La obsesión sexual de Adolf Hitler con su sobrina Geli Raubal

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Angela Maria Geli Raubal era su nombre. La atracción era absoluta. Total. Obsesiva. Adolf Hitler se lo confesó a varios de sus confidentes. “La amo”. Pero el genocida sabía que la relación era imposible. Para la mayoría de los jerarcas nazis, eran amantes pese a los 19 años que separaban al dictador de la joven belleza.

Hija de su hermanastra, Geli era controlada todo el tiempo por Hitler. Quería saber dónde estaba, con quién… si acaso se animaba a enamorarse y si ese fulano era digno de ella o tan solo un “desaprensivo”.

“Es verdad, amo a Geli y quizá podría casarme con ella; pero como bien sabe usted, estoy dispuesto a permanecer soltero. Por tanto, me reservo el derecho a vigilar sus relaciones masculinas hasta que descubra al hombre que le convenga”, le confió a su fotógrafo personal, Heinrich Hoffmann. Pero, ¿qué tipo de amor era ese? Uno obsesivo y enfermizo, sin dudas.

Geli, contrariamente a lo que podría suponer cualquiera, no deslumbró a Hitler por su estereotipo ario. Por el contrario, era todo lo opuesto a lo que enseñaba la doctrina nazi. Era exuberante, aficionada a la música, amante de la naturaleza. Un carácter fuerte y un acento vienés característico. Libre.

Compartían -desde 1925- la mayor cantidad de horas juntos posibles. Cenas, obras de teatro, diversiones… Él estaba cautivado por la joven. “Era el adorno de su casa y las delicias de sus horas de ocio. Era su compañera y su prisionera”, escribió el historiador Joachim Fest.

Hacia 1929, cuando el Partido Nacional Socialista comenzaba a despegar y a hacerse popular entre la población, Geli fue a vivir a un apartamento en Munich junto a Hitler.

Ella también lo amó. Sabía que estaba frente a un hombre que fascinaba a las masas. Que las cautivaba. Cómo no sentirse atraída por el Tío Alf. Quería llegar a ser la señora Hitler, pero sabía que quien tenía a su lado era reacio a tal formalidad. Para el historiador Ron Rosenbaum ella era una “involuntaria prisionera de un pervertido”.

Cuando se mudaron juntos, la relación se volvió cada vez más controladora por parte del nazi. Geli apenas tenía libertad. En una ocasión la descubrió teniendo sexo con un amante y decidió sacarla de la ciudad para que evitara las tentaciones. “Hitler no la dejaba salir sino era acompañada de su madre o de otra persona de confianza. Bajo ningún pretexto le permitía asistir a un baile o un guateque. Cuando Geli quería ir a nadar al Chiemsee o al Königssee, Hitler la acompañaba, dominando su aversión a mostrarse públicamente en bañador”, recuerda el historiador Pere Bonnín.

Los investigadores también se pregunta qué llevó a Hitler a vivir obcecado con la joven mujer. Para algunos, al saber que no era virgen creía que podía someterla a sus placeres sin que ella ofreciera resistencia. Para otros, era la única que le resolvía el problema de su impotencia. Nadie tiene -ni tendrá- una respuesta última.

Los años pasaban y el vínculo era cada vez más estrecho. Ambos estaban obsesionados, uno con el otro. Hasta que un día, el 18 de septiembre de 1931 y con apenas 23 años, la joven tomó la pistola de quien sería el genocida más famoso del siglo XX y se disparó en el pecho.

Geli se consideraba una “esclava” de Hitler. Él mismo se lo reconocería a Hoffmann. “Lo que ella considera una esclavitud no es sino prudencia. Debo cuidar de ella para que no caiga en poder de cualquier desaprensivo”, le dijo en una oportunidad.

Las versiones sobre la muerte de la joven de 23 años sacudieron a la opinión pública. La figura del jefe del partido nazi estaba en explosivo ascenso y las sospechas sobre el deceso de Geli iban desde un suicidio al verse sofocada por la presión de su tío, hasta una discusión acalorada cuando le confesó que lo abandonaría por un nuevo novio que la amaba tal cual era. Juntos se irían a vivir a Viena. Esto habría enloquecido a Hitler, quien le disparó. ¿Le disparó?

“Con respecto a este misterioso asunto, fuentes informadas nos dicen que el viernes 18 de septiembre Herr Hitler y su sobrina tuvieron otra violenta pelea. ¿Cuál fue la causa? Geli, una vivaz estudiante de música de veintitrés años de edad, quería irse a Viena, donde pensaba comprometerse. Hitler estaba resueltamente en contra de eso. Por esa razón tuvieron repetidas disputas. Después de una violenta pelea, Hitler salió de su departamento en Prinzregentenplatz”. Esta última versión fue la más difundida por el diario Munich Post, opositor desde tempranos años al nazismo recordada por el periódico español ABC.

Sin embargo, el Partido Nacional Socialista ya había invadido grandes resortes del poder alemán. Estaba por todos lados. Y nadie quería que el líder, el Führer, estuviera en medio de una investigación criminal. Esa pista se descartó y el caso se perdió en la gris burocracia judicial. El asunto jamás sería investigado en profundidad. Suicidio. Punto. Nada podía detener la carrera política del hombre que se convertiría -o ya era- en monstruo.

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