A dos años de la marcha de las personas con discapacidad

Página Siete

“Era muy hermoso. La familia de lucha que se había formado”, dice David Hidalgo Coca, al recordar los días que pasó en la carretera entre Cochabamba y La Paz, cuando en marzo de 2016 participó en la marcha -luego la vigilia- que protagonizaron las personas con discapacidad en el país. A pesar de sus noches de frío, de las llagas en el cuerpo, de las sillas de ruedas destartaladas trepando montañas, él recuerda la solidaridad de la gente. Él recuerda cómo llegaban hasta allí estudiantes y ciudadanos cargando un poco de comida y quizás unos pesos para compartir. Recuerda cómo los automóviles paraban y los viajantes incrédulos ante semejante espectáculo no podíamos sino acompañar, escoltar la caravana como mínimo gesto de solidaridad, diminuto, absurdo ante su fortaleza. Detenernos, bajarnos, saludarlos, tragar lágrimas de emoción ante aquella lección de vida que nos hacía vernos miserables. Llorar de bronca. ¿Cómo fue posible siquiera permitir que partieran antes de agotar lo imposible para intentar resolver sus demandas? ¿Cómo es posible que Hidalgo –vaya nombre cabal- prefiera recordar el amor, el coraje, a pesar del maltrato inconcebible por parte del Estado boliviano?

El 27 de enero en Cochabamba, cansadas del olvido y las condiciones deplorables en las que están condenadas a vivir, las personas con discapacidad presentaron un pliego petitorio que no fue escuchado. La protesta pronto se masificó y luego de infructuosos intentos de negociación, pues lo que el Gobierno ofrecía ya estaba reconocido en la letra muerta, el 21 de marzo partieron en caravana rumbo a La Paz, a pie, muletas en mano, en sillas de ruedas.

Demoraron 35 días en llegar. Y fueron bienvenidos por la población entera que durante tres meses los acogió en las calles -¡tres meses!- en carpas instaladas a pocas cuadras de la Plaza Murillo, donde está la casa de Gobierno a la que no pudieron llegar a expresar su protesta. El Presidente nunca los recibió. La Policía levantó un cerco de metal en cada esquina, como nunca antes se había visto, cual si fuesen leprosos. Al maltrato, más maltrato. Y el 25 de mayo, lo inaudito: los reprimieron, los mojaron, rompieron sus sillas de ruedas, les echaron gas lacrimógeno. Ellos dieron batalla y soportaron. Se vistieron con basura, se pusieron pañales gigantes, se colgaron de un puente… Y nada. Sordo, ciego, mudo, el Gobierno indolente, pasaba por allí como si allí no hubiese nada, nadie.

Ignorados, con lágrimas en el alma, el 29 de julio, con varios miembros menos, los “discas” se marcharon con las manos vacías, agarrando a penas los restos de dignidad. “Gracias La Paz, gracias Bolivia”, dijeron.

Dos años han pasado. Varios de ellos murieron. El bono por el que pelearon lo entregan hoy algunas alcaldías en el país. El Gobierno les pasó la responsabilidad como una carga que hoy como ayer no quiere ver. Ellos, en cambio, tienen los ojos bien abiertos y cuando sea necesario estarán allí mil veces más, no para enseñarnos su valentía, sino para recordarnos quiénes somos.

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