Merkel advierte de que Europa ya no puede confiar en Estados Unidos

Aquisgrán/Alemania/Agencias

El macronismo trata de ser una especie de revolución pasiva del europeísmo, con la Unión Europea en plena resaca tras una crisis devastadora de la que apenas saca la cabeza. El líder de esa corriente, el presidente francés Emmanuel Macron, ha embestido ayer en un discurso rabiosamente proeuropeo contra la inacción y el fetichismo perpetuo por los superávits fiscal y comercial de la canciller alemana Angela Merkel , en la ceremonia de entrega del premio Carlomagno. Pero el acto ha sido marcado también por el visible deterioro de la relación transatlántica. El líder francés ha cargado contra los chantajes y amenazas de Donald Trump en Irán, en Oriente Medio, en la política comercial y así ad infinitum. La canciller alemana, Angela Merkel, señaló que “Europa ya no puede confiar en que Estados Unidos la proteja”.

A domicilio, en la imponente ciudad alemana de Aquisgrán y en la misma sala en la que durante siglos se coronaron los reyes europeos, Macron ha reclamado ambición a la canciller de hierro: “No seamos débiles (…), no nos dividamos, no tengamos miedo, no esperemos: es el momento de actuar”, ha dicho en un arrebatador alegato que cierra un ciclo de discursos formidables (Atenas-la Sorbona-Estrasburgo) pero que aún no se ha traducido en nada —absolutamente nada— tangible en la UE.

Cuando la realidad es tozuda y poco estimulante, los políticos suelen agarrarse al sueño: Macron ha citado reiteradamente el “sueño europeo” en Aquisgrán, en un discurso con reminiscencias de varios líderes estadounidenses, de Roosevelt a Luther King y Obama. “Europa es una utopía: debemos convertirla en una utopía pragmática, realista”, ha apuntado en un largo discurso en el que iba cogiendo altura para después bajar al suelo con varias cargas de profundidad destinadas a Merkel. “En Alemania no puede haber un fetichismo perpetuo por los superávits presupuestarios y comerciales, porque se hacen a expensas de los demás”, ha disparado sin contemplaciones. Berlín le pedía a París reformas para acceder a reforzar el euro con medidas de solidaridad. Esas reformas han llegado, y le han costado a Macron protestas en las universidades, huelgas de transporte y un malestar creciente cuando se cumple medio siglo del Mayo del 68. Pero Merkel, de momento, no cumple su promesa. “Despertad, alemanes: Francia ha cambiado, ya no es la misma, ha apostado por las reformas”, ha dicho Macron para pedir a renglón seguido concesiones: “Necesitamos una eurozona más fuerte, más profundamente integrada, con un presupuesto común para hacer inversiones y para que vuelva la convergencia”.

“Rompamos nuestros tabúes”, ese es el lema que ha repetido Macron. Los tabúes de Francia eran la incapacidad para hacer reformas, que el líder francés desmiente cuando se cumple su primer aniversario en el Elíseo. Los tabúes de Alemania son los mecanismos de solidaridad, una especie de anatema para un país obsesionado con no pagar por los excesos de los demás, que quiere proteger a toda costa un superávit comercial formidable (en torno al 9% del PIB) y un superávit fiscal cada vez más notable. El público aplaudía a rabiar, pero Merkel se ha encargado de bajar al suelo al joven Macron: en su discurso no ha habido una sola referencia al presupuesto anticrisis que quiere París, y apenas alguna vaga alusión a las reformas de la eurozona, que tienen mala venta en Berlín. Las posiciones alemanas sobre la reforma del euro se reducen a facilitar un respaldo para el fondo destinado a cerrar bancos evitando sacudidas financieras —peccata minuta— y al embrión de un fondo de garantía de depósitos común. De momento no hay mucho más a lo que agarrarse. La canciller ha elogiado “la pasión”, “el entusiasmo”, “la visión” de Macron, pero ella y su partido, apoyado por la socialdemocracia alemana, siguen siendo el principal obstáculo para que las ideas del presidente francés se conviertan en medidas contantes y sonantes en Bruselas.

La vieja utopía factible europea descansa ahora en esa visión a largo plazo de Macron, que consiguió derrotar a la extrema derecha y promete grandes cosas en Europa. Pero hay que pasar de las musas al teatro. Y frente al vuelo a veces estratosférico de sus discursos está el pragmatismo de Merkel, en una UE más alemana que nunca.

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