquiera a aliviarla (y en los hechos, más un instrumento de captación de votos que de nivelador socioeconómico).

 Otro aspecto capital es el que se refiere al GOBIERNO DEMOCRÁTICO. Yendo a la base del socialismo, se parte de la noción de una forma de gobierno más justa y por lo tanto democrática que la democracia liberal, donde las decisiones se toman en conjunto –democráticamente- y de abajo hacia arriba (como en el eslogan masista de “mandar obedeciendo”). Y sin embargo, no se ha visto gobierno más verticalista que el de Evo Morales, cuyo modelo proviene de Lenin y antes de Aristóteles: el de la vanguardia ilustrada, que decide por la inmensa mayoría y en nombre de ella, pero por encima de ella e incluso contra ella. Así por ejemplo, cuando aparece un líder social o sindicalista interesante, se lo invita a las filas del partido, pero tiene que acatar sumiso lo que le impongan desde arriba, teniendo acaso voz pero no voto. Y si en el socialismo se da por sentado que el gobierno reputa un plus de superioridad moral sobre el liberalismo –expresado, entre otras cosas, en el mucho mayor grado de democracia-, lo que se vio en la Bolivia de Evo fue un grado tan alto de verticalismo (llegando al sumun del presidencialismo histórico por estos lares), que era menos un gobierno democrático que uno aristocrático. Tan “democráticos” de hecho, que quisieron ser presidente y vice…por cuarta vez consecutiva y desconociendo el mandato del sufragio expresado en el 21F.

 PROCESO DE DESCOLONIZACIÓN es otro de los puntos nodales. ¿Se puede ser descolonizador cuando se aplica el modelo extractivista?, ¿cuando el grueso de las exportaciones (70% del PBI por el gas y 25% por minerales y sodio a China) provienen de la venta de materias primas, sin ninguna manufactura; modelo que es un calco del que había en el siglo XIX, siguió habiendo durante la Segunda Guerra, continuó y continúa vigente durante y después del MAS?. Está bien, algunos porcentajes son mejores, pero el esquema es el mismo de siempre, solamente que ahora profundizado: la venta de materias primas a los países con tecnología de punta (y no tanto).

 Llenarse la boca con la palabra descolonizar, inundar los medios con discursos bienpensantes, crear un Ministerio de Descolonización dedicado a cambiar los nombres de las calles, mientras las multinacionales continúan llevándose los recursos naturales porque en casa no hay como trabajarlos, no nos hace menos, sino más coloniales. Y no haría falta decirlo: tanto el colonialismo como el atraso tecnológico son fenómenos contrarios y combatidos por el socialismo.   

 Y esto por no mencionar la producción de conocimiento, desde un marxismo tomado literal de la obra de su autor, tal cual fue concebido en otro siglo y en otro continente: un marxismo anacrónico y descontextualizado, cuyas consecuencias son frases como la siguiente de García Linera: “los indígenas son incapaces de salir del atraso por sí mismos”.

 A la sombra del PACHAMAMISMO (que Carlos Macusaya denomina “pachamamadas”) podría venir lo más duro de la crítica al abuso discursivo del MAS (no porque los otros no lo hagan, sino porque se presenta como diferente y superior de entrada). Sin embargo, comencemos por dar la razón a Álvaro García Linera cuando afirma que el ecologismo es de derecha. O mejor dicho: partamos de que, en efecto, la crítica ecológica proviene originariamente de esa esfera, ya que el primero que lo plantea en la filosofía es Martin Heidegger en Ser y tiempo, de 1927 (“esto donde vivimos no es más la tierra”, según su inaugural y fructífera sentencia). Antes que él, sin embargo, su paisano Ernst Haeckel lo había planteado por el lado de la ciencia en su texto Generelle Morphologie, publicado en 1866, acuñando por primera vez el término ecología: “el estudio de las interacciones del organismo con su mundo exterior”. En su sentido estrictamente científico, la palabra ecología es aceptada recién en 1893.

 Antes de eso, bien podríamos decir que el grado de desarrollo del capital no hacía prever una destrucción sistemática del planeta, al punto que las materias primas eran vistas como un recurso a la mano que el ser humano debía aprovechar para su beneficio y desarrollo. En el caso de Karl Marx, si bien sostiene de forma aislada que el agotamiento planetario llegará necesariamente por la misma inercia del sistema expoliador (“toda esta sociedad burguesa moderna, que ha hecho surgir tan potentes medios de producción y de cambio se asemeja al mago que ya no es capaz de dominar las potencias infernales que ha desencadenado con sus conjuros”, afirma en el Manifiesto) hay que reconocer que no es un tema que le quite el sueño; de ahí que no lo desarrolle y que Heidegger después lo califique, no muy desencaminado, de “pensador de la técnica”. (Lo que hace Heidegger, recordemos, es una crítica al capitalismo sin pasar por la lucha de clases: una crítica a la deshumanización de la vida cotidiana y a la cosificación de la naturaleza bajo su férula).

 Sin embargo, con el paso del tiempo y el avance arrollador de la depredación ambiental propiciada por el capitalismo, el pensamiento crítico ecológico se volvió, no solamente de izquierda, sino uno de los dos bastiones fundamentales (el otro, el feminismo antipatriarcal) del freno ideológico (y por ende material) al capitalismo económico. De modo que al leer citas del libro de Linera El oenegeísmo, enfermedad infantil del derechismo donde afirma que los ecologistas de Bolivia son “guardabosques del primer mundo” o “trosquistas verdes” uno piensa que esas frases bien pudieran pertenecer a Bolsonaro y no a un defensor de la Madre Tierra.

 Desde la quintaescencia del malentendido deliberado, sin embargo, no quedan dudas: se está borrando con el codo lo que se escribió con la mano. Se escribe una Constitución que defiende los derechos inalienables de la Pachamama pero se hace en la práctica exactamente lo contrario de lo que esa Constitución predica. Se realizan declaraciones grandilocuentes defendiendo a esa entelequia incluso desde la mística, al mismo tiempo que se depreda. Los mismos que organizan congresos ecologistas son los que asesinan la ecología.

 Volvamos a la base: ¿en qué consiste la economía sustentable, es decir, el respeto por la ecología?, en un sistema que satisfaga las demandas de las generaciones actuales sin comprometer las recursos de las generaciones futuras. En contra de ese principio básico, por ejemplo, se ubica el caso del Tipnis, cuya partición hubiera permitido explotar recursos, que a mediano plazo hubieran implicado más pérdidas que ganancias. Lo mismo con el aumento de la frontera de la coca, del chaqueo, de la minería a cielo abierto y del inri planeado para Tariquía.       

 Vale entonces preguntarse, a la luz de estos principios básicos truncos (que no son los únicos), adónde le quedó el socialismo al MAS si no es únicamente en la esfera del discurso.

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